Los bolsos del exfuncionario kirchnerista José López arrojados en un convento resultaron ser la mejor construcción en el imaginario colectivo acerca de lo que supuestamente fue más de una década de corrupción, enriquecimiento ilícito y populismo. Una imagen tan burda, disparatada y obscena, como efectiva. Máquinas cavando fosas en la Patagonia y búsquedas de bóvedas, fueron los aportes de la corporación judicial del país: “Se robaron un Producto Bruto Interno”, se convenció a parte de la población desde los factores de poder, pese a que la mayoría de la gente no sabe bien qué es un PBI o a cuánto asciende.
Se fuga un puente Paraná-Santa Fe por semana
La piratería, al palo.
Hoy pocos entienden o han mensurado lo que son las letras, bonos, lebacs, leliq, carre trade y tantos otros instrumentos.
La fuga de divisas y otros negocios de la renta o timba financiera, la libertad y ganancias de los capitales especulativos resultan ser de la misma gravedad que la corrupción, cuando por la complicidad –e intereses personales– de funcionarios de Gobierno se diezma a la población de recursos que son llevados fuera del país. No hacen faltan camiones ni aviones en las Aduanas para transportar billetes, que harían grotescamente visible esa situación: todo se puede hacer con un click, de manera electrónica.
Es tan grave como muchos de los casos de corrupción K aún en estudio, ese robo de recursos con un Estado aliado a los poderes económicos más concentrados.
Fuga de capitales son dólares que se van del sistema financiero local cuando, sin ningún tipo de control o exigencia, multinacionales envían ganancias a sus casas matrices fuera del país; cuando los argentinos más ricos y privilegiados que tienen cuentas fuera del país (algunas en paraísos fiscales) se llevan sus dólares; o en las actuales operaciones de contado “liqui”, cuando un inversor con cuentas en sociedades en el país, compra acciones o títulos públicos y luego pide que le transfieran dólares al exterior.
En estos días, misión del FMI mediante, se habla sobre la fuga de capitales que superó todos los récords en el gobierno macrista. En 2018 fueron 27.300 millones de pesos que se perdieron por un agujero que los mortales desconocemos: no se ven nuevas escuelas, hospitales y mucho menos obras viales que justifiquen tal gasto. Y por eso, no solo el candidato presidencial Alberto Fernández (Frente de Todos) sino también Roberto Lavagna (Consenso Federal) sostienen que el préstamo más alto que el FMI ha dado en su historia, por 57.000 millones de dólares a Argentina, solo sirvió para financiar la fuga de divisas.
Para calmar al dólar y mantener la timba financiera, el gobierno de Macri viene perdiendo 300 millones diarios de reservas del Banco Central de la República Argentina. Plata que se esfuma, desaparece, que no genera riqueza en un país y ni siquiera deja una obra: por ejemplo, lo que se fue en una semana es el costo de construir un puente Paraná-Santa Fe, que por falta de fondos y de financiamiento se viene aplazando desde el año 2016. Esa megaobra que el área metropolitana espera hace casi 20 años, calcula un costo de 1.200 millones de dólares.
Esos fondos se perdieron solo en una semana. En el último mes, se esfumaron 10.000 millones de dólares solo para tratar de mantener el tipo de cambio.
Durante la actual administración nacional se fueron del país más de 133.000 millones de dólares según el Observatorio de la Deuda Externa, casi tres veces más del préstamo pedido al Fondo Monetario Internacional (FMI).
En 2013, el titular de la organización Red Solidaria Juan Carr –nominado varias veces al Premio Nobel de la Paz–, había expresado que Argentina estaba cerca de lograr “el hambre cero”.
Hoy, se clama por la sanción e implementación urgente de una Ley de Emergencia Alimentaria y Nutricional, desde distintas instituciones sociales y políticas.
Semejante volumen de dinero extraído y fugado del país, imperceptible o intangible a los ojos del común de la gente, explica la penosa realidad social y económica actual.













