Pensando sobre marihuana, autocultivo y rol del Estado

Entrevista con Iván Malajovich, cultivador. "Cárcel" hebrea y escape. Israel bélica. Narcotráfico y dependencia. Marihuana, mala fama y el alcohol bendecido.
1 de enero 2023 · 13:49hs

El activista paranaense Iván Malajovich, defensor de la despenalización de la marihuana, reflexionó sobre el proceso judicial en su contra en el cual fue sobreseído y que finalmente se cerró hace un par de meses, luego de iniciado en 2018. El comerciante, dedicado al autocultivo, recordó los inicios de su lucha y ratificó los principios que lo impulsaron. “Aquél día decidí decir basta al narcotráfico”, enfatizó.

Encerrado en el judaísmo

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, viví en un departamento de calle Catamarca, en calle Laprida, y luego me mudé a Sebastián Vázquez y Courreges, donde viví casi toda mi vida, estuve un tiempo en Israel, por intercambio, volví, me fui estudiar hotelería en Santa Fe, y volví acá.

—¿Cuál es el lugar que más recordás de la infancia?

—En Sebastián Vázquez, donde viví desde los siete años hasta los 24.

—¿Cómo era por entonces?

—Calle Ituzaingó no estaba pavimentada, y después de la vía comenzaba el arroyo y el monte. Con mi hermano cruzábamos el arroyo, lleno de basura, a lo de una señora amiga de la familia, quien tenía gallinas y otros animales, donde jugábamos con los chicos.

—¿A qué jugabas?

—Nos educamos en la comunidad judía e íbamos a Sionista a jugar al básquet y hacíamos danza. Con los chicos del barrio y mis hermanos, a la pelota y a los autitos.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi mamá fue profesora de la escuela hebrea, donde se jubiló, y tuvo otros dos o tres trabajos para mantener a los tres hijos.

—¿Tu papá?

—Trabajó en el Banco Cooperativo del Este, cuando cerró fue gerente de Bazar El Entrerriano, y al abrir la sucursal en Santa Fe comenzó a viajar, conoció a otra chica, se separó de mi mamá y a partir de ahí la relación fue cortada y bastante traumática.

—¿Qué ancestros llegaron a esta región?

—La mamá de mi mamá, desde Polonia, donde se escapó de los campos de concentración con su hermana y hermano. Pero no he ahondado en la historia familia. Al papá de mi papá, que era ruso, en Moisés Ville lo persiguieron por comunista.

—¿Cómo vivenciabas la cultura judía?

—Muchas veces presenté resistencia porque era una sobre exigencia y quería más tiempo para ser niño. Lo sentía como un fuerte lavado de cabeza o adoctrinamiento por tener que respetar ciertas costumbres.

—¿Familiarmente estaban presentes esas tradiciones?

—Mi mamá era profesora, y las festividades y conmemoraciones estaban presentes. En la escuela había un coro, estudiábamos la biblia, costumbres y características de Israel, e íbamos a la sinagoga. Me sentía encerrado en esa vida.

—¿A qué le dedicaste más tiempo?

—Estábamos mucho en Sionista, y estudiaba inglés.

Israel y la otra cara de la historia

—¿Sentías una vocación?

—Ser un superhéroe (risas) como Batman, Guepardo y X-Men, y luego abogado, porque veía películas de esa temática.

—¿Leías?

—No, era muy vago y no tenía la costumbre; me cuesta mucho concentrarme. Miraba televisión y me gustaba la música, algo pendiente.

—¿Te gustaba alguna materia?

—Era muy quilombero, me costaba concentrarme y tenía facilidad para Matemáticas. No quería estar ahí.

—¿Qué hiciste al terminar?

—La idea era terminar la secundaria en Israel pero volví porque si me quedaba tenía que nacionalizarme.

—¿Cuál fue el mayor impacto?

—Todo: idioma, escritura, costumbres laborales y tiempos de vida. Es una sociedad bélica, constantemente en estado de alerta por los atentados que sucedían en ese momento; se ven muchos soldados y armas en la calle, pasan aviones por tu cabeza, se escuchan tiros y hay mucho control; es un país chico y las fronteras están cerca. Los jóvenes tienen que ir al ejército a los 18 años.

—¿Y vos?

—No, porque no me hice israelí. Me planteé muchas cosas en torno a la guerra y al convencimiento que tenía sobre que el Estado de Israel era lo justo. Comencé a chocar también con la otra cara de la historia.

—¿Tuviste experiencia militar?

—Cuando estás por terminar el secundario vas un par de días a entrenamiento, dormís en carpa, te levantan temprano, te muestran y explican sobre armas, disparás con el M16… Me generó mucho impacto y dije “esto no es para mí”, en contraposición a ellos, que llevan lo bélico incorporado desde el jardín de infantes.

—¿Viviste en un kibutz?

—En un campus escolar, frente a un kibutz, donde comíamos y hacíamos actividades. Era un programa para incentivar y ayudar a los jóvenes en 2000 y 2001, y en mi grupo había gente de Chile, Paraguay, Estados Unidos, Colombia y Argentina.

—¿Cómo recordás ahora esa experiencia?

