El secreto de los cátaros

Enigmas. Una secta, cristiana y francesa exterminada por sus historias ocultas. Un extraño gesto de misericordia por un cambio de fe. Un relato desde el lugar de los sucesos
11 de septiembre 2015 · 07:00hs
Gustavo Fernández / Especial para UNO
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Los caminos del Langedoc-Rousillón francés son maravillas sinuosas entre montes y bosques. Fueron jornadas donde la Historia casi me sepulta: Carcassone, Rennes-le-Chateau y ahora, hacia Montségur. El castillo en la alta peña, casi inaccesible, refugio de los cátaros, donde los nazis buscaron afanosa e inútilmente el Santo Grial. 

A mi lado mi mujer, Mariela, se extasiaba ante el paisaje, esos villorrios de casitas de dos plantas y techos rojizos que salpican aquí y allá el paisaje, mientras hablaba sin parar con Maricarmen, la señora de mi amigo el escritor catalán José Luis Giménez, quien no apartaba su mirada de los mandos del auto en caminos harto conocidos por él. 

Yo, estirando el cuello, clavaba la vista en el horizonte, recortado entre montañas, anhelando el momento que apareciera el mágico castillo. Montségur, cantado por bardos y trovadores, respetado por los Templarios, tan legendario como el Camelot del rey Arturo…

16 de marzo de 1214. Es apenas el día siguiente al equinoccio de primavera cuando 245 “cátaros” bajan cantando del castillo de Montségur, en el Languedoc francés, donde durante meses resistieron el asedio de las tropas mercenarias enviadas por la Iglesia de Roma y el Rey de Francia, el que sería llamado alguna vez como “San Luis”. 

Cantando caminaron cuesta abajo el empinadísimo camino y cantando, tomados de la mano, aceptaron su destino: ser empujados, atados de a tres, de a cuatro, dentro de un gigantesco foso rodeado por una empalizada donde hacía horas ardía una monstruosa fogata. Quemados vivos, así comenzó el principio del fin para la “herejía cátara”, en lo que hoy todavía se llama “Prat des Cremats” (“Campo de los Quemados”), en provenzal. 

Un fin que se extendería hasta 1256, en que cae su último refugio en tierra hoy francesa, el castillo de Quéribus. 

En el interín, persecuciones en masa, decapitaciones masivas (sólo en Bèziers, las tropas al mando del sanguinario Simón de Montfort masacraron a 20.000 habitantes, mucho de ellos que sin ser cátaros se habían negado a traicionar a sus vecinos, respondiendo la orden del representante papal, Arnaud Amaury, quien ante la consulta de Montfort respecto de cómo reconocerían a los herejes de quienes no lo eran, respondió aquella célebre frase: “Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos”.

Pero, ¿quiénes eran los cátaros?

Está instalada la idea de que eran llamados así por la palabra “qatarí”, en griego, que significa “puros”. Ellos simplemente se llamaban a sí mismos, cristianos. Y el resto del pueblo, cálidamente, los llamaba “les bones hommes” (“los hombres buenos”). 

También conocidos como “albigenses”, erróneamente interpretado esto por considerarse que su fuerte era la ciudad de Albi (lo que no es verdad; allí eran pocos y, de hecho, muchos nativos de Albi no tuvieron inconveniente en conchabarse como cruzados en su contra por una buena paga); al parecer el término se les empleaba en un juego de palabras con la pureza (“alba”: blancura, sinónimo de inocencia).

¿Cuál era su credo? Ellos se consideraban herederos de Cristo, pero de un Cristo distinto al Jesucristo aceptado por el Vaticano. Fuertemente dualistas, consideraban que Dios, siendo puro Amor, no podía haber creado este mundo donde impera la maldad. Por consiguiente, el mundo debió haber sido creado por el Diablo. Toda creación material, nosotros mismos por caso, compartimos ese grado de maldad, por lo que Cristo no podía haber nacido de mujer, ni vivido como hombre, porque esa sola condición lo habría hecho impuro. En consecuencia, ellos sostenían que Cristo, el verdadero, era una manifestación exclusivamente espiritual y divina, y que las historias sobre la vida de Cristo Jesús eran simples alegorías para ilustrar a las masas. Por lo tanto, cuestionaban la realidad histórica del Nazareno, y así explicaban, por ejemplo, las contradicciones que los mismos textos testamentarios presentaban. 

Además de esto eran pacifistas, vegetarianos (aunque se permitían comer pescado por el hecho de no nacer de una cópula) y totalmente desprendidos de ritos y de posesiones. Andaban por el mundo predicando su doctrina, poniéndose a trabajar por voluntariado con cuanto granjero, artesano, albañil encontraran en su camino solo a cambio de algo de comida y un lugar caliente para pasar la noche. Se distinguían por un hábito azul o negro atado con una cuerda basta a la cintura y un mínimo de sacramentos y liturgias. Solo la imposición de manos para curación y el “consolamentum” a quienes se aproximaban a la muerte.

