Martín Pérez/Télam
La década Solari
Pajaritos, bravos muchachitos es el nombre del flamante cuarto disco del Indio Solari en poco más de una década como solista, cuyo título remite tanto al asedio de internet como a la pasión de sus fans. Además de contener canciones con futuro de himno y frases reveladoras, la aparición de los músicos de los Redondos en el tema final –salvo Skay Beilinson, el otro dueño del viaje—permite saldar cuentas con la historia sin caer en la nostalgia.
Apocalíptico e integrado. Así suena el Indio Solari en su último disco, y de alguna manera así sonó siempre, aunque el apocalipsis supo tener más prensa en sus canciones, y es un traje que le calza mejor que a nadie. Pero si algo anuncia el flamante Pajaritos, bravos muchachitos es que las tesis y antítesis subyacentes en la dialéctica de su poco más de una década como solista, están empezando a encontrar cierta síntesis.
Si en esa cumbre que fue El tesoro de los inocentes (2004) el Indio salió arando, oteando con una crudeza digna de sus mejores páginas los cambios de su entorno con No Logo de Naomi Klein bajo el brazo, su sucesor Porco Rex (2007) tenía aroma a encierro y un aura inédita de confesión. Pajaritos, en cambio, sigue la ruta de huida hacia adelante que encontró en El perfume de la tempestad (2010), pero permitiéndose volver a la primera persona, con aire entre resignado y relajado a la vez.
“Mis palabras perdí, mis pájaros llevé al invierno de las pantallas”, prácticamente confiesa Solari en el tema que abre el disco, que inaugura un protagónico alado que tiene múltiples acepciones.
En principio, esos bravos muchachitos del título, por ejemplo, remiten inmediatamente a Luzbelito, que encarnaba al público más sufrido de los Redondos, aquellos redonditos. “Sus ritmos al cantar, me obligan al ritual, de la lengua angélica que arde”, parece casi justificarse el Fisgón Ciego, admirable oxímoron –una conjunción de opuestos a la altura de Inteligencia Militar o Cultura Rock-- con el que se bautiza en los créditos del disco.
"El sonido del Indio es un gusto adquirido, y cada disco nuevo así como deja afuera a quienes sólo pasan cerca también sabe dar refugio a los que van entrando lentamente en su órbita."
Pero los Pajaritos también son los que picotean alrededor, y si cantan sobre las selvas de internet todo parece indicar que se refiere –el Indio siempre fue un hombre computarizado, después de todo—a ese insidioso fisgón llamado twitter. Sin embargo, ahí están las alas proto-angelicales de la silueta que aparece de espaldas en la tapa del disco –¿el Indio?—observando a lo lejos una bandada de pájaros surcar el cielo, como para dejar en claro que no se trata sólo de eso. Y el arte del generoso librillo que, como se ha hecho costumbre, acompaña el CD está lleno de figuras humanas con cabeza de pájaro, que remiten a Horus, dios egipcio cuyo equivalente griego es Apolo. Con lo que el círculo de una década de Dialéctica Solari parece completarse, con Dionisio alejado del centro. “Lamento irme, pero estoy contento”, llega incluso el Indio a despedirse en Beemedobleve, el segundo tema del disco. “Voy a extrañar, seguro, todo el botiquín”.
Aunque a esta altura su sonido es un gusto adquirido, y cada disco nuevo así como deja afuera a quienes sólo pasan cerca también sabe dar refugio a los que van entrando lentamente en su órbita, este Pajaritos, bravos muchachitos se demuestra a la altura de aquel primer opus solista no sólo por regalar futuros himnos –como "Había una vez...", el amor a primera escucha del álbum—sino también por sus sorpresas. Aún hoy, al repasar El tesoro de los inocentes se destaca el sonido ¿disco? de "El Charro Chino" y "Amok! Amok!" regala similar desprejuicio, al borde de ser -¡sacrilegio!- casi depechemodeiano. ¿Un anticipo, tal vez, de cómo podría sonar Oktubre hoy en día?
"Hecho maldito del rock burgués, los Redondos encarnaron un fenómeno único y mutante, siempre defendiendo el significado del rock hasta la última instancia."
Pero el broche final, el que convierte a Pajaritos en un disco diferente a los anteriores y al mismo tiempo en diálogo con ellos, es esa suerte de coda de la que participan los músicos de la última encarnación de los Redondos, salvo el único que puede situarse a su altura, el otro dueño del viaje ricotero, Skay Beilinson. Si bien sirve más que nada para dejar en claro lo que ya no es, La pajarita pechiblanca -compuesto e interpretado por el Indio junto a Sergio Dawi, Semilla Bucciarelli y Walter Sidotti-funciona también como un guiño sin nostalgia hacia ese grupo que bajó del monte, tomó por asalto el rock nacional, y terminó volviéndose al lugar desde donde vino, dejando el trono vacante. Hecho maldito del rock burgués, los Redondos encarnaron un fenómeno único y mutante, siempre defendiendo el significado del rock hasta la última instancia, quedando incluso en el último tiempo cada vez más presos de sus palabras y sus intenciones.
Nunca resignado a ser un mero entretenedor, el Indio jamás bajó de aquel monte y desde allí sigue editando discos, y planificando shows capaces de convocar más gente en una sola noche que el resto del rock local en su conjunto. Una década como solista parece finalmente haber terminado de naturalizar su lugar para los de afuera, pero –por suerte—también para el de adentro.
“No me seduce la visión ardiente, ningún líder feroz, mártir doliente”, presenta el Indio su credo en "Las supersticiones traen mala suerte", por si hiciera falta. Para terminar anunciando, más Solari que nunca, y casi saltando por sobre los decorados de su propio mito: “Mi rebelión ya no aclara mi mente, mi sueño está muy bien y así estuvo siempre”.














