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“Siempre viví muy mal”

Entrevista con el escritor Carlos Busqued. ¿Qué sucede cuando un autor argentino desconocido escribe una primera novela, se publica en una de las editoriales más importantes del mundo y recibe buenas críticas en todos lados?

Domingo 15 de Septiembre de 2013

Eliezer Budasoff/ De la Redacción de UNO
lactis@unoentrerios.com.ar

Es un viernes, pasadas las 20, y Carlos Busqued me habla del calamar gigante con entusiasmo. Estamos en un bar de Rosario, uno de esos que quedan cerca del río y te asesinan con el precio de una cerveza, porque la gente suele pagar para mostrarse en este lugar. No esta noche, que hace frío y está húmedo. Somos los únicos clientes que ocupan una mesa afuera. Busqued me cuenta que cuando conoció la existencia del calamar gigante se conmovió porque era un símbolo muy fuerte para su libro. Habla de una criatura mítica: el calamar gigante es un animal marino que vive en las profundidades, puede alcanzar dimensiones extraordinarias, y es casi imposible de encontrar. No sobrevive lejos del abismo oceánico. Si bien anteriormente se hallaron ejemplares muertos o agonizantes, capturados accidentalmente en aguas neozelandesas, recién en 2012 pudieron tomarse imágenes de un calamar gigante vivo en su hábitat natural. Para entonces, la primera novela de Carlos Busqued, Bajo este sol tremendo, ya llevaba tres años publicada por Anagrama, y su autor había salido a superficie por primera vez como una de esas criaturas marinas, de un modo que al comienzo le provocó un “terror paralizante” para la continuidad de su escritura, como dijo en una entrevista.
 

Busqued es un tipo alto, corpulento, de ojos claros, cuya amabilidad en el trato parece contradecir cierta aversión por la especie humana presente en sus textos y en sus tuits, que no es más que el reverso de una sensibilidad enorme, que parece pesarle. Carlos

Busqued nació en Roque Sáenz Peña, Chaco, en 1970. A los 16 años se fue a Córdoba con su familia, donde vivió gran parte de su vida hasta hace algunos años, cuando se mudó a Buenos Aires. La historia de cómo se convirtió en un autor argentino casi de culto con su primer libro es bastante conocida para sus seguidores, que no han parado de pedirle un libro nuevo desde entonces, al igual que su editor. En 2008, luego de un proceso de escritura que le llevó cuatro años, Busqued envió su primera novela al Premio Herralde, uno de los concursos literarios más prestigiosos del mundo. Tiempo después recibió un correo firmado por Jorge Herralde, fundador y director de Editorial Anagrama: en el mail, el editor español le decía que su novela había sido finalista del premio, que no lo había ganado, pero que le había gustado tanto que había decidido publicarla en su sello. Para Busqued, que había escrito lo esencial de la novela en medio de un proceso de demolición de su vida personal, recibir un correo de la persona que estaba detrás de su universo de referencias literarias, fue tremendo.
 

—Sí, sí, fue muy tremendo, porque te digo: yo mandé el libro al concurso como diciendo “bueno, loco, laburé tanto, lo voy a mandar”. Yo tengo 60, tal vez más libros de editorial Anagrama, contando los que me han choreado. Estoy re formado por Anagrama. Y que el tipo que tradujo al español a (Charles) Bukowski, que ese tipo que yo respeté desde la distancia me escriba, fue tremendo. Yo viví siempre muy mal. De hecho no creo que viva bien ahora. Ahora lo que hago es pasarla un poquito más bien. Fue emocionante a un nivel que todavía tiene consecuencias en que me cuesta escribir. Para colmo, algo que me pasa es que yo nunca respeté nada de lo que hacía, jamás. Y entonces, de repente, quedé puesto en el lugar de que me dijeran: “Bueno, lo que vos querías te sale bien, ahora hacelo de vuelta”.
 

Después de su publicación en 2009, Bajo este sol tremendo obtuvo un gran reconocimiento de la crítica y de los lectores, y en los años siguientes fue traducido al alemán, al francés, al italiano y al inglés. El libro es una novela con una prosa seca, lacónica, poderosa, donde los personajes actúan como si estuvieran emocionalmente anestesiados, hundidos en la nada. Cetarti, su primer protagonista, recién ha sido despedido de su trabajo por falta de iniciativa y conducta desmotivante. Se pasa sus días encerrado, mirando televisión y fumando porro, hasta que un desconocido le informa que su madre y su hermano han sido asesinados a escopetazos.