—Lo tomé como un escape de casa, porque la separación de mis padres no había sido nada suave. Incluso era un tabú cuando ellos lo hicieron y lo viví con vergüenza. Israel es una sociedad un poco más liberal en algunas cuestiones, como la forma de vestirse, lo cual me llamaba la atención hace 20 años, cuando hacerse un tatuaje acá era algo muy loco.

—¿Un descubrimiento?

—La marihuana, sobre la cual tenía un estigma, y fue en una situación conflictiva.

—¿Por qué?

—Un compañero estaba prendiendo un porro en la habitación, me alarmé y le dije que se estaba drogando, lo cual era una razón para que te devolvieran a tu casa pues había un código de convivencia. Llegamos al acuerdo de que no lo haría más en la habitación. Luego a él y a otro chico los encontraron con porro y los hicieron volver a Argentina. Igualmente durante una salida con mi primo de allá armaron una narguila, que está permitida, le pusieron hachís y percibí, con mucho miedo, un efecto muy fuerte. Seguí consumiendo muy esporádica y cuidadosamente, comencé a investigar un poco y a escuchar otra música.

—Israel hoy está a la vanguardia de la investigación y desarrollo de la industria cannábica. ¿Por ese entonces no se sabía nada?

—Si había, era supersecreto, y todavía no había tanto estudio desarrollado.

—Imagino que cuando volviste fue otro contraste muy fuerte.

—¡Quería volver a irme! (risas) Volví cuando tenía 17 años, y no tenía el título porque allá el estudio se puso heavy ya que tenía que rendir en inglés o en hebreo. Además, si me quedaba, tenía que ir al ejército.

Narcotráfico y marihuana propia

—¿Cuándo comenzaste a profundizar en la cultura cannábica?

—Comencé a consumir, prensado, porque me relajaba después de trabajar con el remís, y a hablar con gente que tenía información, aunque no había mucho. Descargué un par de manuales, españoles, sobre cultivo. Estaba enojado porque no quería pagar cualquier cosa por algo que no era un bueno y tener que meterme en lugares que no quería. Una vez fui a comprar, me dieron dos pedazos de madera y dije ¡basta! a mi relación con el prensado y el narcotráfico! Ahí tuve mi primera experiencia con el cultivo, accedí a la revista THC, leía bastante por Internet y vi un largo video, Cannabis indoor, tú tienes la llave, sobre activismo cannábico, el cual me cambió la perspectiva y aprendí mucho sobre cultura, fundamentos y beneficios.

—¿Cómo fueron los primeros intentos de cultivo?

—Por algún motivo no terminaban el ciclo. Tenía unas plantas bastante lindas, la abuela de mi hijo no estaba muy de acuerdo, y mi hermano me convenció de que las sacara para no tener un conflicto familiar. Al año siguiente hice otros plantines, una vez que los subí al techo un vecino los vio, se generó otro problema con el abuelo de Benji (su hijo), me echaron de la casa y volví a la de mi vieja.

—¿Qué te resultó revelador en torno a la planta?

—Los tiempos de la Naturaleza, lo cual me llevó a andar a otro tiempo y saber que no depende de uno. Tener la planta fue una responsabilidad extra en cuanto a cuidado, como si fuera una mascota. Inicialmente el consumo rompe barreras mentales, que es lo que a mucha gente le asusta.

Política, militancia y comercio

—¿A qué atribuís que todavía, en ciertos sectores, existe un estigma moral cuando milenariamente incluso hasta ha tenido usos religiosos y místicos?

—Porque, desde (Richard) Nixon, a muchas generaciones se les dijo que era veneno, que era lo mismo que la cocaína, que era la representación del narcotráfico y que toda la gente que la probaba terminaba en la heroína, perdida. Igualmente antes era impensable la asociación del cannabis con lo medicinal, salvo quien hubiera viajado a California.

—También es paradójico porque esa censura la puede decir quien bebe media botella de whisky en una noche, fuma un paquete por día o consume pastillas como si fueran caramelos.

—Es que el alcohol es legal, mueve mucha plata, hay mucho apoyo político, no tiene campañas en contra, como sí las tiene la marihuana, incluso pagadas por las tabacaleras e industrias de bebidas alcohólicas.

—¿Por qué la militancia y cuándo lo convertiste en un proyecto comercial?

—A partir de la decisión de emanciparme en cuanto a comprar cualquier cosa y a cualquier precio, y de los conflictos familiares, decidí, en vez de esconderme, salir a decir “está bueno el porro” (risas). Lo tomé como algo personal, lo hablé con otras personas que tenían la misma necesidad y sentían que era necesario un cambio. Se me ocurrió hacer un programa de radio parecido a El brócoli, que hacía el director de THC, e hice El esqueje, sobre cultura cannábica, en Radio Barriletes. Ahí comenzó el activismo, se acercó gente, hicimos la primera marcha y comenzamos a plantear necesidades en cuanto a la cuestión. El grow lo inicié, primeramente, vendiendo a través de Facebook, comprando mercadería en Buenos Aires, cuando todavía trabajaba con el remís.

—¿Cuál fue la primera causa judicial?

