En Pueblo Liebig, la localidad entrerriana conocida por su particular arquitectura y su historia, hay un espacio donde la naturaleza puede observarse detenida en el tiempo: se trata de la exposición Butterfly: Exposición de Mariposas y Algo Más. Allí, detrás de vitrinas cuidadosamente protegidas de la humedad y de la luz, se despliega una colección de miles de ejemplares de la Argentina y de distintos lugares del mundo.
El museo de mariposas más grande y asombroso de la región está en Entre Ríos
En Pueblo Liebig funciona un espacio que reúne alrededor de 4.800 mariposas, además de fósiles, minerales y otras piezas. de colección.
Por Vanesa Erbes
En el museo hay ejemplares de todos los tamaños: las más grandes miden 24 centímetros de extremo a extremo de sus alas
El museo reúne alrededor de 4.800 piezas, entre especies diurnas y nocturnas, algunas de dimensiones sorprendentes y otras que actualmente ya no pueden obtenerse debido a las restricciones de conservación vigentes en sus lugares de origen. A ellas se suman fósiles, minerales, caracoles, escarabajos y otras piezas que forman parte de un patrimonio natural reunido durante décadas y que hoy constituye, según sus responsables, la colección más grande de Sudamérica.
Detrás de este particular universo está la historia de Mateo Ricardo Zelich, quien fue médico de profesión y un apasionado estudioso de la naturaleza. Desde joven sintió curiosidad por el mundo que lo rodeaba y, con el paso de los años, esa inquietud se transformó en una enorme colección que comenzó a reunir formalmente alrededor de 1950.
Actualmente el museo está a cargo de su hija Sonia, quien contó a UNO: “Todo lo que está en esta espacio fue conseguido a través de intercambio con coleccionistas de distintos puntos de nuestro planeta”. Y precisó que para conseguir nuevas piezas, Zelich criaba especies de la zona y utilizaba algunos ejemplares para intercambiarlos con otros aficionados.
La práctica requería conocimiento, dedicación y mucha paciencia, porque cuando comenzó a hacerlo, no existían internet, redes sociales ni comunicaciones instantáneas. “Él lo hacía todo por carta y correo convencional”, recordó Sonia, aclarando que las misivas viajaban durante meses y, en algunos casos, los intercambios podían tardar años en concretarse.
El resultado de aquel sistema todavía puede verse en las vitrinas de Liebig. Hay ejemplares de 1902 en adelante y permanecen en muy buenas condiciones.
Una visita deslumbrante
Hoy la colección reúne unas 2.100 especies diferentes y cerca de 4.800 ejemplares en total. Hay piezas provenientes de distintas regiones del mundo, junto con una importante representación de especies locales.
Entre las más llamativas se encuentran algunas de las especies de mayor tamaño conocidas. Las nocturnas pueden alcanzar una envergadura de hasta 24 centímetros, medida de extremo a extremo de sus alas.
También hay ejemplares que hoy resultarían prácticamente imposibles de incorporar a una colección, ya que las legislaciones de numerosos países protegen determinadas especies y restringen su extracción. La antigüedad de las piezas, por lo tanto, adquiere un valor particular. No solamente por su edad, sino porque permiten conservar testimonios de especies que actualmente cuentan con mayores niveles de protección.
Mantener en condiciones ejemplares que tienen décadas o más de un siglo de antigüedad requiere un cuidado permanente. Se trata de material orgánico que debe ser protegido de factores que pueden deteriorarlo. “La conservación es muy minuciosa porque es material orgánico que simplemente está disecado naturalmente”, explicó Sonia, y agregó: “La humedad, la luz directa y los parásitos pueden afectar las piezas. En particular, la iluminación permanente puede provocar la pérdida progresiva de los colores”.
Por eso, una de las tareas fundamentales del museo consiste en mantener las vitrinas protegidas y evitar la exposición directa a la luz. El objetivo es preservar aquello que ya no puede recuperarse. “Son cosas que ya uno no las va a conseguir y tampoco estamos ya en eso. Solamente nos mantenemos con el cuidado de lo que ya hay”, resume Sonia.
Más que una colección
El nombre del espacio lo anticipa: no se trata solamente de una exposición dedicada a estos insectos. El “algo más” incluye colecciones de caracoles, rocas, minerales y fósiles, además de coleópteros.
Una de las piezas destacadas es un huevo de dinosaurio encontrado en el departamento Colón, que Sonia considera una pieza única dentro de la colección.
Cada objeto forma parte de una historia mayor: la de un hombre que dedicó gran parte de su vida a observar, estudiar y conservar elementos de la naturaleza.
Ese espíritu también se refleja en el vínculo con las escuelas. Los chicos son visitantes frecuentes y encuentran allí especies de tamaños, colores y formas que muchas veces solamente conocen a través de libros o pantallas. “Los niños nos sorprenden mucho porque están expuestas especies de tamaños muy grandes. Están las especies más grandes del mundo, de las mariposas diurnas y de las nocturnas”, afirmó Sonia.
Aprender a cuidar la naturaleza
La experiencia también sirve para hablar de conservación. Sonia advierte que la disminución de estos insectos que muchas personas perciben en jardines y espacios rurales no es una simple impresión. “Las mariposas son sensores de la calidad del ambiente. Por lo tanto, cuanto más degradado está el ambiente, vamos a ver menos mariposas”, aseguró.
La pérdida de ambientes naturales, las fumigaciones, las grandes construcciones y el avance de las ciudades modifican los lugares donde se reproducen y alimentan. Por eso, desde el espacio también promueven el conocimiento sobre su crianza. Con determinadas plantas en los jardines, es posible generar condiciones para que las hembras se acerquen y depositen sus huevos.
La práctica ya se desarrolla en algunas escuelas y comunidades pequeñas, donde se busca favorecer la reproducción y contribuir a la conservación de las especies. “Los chicos ahora están en las escuelas haciendo mucho hincapié en el cuidado de las plantas y en criar mariposas para ir repoblando”, señaló Sonia.
La propuesta transforma así la contemplación en aprendizaje: conocer las especies para comprender también qué necesitan para sobrevivir.
Y también es una invitación a mirar de otra manera a esos pequeños seres que alguna vez fueron habituales en los jardines y que hoy pueden resultar cada vez más difíciles de encontrar. Porque una mariposa puede ser hermosa, pero también puede contar mucho sobre el lugar en el que vive.
La exposición Butterfly: Exposición de Mariposas y Algo Más está situada en la calle Eric Evans 149, en Pueblo Liebig, y puede visitarse los viernes, sábados, domingos y feriados, de 10 a 19. No es necesario realizar reserva previa.
Para más información, se puede consultar en Instagram: butterfliesliebig

