Entonces viaja a Lapachito, un pueblo chaqueño decadente, donde vivía su madre, para hacerse cargo de los cadáveres, y ahí se conoce con los otros dos personajes de la novela: Duarte –un extorturador, estafador y secuestrador, un tipo sádico y frío, pero casi afable– y su secuaz Danielito, un grandote que se mea en la cama. Todos los personajes tienen algo de Busqued: su afición por algunos documentales de Discovery, Animal Planet, History Channel; por el aeromodelismo y los detalles bélicos; su consumo de pornografía y de marihuana. No son más que detalles a través de los cuales se filtra una mirada intensa hacia los márgenes, una aproximación a gente muy dañada, cuyos actos revelan la esencia humana de un modo más espeso. En distintos reportajes, Busqued ha dicho que una de las cosas que más le gustaban de la novela El extranjero, de Albert Camus, es su ausencia de juicio, su distancia moral. “Lo más poderoso de Bajo este sol tremendo –escribió el crítico Eduardo Antín (Quintín)– es que Busqued los quiere a esos tipos despreciables, les tiene paciencia y aprecio. No trata de embellecerlos ni de condenarlos: más bien los acompaña y los sostiene en sus viajes por la carretera o por los recovecos de su imaginación y su devenir de marginales”.
 

—La sensación a la que alude toda la novela todo el tiempo, no está nunca descripta ni mencionada. Las cosas en las que vos te interesás, hablan de vos. Entonces, hay un tipo al que le chupa un huevo todo (Cetarti) y está pensando en un bicho (el calamar gigante) al que no se lo puede encontrar. En el momento en el que yo me enteré del calamar gigante a mí me conmovió muchísimo, era un símbolo muy fuerte. Hay cosas que yo no puse, porque ya no entraban, pero hay por ejemplo reportes modernos de ataques a barcos. Hay un francés al que un calamar le atacó el barco, y se teoriza que como tiene todo ese amoníaco en la sangre, el bicho está hecho para vivir a 1.500 metros, y si sale arriba está hasta las bolas. En general salen cuando se pelean con los cachalotes que los predan, o cuando pescan una corriente térmica cálida que los lleva hasta arriba y no pueden bajar. Hay una teoría de que los bichos buscan lastrarse, buscan agarrar peso para volver al abismo. Y me parecía tremendo eso.
 

—¿Cuándo empezaste a escribir Bajo este sol tremendo?
—En el 2004 ponele. Yo me separé en el 2003. Yo escribía antes, pero no me gustaba lo que escribía. Dejé de hacerlo, me recibí, laburé en la universidad, dirigí una FM que tenía la UTN. Y me tenía podrido la universidad, era el 2000, 2001, que no había plata para nada, entonces era todo una cosa de psicopatía tan grande de la gente: ¿Viste cuando a los pescados se les acaba el agua en la pecera? Me desilusioné mucho también, conocí gente que a mí me había parecido simpática que había estado en la dictadura. En la oficina donde yo laburaba estaba el típico viejo puto simpático, ¿viste de esos que no se meten con nadie, que son como una tía? Y me entero de que ese tipo había entregado gente en la dictadura. También me avivé que mi viejo había estado, mi viejo de chico me había contado una cosa de un fusilamiento, y a esa edad caí en la cuenta de que mi viejo había estado en ese fusilamiento. Y se me vinieron así un montón de cosas, una crisis que de repente me di cuenta que me iba a morir un día, y que no quería vivir como estaba viviendo. En esa volteada cayó la separación, me cayeron una serie de quilombos en mi laburo que provoqué yo mismo. Y bueno, resultó en esto. Me fui y tenía una necesidad de escribir y no sabía de qué. Y escribí de a pedazos, de a pedazos, se me iban ocurriendo situaciones, escribí montones de cosas que no están en la novela, y fue como una especie de ir creciendo en el orden, porque escribí mucho volumen mientras viví en ese quilombo en Córdoba, en la casa de mi vieja, pero no iba a ningún lado. Escribía muchas de esas cosas las usé, pero no iba a ningún lado. Esto en la época en que se me caía todo. Cuando se me termina de caer todo. Era lo único que hacía, me levantaba a las seis de la mañana a escribir. Y todo lo que no fuera a hacer eso, me parecía una pérdida de tiempo.
 

