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Diccionario mujer-ferretero, ferretero-mujer y el “pituto” (*) para el estante

El ferretero no hacía bien su trabajo y detentaba su única posibilidad de sentirse superior al resto de los mortales. Supe al instante que no se trataba de una cuestión de género, sino más bien de frustración.

Domingo 16 de Noviembre de 2014

En las ferreterías venden tal variedad de productos y para tan diversos usos, que sus dependientes caen en lo que llamo “el vicio del nombre preciso”. Lo que sigue pasó hace algunos años. Cuando lo cuento como anécdota trato de imprimirle cierto humor aunque en el momento fue bastante frustrante.

Cierta vez buscaba un adminículo de calce para apoyar un estante del mueble de cocina. Acudo a una conocida firma del ramo e inocentemente pido “ese tope que se inserta en el mueble de cocina donde van apoyados los estantes”. El hombre detrás del mostrador bajó la cabeza y me miró por sobre los bordes de los lentes como se mira a una cucaracha. Se quedó en silencio esperando que yo agregase algún otro dato, algún detalle que esclareciera su noble tarea de revolver los cajones buscando la pieza en cuestión. Ante mi cara expectante levantó los hombros y movió las manos dibujando circunferencias en el aire: “Señora (me dijo arrastrando la “s”) si usted no me dice el nombre de la pieza yo no la puedo ayudar” y, atisbando el pinche de los números, llamó por sobre mi cabeza: setenta y sieeeete”. Me dejó pintada.

Me fui humillada. Por un instante pensé que esa falta de habilidad para hacerme entender por el ferretero era una cuestión de género y deseé que algún lingüista hubiese redactado un diccionario “mujer–ferretero” “ferretero-mujer” para facilitar el entendimiento entre “especímenes” y así contribuir a solucionar tantos problemas domésticos.

Sentía temor de volver a entrar a otra ferretería pero, como necesitaba fijar el estante del bajomesada, me aventuré en otro negocio del ramo.

Allí un dependiente muy simpático escuchó atento mi solicitud: “… ese tope que se inserta en …bla, bla, bla… donde van apoyados los estantes…”.

El muchacho me hizo un gesto afirmativo con la cabeza, se fue detrás del mostrador y, en segundos, volvió con una caja llena de “pitutos” de todos los tamaños, grosores y materiales. Allí pude elegir -aún sin saber el nombre del bendito “cosito”- los que me parecieron más acordes a mi necesidad.

¿Cómo se llaman? le pregunté mirando dentro de la caja como si fueran una camada de gatitos recién nacidos. “Soporte”, “tope”, “cosito”, me dijo riéndose.

Supe al instante que no se trataba de una cuestión de género, sino más bien de frustración. Entendí que ese ferretero amargo del local anterior no hacía bien su trabajo y detentaba su única posibilidad de sentirse superior al resto de los mortales tan solo por saber la diferencia precisa entre una brida y una abrazadera.

En cambio, este tipo amable, estaba feliz con su trabajo y disfrutaba al poder satisfacer la necesidad de su clienta. Me estaba vendiendo un producto, me estaba prestando un servicio y me estaba curando el orgullo herido por la módica suma de 5 pesos.

Me fui chocha con mi bolsita, fijé el estante del bajomesada e hice muchas cosas más para mi casa.

Ya pasaron algunos años de este episodio y hoy mi caja de herramientas está completa y rebosante. Debo agradecer al ferretero solidario por estimular mis ganas de seguir con el bricolage, pero también debo dar gracias a ese ferretero “ortiva” que me humilló, porque él incitó mi tozudez y mis ganas de aprender más sobre el tema. A veces me pregunto qué habrá sido de su vida. ¿Seguirá detrás del mostrador de esa “conocida casa del rubro” o habrá encontrado su verdadera vocación? ¿Será feliz?

(*) Término acuñado por Juan Hurting medio hermano de María Marta García Belsunce (Caso Belsunce)

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