Su organización era sencilla: los “creyentes”, personas que llevaban una vida normal pero asistían a sus enseñanzas y cuidaban ser solidarios, pacíficos y vegetarianos, y los “Perfectos”, que vivían consagrados al servicio, en castidad y trashumantes.

Todo esto soliviantaba a la Iglesia, porque esa región –con fuertes tendencias independentistas, que se conocía a sí misma como “el país de Oc”, que hablaban y escribían una lengua propia, el occitano, con más afinidad con los reinos del norte de lo que alguna vez sería España que con la entonces paupérrima París, y, sobre todo, desconfiados de la dinastía de los Capeto –que estaba en el poder- justamente ellos, los occitanos, que se sabían herederos de los legendarios visigodos. Y la soliviantaba porque ponía en ridículo el propio afán de posesiones y poder del papado, porque desnudaba a un clero absolutamente ajeno a las cuitas y necesidades del pueblo, solo interesado en disfrutar su posición social y atenazar a los vasallos con impuestos. Pero algo más violentaba a Roma. Los cátaros poseían un secreto. Un secreto que podía hacer colapsar su hegemonía…

Misericordia

Ese secreto era, seguramente, lo que buscaban quienes sitiaron a Montségur. En un extraño gesto de misericordia que no tuvieron en tantos pueblos arrasados, los sitiadores ofrecieron respetar la vida de todos los ocupantes del castillo si renunciaban a su fe y abandonaban la plaza. En otro extraño giro, los sitiados pidieron un plazo, y, aún más raro si cabe, se les dio 15 días de plazo. En el interín, está sobradamente demostrado que dos “perfectos” primero, y días después otros tres, escaparon descolgándose por los peligrosísimos precipicios que rodean al peñasco. Los primeros llevaban –se dice en los reportes del Tribunal de la Inquisición- dos grandes bultos. Los segundos, un atado pequeño, “como del tamaño de un bebé”.

 Algunos han teorizado que podría tratarse de un “tesoro material”, lo cual es un error: de haberlo habido, en bienes materiales esos bultos no podían sumar tanto y, menos aún, valer la vida de quienes decidieron quedarse para que esos pequeños grupos escaparan. Más aún: descolgarse peligrosamente por esos abismos no sería posible con grandes y pesados bultos de riquezas. Seguramente se trataba de otra cosa: para unos, el Grial. Para otros, documentos de lo que entonces se decía “vox pópuli” y aterrorizaba a la iglesia católica: que María Magdalena había sido compañera y amante de Jesús, huido a las Galias y vivido allí, y que la dinastía de los merovingios –derrotados luego por los carolingios, quienes se hicieron con el poder-, los llamados “reyes brujos” por sus dones de curación con las manos, eran descendientes sanguíneos de Jesús…

Sea lo que fuere, llama la atención el plazo pedido y acordado. Quince días, lo que permitió a los cátaros pasar en el castillo el Equinoccio de Primavera que, ese año, cayó el 15 de marzo. Este es unos de los detalles que avalan mi teoría de que el catarismo era algo más que “una herejía cristiana”. Eso, y el propio castillo de Montségur. Hace décadas ya que el famoso ingeniero y matemático Ferdinand Niel demostró que sus muros y esquinas se encuentran perfectamente alineadas con equinoccios, solsticios y los “ortos solares”, es decir, el punto de salida del Sol en cada signo zodiacal.

Es que el catarismo fue la herencia occidental y cristiana de las enseñanzas de Mani, un Iniciador, un maestro espiritual o “avatar” persa quien enseñara esa Dualidad de la que habláramos antes. Discípulo de Zaratustra (o Zoroastro) según la tradición, tomaban al Sol y al fuego como expresiones simbólicas de las fuerzas inteligentes que dominaban los espacios interplanetarios. Mani enseñó a sus discípulos que en esta “guerra cósmica” entre las Fuerzas del Bien y el Mal, tienen papel preponderante los “Logos planetarios”, llamados luego por los griegos “kosmokratores”, fuerzas espirituales inteligentes que son “regentes” de cada astro planetario; en nuestro caso, estaríamos protegidos por un “Logos solar” que encarna en cada ser humano una “chispa de Divinidad”: el Arquetipo Solar. Y Cristo –según entendían los cátaros, herederos del pensamiento “maniqueo”- no habría sido entonces una persona, sino el símbolo de esa “luz interior” que duerme en todos y cada uno de nosotros. Todos tenemos un “Cristo interno”, y está en nosotros, en nuestra conducta y obras, manifestarlo. Aún hoy es para muchos difícil comprender –y mucho más, aceptar- esta doctrina, en tiempos donde el fetichismo religioso y esperar que la salvación venga “de afuera” es dominante (y si no, miren a su alrededor…). Cómo no iba a ser, además de incomprensible, francamente escandaloso para aquellas mentes retrógradas que solo entendían el lenguaje de la fuerza bruta y la satisfacción de los meros deseos materiales que ordenaron el exterminio de “los hombres buenos…”

Cualquier semejanza con la actualidad, aunque sea metafórica, quizás no sea coincidencia.
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