Hoy por hoy
Sábado 11 de Agosto de 2018

Riesgo país

Para el imaginario social argentino no es irrelevante que esta cifra deje de ser una publicación marginal en los medios y comience a tener protagonismo, sobre todo porque viene acompañada de otros síntomas que provienen de la experiencia cotidiana de los ciudadanos y ciudadanas, que profundizan la sensación de incertidumbre.

En diciembre de 2001 este diario, como la totalidad de los diarios argentinos, publicaba todos los días la cifra actualizada del riesgo país. Era un dato que simbolizaba una luz de alarma que por su mismo nombre presagiaba una tragedia: el peligro de que el país terminara de derrumbarse por completo, y con él sus habitantes. El 20 de diciembre, el día en que todo estalló y renunció el presidente Fernando De la Rúa, este indicador estaba en 4.618 y siguió subiendo. El 26 de diciembre se ubicaba en 5.471, ya con Adolfo Rodríguez Saá como titular del Poder Ejecutivo designado por el Congreso de la Nación. En agosto de 2002 Eduardo Duhalde ya llevaba un semestre al frente del Gobierno y era de 7.044. Luego, muy lentamente comenzó a bajar.
En junio de 2005, en épocas de Néstor Kirchner, el banco JP Morgan comenzó a medir el indicador a partir de la incorporación de los nuevos bonos, tras el cierre del canje de la deuda externa del país. En consecuencia, el riesgo país bajó drásticamente de 6.600 a 795 puntos.
Cuando asumió Cristina Fernández de Kirchner, en 2007, estaba en 357 unidades. Para entonces ya hacía mucho tiempo que había dejado de ser un dato al que la población prestara atención, a no ser por los analistas económicos, algunos empresarios y operadores financieros. No fue tampoco motivo de alarma generalizada cuando volvió a subir, en 2012, producto de la disputa con los fondos buitre, aunque no en los niveles de 2001-2005. Comenzó a descender nuevamente con la victoria de Mauricio Macri en las elecciones de 2015 y continuó la tendencia con el pago a los holdouts. El último día de 2014 era de 726 y 12 meses después había caído a 439.
El riesgo país es un indicador elaborado por JP Morgan que mide el diferencial de tasas que pagan los bonos del Tesoro de EE.UU. contra el del resto de los países. Este cálculo lo realiza por intermedio de su índice EMBI, siendo específico para cada nación. De esta manera, el índice mide la sobretasa que debe pagar un bono, en este caso argentino, frente al rendimiento de los títulos a 10 años que emite el Tesoro de los Estados Unidos. Se explica que un riesgo país alto puede repercutir negativamente en la llegada de inversiones a largo plazo y complica las necesidades financieras de un país, porque refleja la probabilidad de que incumpla con sus obligaciones.
El dato nuevo es que ahora ese índice volvió a subir. El viernes llegó a 704, cuando en octubre de 2017 se encontraba en un piso de 342 puntos. Los economistas explican que esto se debe al contexto financiero actual, la crisis cambiaria –el dólar volvió a subir y rozó los 30 pesos– y el escándalo de corrupción que complica a políticos y empresarios.
Para el imaginario social argentino no es irrelevante que esta cifra deje de ser una publicación marginal en los medios y comience a tener protagonismo, sobre todo porque viene acompañada de otros síntomas que provienen de la experiencia cotidiana de los ciudadanos y ciudadanas, que profundizan la sensación de incertidumbre. El parecido con 2001 sí es evidente en ese sentido.
Aunque por estos días para los medios hegemónicos lo más importante –a juzgar por horas de aire y cantidad de caracteres escritos– sea la causa de los cuadernos, lo que angustia a la clase media y a los sectores populares es la suba constante de precios de los alimentos, de la nafta, de los servicios básicos como la luz, el gas y el transporte; el cierre de pymes, la pérdida de puestos de trabajo, los despidos y, en definitiva, la caída del salario real. Es decir, para los que tienen trabajo, el sueldo alcanza cada vez menos. Con los ingresos, que suben muchísimo menos que la inflación, se compran menos productos en el supermercado y muchos caen en la trampa –porque no les queda otra– de endeudarse para llegar a fin de mes.
En resumen: el riesgo país alto no significaría nada importante si no fuera porque otros números más crudos y menos tecnicistas y más fáciles de entender, también aumentan. Esta semana, en un supermercado de Paraná el brócoli se vendía a 122 pesos.

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