–¿Y escribir no te parecía una pérdida de tiempo?
—No no, me cagaba de odio porque no iba a ningún lado con lo que estaba escribiendo. Pero a la vez tenía que hacerlo y tenía que buscar algo. Había algo que yo estaba buscando. No sabía adónde iba, y después a mis amigos les empezó a preocupar como estaba viviendo. En un momento me acostaba en el colchón que te tenía en esa casa, y yo había juntado tanta basura que me acostaba y se me caía la basura de los costados, y tenía que correrla. Un amigo mío que también se acababa de separar, me dice: “Loco, te subalquilo una pieza”. Y dos o tres amigos me dijeron: “Sí, loco, tomátelas a la mierda de este lugar”. Y ahí cuando me mudé empecé a escribir con un poquito más de orden. Sin saber bien para donde iba pero ya más fino. Y la terminé cuando me vine acá a Buenos Aires, que ya estaba viviendo solo.
 

–¿Tardaste tres años en escribir el libro?
–Cuatro años en total. Fue así. La clave la encontré con una versión vieja, con la versión que tuve a los tres años. Porque a los tres años medio encuentro la hilación de la historia, pero estaba muy mal contada. Llegué a un primer orden, la mandé a un concurso que había en Página 12, no pasó nada. Estaba mal escrita. Yo sabía que no estaba bien cerrada. Y entonces dije: bueno, la corrijo en enero de ese año. Y en enero no me alcanzó. La empecé a reescribir, y la reescribí hasta agosto. Iba viendo qué concursos había, me había puesto fechas. Todos los concursos de novela te piden 150 páginas, y de novela breve te piden hasta 90, y yo tenía 138, y no podía entrar en casi ninguno. Y lo terminé mandando a dos. Lo terminé ponele en agosto, le pegué dos semanas de corrección, y la mandé, al Herralde, y al (concurso Juan) Rulfo. Lo mandé al Rulfo y lo mandé al Herralde, pero porque eran los que me permitía la extensión. Y a los dos meses me vino el mail de Herralde.
 

El elogio que recibió su trabajo de un editor español al que respetaba, la edición de su primer libro por Anagrama, el reconocimiento de la crítica y de otros escritores como Ricardo Piglia y Rodolfo Fogwill, lo reconciliaron con ese proceso de demolición que lo había llevado a escribir Bajo este sol tremendo, aunque siempre deja claro que se “cagó de odio” escribiéndolo.
 

—Ponele lo peor: que no me salga más nada, y yo el año que viene estoy pidiendo plata en la calle, cosa que tengo miedo sincero de que me toque. ¿Viste Rambo, cuando lo agarran y el tipo es un sucio, un fusilado y qué se yo, y lo meten en cana, y sacan el prontuario del loco, y dicen: “Pero mirá, este es un boina verde, tiene la medalla de honor del congreso”? Yo digo: bueno, me van a encontrar todo cagado, meado arriba, pidiendo plata, y van a decir: “Che, vos sabés que este escribió un librazo”. En ese sentido estoy hecho. En una cierta cosa estoy hecho: el cambio fue cuántico. Yo ya sé que a eso no me lo saca nadie, a eso lo tengo. Eso estuvo muy bueno. Más allá del pánico que tenga ahora, o qué sé yo, eso es excelente.
 

–¿Estás escribiendo ahora?
–Ah, estuve sufriendo mucho, y sufro, no la paso bien. Todavía. Porque yo sé, hay un momento en que yo te voy a decir: sí sí, ya está definitivamente, pero todavía no está. Hace dos años estoy pensando que me siento a escribir. Y siento que estoy un poquito más encaminado, pero todavía estoy lleno de dudas. Me cuesta mucho escribir, porque me contaminé mucho con todo lo que dijeron de la novela. Es muy placentero…Yo te digo: esto que escribí en una casa, en un barrio en que todo el mundo escucha cuarteto a todo volumen. Ahora está pavimentada mi excasa pero en esa época era calle de tierra. Lo que escribí cuando estaba todo mal, en medio de la desesperación y la soledad… Entonces yo, que sé cómo la escribí, que sé la vacilación, el desoriente, la nada que tenía en la cabeza cuando la estaba escribiendo, que de repente te agarren y te digan: “Noo, acá hablan de una manera original de la dictadura…”. Y no loco, yo no quería hablar una mierda, puse eso porque me pareció que era iluminador y siniestro, y porque hay tipos que secuestraron gente en la dictadura y después tenían una empresa de secuestros, pero yo no quería explicar un orto. Entonces de repente, recién ahora me estoy librando de pensar la cosa en esos términos, viste. Y de vuelta decir: bueno, busquemos qué era. Yo tengo un malestar adentro que no lo termino de definir, y digo, bueno, voy a ir por ese malestar, lo voy a sacar y lo voy a poner ahí. Esa es la única confianza que tengo.

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