—En 2014, por comprar semillas en España, que las encontraron en la aduana. Fue por tenencia de semillas destinadas a producir estupefacientes con fines de comercialización, que luego derivó en contrabando y contrabando agravado, porque decían que yo había dado la orden de que se escondieran las semillas y se mintiera en el manifiesto, ya que decía que se había mandado una agenda y unos posters. La causa más que nada fue burocrática, porque no hubo allanamiento, salvo que la policía fue a la casa de mi mamá para ver cómo vivíamos.

—¿Estabas preparado como militante para afrontar estas situaciones?

—No sé si era tan militante en ese momento, porque ni siquiera se había armado la primera marcha. Esta situación fue otro impulso para decir “esto no tiene sentido”.

—¿Qué zonas grises u oscuras quedan considerando la legislación nacional y provincial?

—Antes de que se cerrara la causa se creó el Reprocann (Registro del Programa de Cannabis) y si no hubiese existido no hubiese podido hacer un convenido con el fiscal, en el cual planteé que el Estado me acusaba de algo que ahora autorizaba. Falta mucho, más allá de las enmiendas que vienen a tratar a la marihuana desde otro espacio, pero desde lo penal sigue siendo ilegal. Si te agarran con flores en la calle y sin el carnet de Reprocann o teniéndolo vencido, pasás de ser de usuario terapéutico a criminal.

Cultura, leyes y un hijo

—¿Cómo observás lo socio-cultural?

—Está desbloqueado. Con la aparición y recomendación del cannabis terapéutico en aceite y cremas que, por ejemplo, se venden en ferias que organiza la misma Municipalidad, está “legalizado” culturalmente. Si fumás un porro, salvo que sea un prensado o flores fuertes, nadie se da vuelta para mirarte como a una persona peligrosa. La gente sabe que es distinto a darse un pinchazo de heroína o tomarse una línea de merca. Las leyes van por detrás de lo cultural. Además en Argentina ya se habla de desarrollo industrial, leyes de trabajo cooperativo cannábico y uso del cáñamo. Con todo esto no puede ser que se tenga que justificar por qué se planta o fuma; hay que darle una solución, porque carga el sistema judicial de causas al pedo y no se habla del narcotráfico real.

—¿Qué le dirías a tu hijo si quiere fumar marihuana?

—Estoy listo para que me lo diga en cualquier momento. Tiene contacto, natural, con la planta desde muy chico, nunca la vio como droga y me escuchó hablar con mucha información. Es muy deportista y quiere dedicarse profesionalmente. Me da más seguridad que se fume un porro antes de que tome cerveza, más allá de que lo relacionado con los pulmones y el consumo de humo no está bueno.

—¿Consumís alcohol?

—Muy poco y en ocasiones especiales; cotidianamente lo evito y no me gustan los efectos que produce.

“No me han devuelto lo que se

llevaron en el allanamiento”

Malajovich calificó el proceso judicial al cual fue sometido como “absurdo” y señaló que todavía no se le restituyeron los bienes que le fueron incautados en su local comercial. “El Estado puede argumentar lo que quiera para hacer lo que quiere, y no podés oponerte”, manifestó.

—¿Cuándo comenzó la causa en la cual te sobreseyeron hace un par de meses?

—En julio de 2018.

—¿Cómo recordás y evaluás lo vivido?

—Desde el principio me pareció absurdo, ya que veníamos conformados como agrupación de cultivadores que peleábamos por nuestros derechos, buscando la despenalización del uso, no medicinalmente hablando porque nunca nos declaramos como usuarios medicinales sino adultos responsables, y además se sabía muy poco sobre aquel aspecto. Veníamos con causas de compañeros a quienes habían allanado violentamente por denuncias de vecinos, pero no tan impactantes como la mía. Cuando nos allanaron yo estaba en el local, llegaron, pensé que era solo para ahí, pero me pidieron la llave de mi casa. A la noche, al llegar a la Policía Federal, me enteré que también habían allanado la casa de Maxi (Maximiliano Burgos, usuario medicinal; fallecido) y la causa se fue haciendo cada vez más absurda. ¡Cómo me iban a allanar el local si era obvio que somos cultivadores! Pensé que se resolvería más rápido pero todavía no me devolvieron las cosas, más allá de que ya dieron la orden. En ese momento el laburo ya me demandaba mucho tiempo y había bajado un poco el activismo, pero sentí que restaba algo por hacer.

—¿Te quebrase emocionalmente en algún momento?

—Era el proyecto al cual le había dedicado más tiempo y esfuerzo, y sentí que estaba siendo robado, y en cuanto a mi casa una violación del espacio privado. El Estado puede argumentar lo que quiera para hacer lo que quiere, y no podés oponerte. Al principio me quebré emocionalmente pero tenía que reponerme porque la situación continuaba pasando; cuando me enteré que lo allanaron a Maxi me dio mucha bronca y pensé que no podían ser tan hijos de puta.

—¿Qué aprendiste?

—Que la privacidad es sagrada y muy importante. En cuanto al proceso, que tenés que seguir peleando por tus convicciones, sabiendo que sos inocente. Pero el sistema puede llegar a ser muy injusto.

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