Secciones
Miradas

Conductas contagiosas para un cambio cultural

"La conducta antisocial se propaga como un virus".

Domingo 15 de Septiembre de 2019

Los estímulos externos ambientales influyen sobre la conducta social. Está comprobado por la Psicología y de modo empírico, el efecto camaleón de nuestros actos. Lo que vemos es lo que hacemos.

Si hay papeles tirados en el piso, también ensuciamos; si observamos que no se respeta la senda peatonal o se cruza con semáforo en rojo, imitamos esas acciones; si hay un grafiti en el banco de una escuela o de un colectivo, dejamos o hacemos también nuestra marca. Los ejemplos se pueden multiplicar hasta el infinito, en el seno familiar, en el ambiente de trabajo, y en las calles.

La conducta antisocial se propaga como un virus.

“Lo que la gente veía era lo que hacía. Pero tal vez eso sea ver el vaso medio vacío. También podría verse medio lleno: que las personas que veían las paredes limpias, ensuciaban menos…” versa uno de los tantos estudios –en este caso relacionados a conductas negativas– que se describen y analizan en el libro ¿Por qué hacemos lo que hacemos? El poder del inconsciente, del doctor John Bargh.

En ese tramo del extenso libro que recoge las investigaciones realizadas durante largos años por el mayor experto mundial en la mente inconsciente también se hace mención a la llamada “teoría de las ventanas rotas”, que sostiene que mantener los entornos urbanos en buenas condiciones, y poner fin a delitos leves pero visibles, puede provocar una disminución del vandalismo y la reducción de las tasas de criminalidad o de inseguridad.

Si la gente veía calles más limpias, edificios y fachadas intactas y a menos de sus conciudadanos cometer pequeñas desobediencias civiles, como cruzar fuera de la senda peatonal, sentirían un mayor respeto mutuo y mayor respeto por las leyes en general.

La realidad y las estadísticas marcan permanentemente la razón de esas consideraciones.

Trasladadas a nuestra realidad, convivimos con calles deterioradas, con veredas en mal estado, con contenedores mal utilizados, con farolas y luminarias rotas, con esqueléticos juegos de plazas sin mantenimiento. Escuelas de barrios a oscuras y despintadas, con ventanas rotas o paredes que se caen. En los polideportivos barriales, los tableros de básquet sin aros, o rodeados de yuyos altos.

En las calles se observan inconductas de todo tipo, desde las permanentes infracciones de tránsito, hasta peleas y discusiones.

Desde la política nos inundan de casos de una corrupción que cunde sin límites, de acomodos y privilegios, de intolerancia.

Todo vale.

Desde el lugar de esas teorías, es fácil entender entonces las razones del cuadro estructural de decadencia que se asiste en la sociedad.

En las redes sociales también se propagan esas mismas cualidades.

Visto desde el lado positivo, cuando uno es amable, los demás son más amables; cuando uno cuida un espacio público, lo demás también lo hacen; cuando uno coopera o es más solidario, la conducta se repite y multiplica.

Los cambios, y las prácticas, no deben ser de arriba hacia abajo, o de abajo hacia arriba; deben provenir en ambas direcciones: que la basura se recoja, pero que nosotros demos el uso adecuado a un contenedor o que no arrojemos papeles en las calles; que los inspectores controlen las calles, pero nosotros cumplir las leyes de tránsito en cada esquina; que la escuela tenga un entorno más amigable, pero que nuestros hijos la cuiden. Y así en cada acción cotidiana.

La naturaleza mimética de nuestra conducta y de nuestra mente, no es en sí misma buena o mala, todo depende de los estímulos o sugerencias que recibamos del mundo exterior, plantea el libro.

Uno de los interesantes aportes de su lectura sería para cambiar las cosas de la sociedad que no nos gustan, primero tenemos que cambiar nosotros. Ya lo decía la madre Teresa de Calcuta antes de ser santa: “La palabra convence, pero el ejemplo arrastra. No te preocupes porque tus hijos no te escuchan; te observan todo el día”.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario