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Para qué votamos

Un repaso desde el 83 hasta nuestros días.

Sábado 10 de Agosto de 2019

Hoy en el país se reedita un nuevo capítulo del sueño democrático que se inició el 30 de octubre de 1983, cuando argentinas y argentinos volvieron a las urnas después de la noche oscura y larga de la dictadura cívico-militar. Aquella jornada histórica, en que fue electo Raúl Alfonsín como primer presidente constitucional de la etapa, había una palabra que se repetía en boca de los votantes que eran interrogados por los canales de televisión y que también se podía interpretar en sus rostros y se colaba en las charlas familiares y entre amigos. Esa palabra era esperanza. La ciudadanía votaba con esperanza porque por fin podría ejercer el derecho a elegir a sus representantes, a quienes podría exigir luego que cumplieran con sus promesas y propuestas; en lugar de permanecer oprimida, silenciada, inmovilizada y aterrorizada por dictadores genocidas que se atribuían la facultad de decidir sobre la vida y la muerte.

¿Para qué votamos el 30 de octubre de 1983? Con toda seguridad, para que se fuera la dictadura y para que comenzara un período de libertades individuales y colectivas. Pero también había otras razones, que se pueden encontrar en los ejes discursivos del candidato que resultó ganador de las elecciones, con los cuales interpretaba fielmente las demandas sociales. Y tales motivaciones no difieren de las que muy probablemente nos llevarán hoy al cuarto oscuro. El 26 de octubre de aquel año Alfonsín pronunció su recordado discurso de cierre de campaña en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires; aquel que finalizó recitando el preámbulo de la Constitución nacional, tal vez el fragmento más imborrable, pero que empezó así: “Amigos de la Capital Federal, argentinos: se acaba la dictadura, se acaba la corrupción, se acaba la Argentina del desamparo y llega la Argentina honesta que quiere a su gente. Se acaba la Argentina del hambre obrero. Se acaba la Argentina de las fábricas muertas y viene la Argentina del trabajo y de la producción. Se acaba la especulación, se acaba el dinero imperando sobre la producción y el trabajo. Llega la democracia a nuestro país”.

En diálogo con una multitud que le respondía con ovaciones y consignas cantadas a coro, el futuro presidente le daba forma a un nuevo contrato social. Hablaba de la necesidad de ponerle “una bisagra a la historia y terminar con la frustración y la desesperanza”. Proponía superar las divisiones entre “peronistas y antiperonistas, radicales y anti-radicales” –la grieta no es ninguna una novedad, claro está– e insistía en la necesidad de dar solución a problemas como la inflación, el hambre, la corrupción y la especulación. Hay párrafos de ese discurso que podrían haber sido dichos en esta campaña de 2019, sin cambiar ni una letra, y tendrían plena actualidad. Efectivamente: hoy votamos en gran medida con esas mismas demandas.

“En la Argentina hay hambre, pero no porque falten alimentos como en otros países, sino porque sobra inmoralidad; porque hemos sometido al padre de familia a la humillación más grande a la que podemos someter a un hombre: trabajar los 30 días del mes y no ganar lo necesario para llevar el pan a su mesa los 30 días del mes”, redondeaba el dirigente radical.

Después vinieron los casi seis años de mandato del radicalismo, con sus luces y sus densas sombras. El sistema democrático, pese a que estuvo muy en riesgo por los levantamientos militares, siguió en pie; pero no fue suficiente para cumplir con aquellas promesas. Es que no era cierto que “con la democracia se come, se cura y se educa”. Sólo con la democracia no bastaba, porque los intereses que impulsaban las dictaduras fueron adquiriendo otras formas y otros métodos. Sin embargo, también es cierto que sin democracia aquella premisa es imposible. Es decir: sin democracia no se come, no se cura, no se educa. Por lo tanto, no hay otro camino que seguir votando y, en la medida de lo posible, recuperar la esperanza de aquella primavera del 83.

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