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Cuentos que amo de Cortázar

Literatura: Algunos apuntes sobre la obra del escritor, en el marco del año cortazariano. En esta nota, reflexiones sobre cinco cuentos selectos del genial escritor argentino, de cuyo natalicio se cumplieron 100 años

Lunes 03 de Noviembre de 2014

Ferny Kosiak / Colaboración especial para Escenario

 

 

 

Parto del presupuesto de que a un autor que se lo homenajea y recuerda con cariño, se lo ama. En “Fragmentos de un discurso amoroso”, Roland Barthes define el amor como una tautología, “te amo porque te amo”, así “lo que clausura el lenguaje amoroso es aquello mismo que lo ha instituido: la fascinación” y esta también cae en la tautología. Es decir que el amor no se puede explicar, el amor es. Y si destino horas a escribir estas palabras es porque amo a Cortázar. De toda su producción elegí quedarme con sus cuentos. De todos los cuentos seleccioné cinco, porque toda ponencia es acotada y porque son los que dicen muchísimo.
Me da miedo acercarme a “Bestiario”. Más concretamente me da miedo acercarme a la crítica de “Bestiario”, porque cada vez que leo el análisis propuesto por alguien me entero que Delia del cuento “Circe” se transforma en cucaracha o que Clara de “Ómnibus” viaja acompañada por un muerto. Me da miedo porque me pienso estúpido, porque pienso cómo es posible que yo no me haya dado cuenta de ese detalle antes. Suerte que hay gente más inteligente. Siempre hay gente más inteligente.

 

 

 

• De “Bestiario”, yendo contra la crítica literaria que siempre ha elegido a “Casa Tomada” (el cuento que Borges decidiera/permitiera publicar en Anales en 1947) como a uno de los mejores cuentos de la Literatura Argentina, amo la historia de Alina Reyes, la protagonista de “Lejana” que siente en su cuerpo lo que le pasa a una mujer pobre y golpeada de Budapest. En la luna de miel de Alina el abrazo de las dos mujeres se da sobre un puente congelado y sus almas, sus esencias, cambian de cuerpo.
Carlos Dámaso Martínez aventura la teoría del auge del género fantástico como respuesta a lo que se vivía en la “realidad” histórica de ese momento. Por ello, en palabras de Julieta Yelin, los cuentos de “Bestiario” muestran “la idea de pérdida (de identidad, de razón, de humanidad) y de degradación, se manifiesta en los personajes como un acontecimiento natural e inevitable”,  lo “que se quiere contar es inenarrable, imposible, inimaginable y, sin embargo, exige ser narrado”. Así es que, para Yelin, Cortázar utiliza “soportes textuales documentales”. Martín Prieto habla de lo “fantástico realista” en los cuentos de Cortázar (contraponiéndolo al “laboratorio de la imaginación intelectual” de Borges), mencionando cómo la aparición de lo extraño, de lo irreal, se da en un “lenguaje informativo, sobrio, sin brillo verbal ni elementos decorativos” y a veces de un modo “magistralmente sintáctico, porque el pasaje de lo común a lo excepcional ocurre en el estrecho límite de una frase, con el ligero cambio de tiempo o de persona verbal imperceptible en una primera lectura”.
El diario personal de Alina Reyes no llega a abarcar un mes. Las últimas páginas las retoma un narrador que, ya en la segunda oración, informa que Alina se divorciará: claro, Luis María Aráoz de pronto se encuentra casado con una mujer que habla húngaro. Lo económico y breve de lo que habla Prietto se da en el intercambio de los cuerpos de la anónima húngara y la rica Alina Reyes. Hay un abrazo y Cortázar escribe: “A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando.” Entonces ocurre el cambio de los cuerpos en una sola oración: “Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.” ¿Quién es la cansada? ¿Quién es la victoriosa? ¿Seguimos hablando de Alina o las dos mujeres, por instantes son una? Cuando, a continuación, el narrador dice: “Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba” pone en evidencia la imposibilidad de dividir los cuerpos, las esencias, las almas. Y luego se separan y Alina pierde. “El pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables.” ¿Por qué digo que Alina pierde? Podría pensar en que quizás finalmente se libera de su vida aburrida de alta sociedad o podría pensar en que la húngara gana. Rosalba Campra dice que “El intruso es siempre el otro. Si tuviéramos la debilidad de escuchar sus razones ¿no correríamos acaso el riesgo de terminar por cederle totalmente nuestro espacio? ¿No terminaríamos por reconocerlo como uno de nosotros?”. Cortázar, con la misma economía nos recuerda que Alina es la víctima cuando escribe: “Ahora sí gritó.” Todo el horror de la mujer a la que le robaron su cuerpo está en esas tres palabras.

 

 

 

 

• Del libro “La otra orilla”, publicado en 1995 pero con cuentos escritos antes de la publicación de “Bestiario”, amo “El hijo del vampiro”. El cuento breve narra el amor del vampiro Duggu Van y Lady Vanda. La mujer gesta el hijo del vampiro que la consume desde sus entrañas hasta la metamorfosis final en el desenlace del cuento. Más allá de lo atroz de ese amor que, literalmente, consume a la amada, las imposiciones sociales impiden el encuentro entre mujer y monstruo. El narrador se detiene entonces en lo que sentía Duggu Van, al estar separado de su amada: “El amor recrudecía entonces más que el hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad.”
Cortázar pone en tensión la sexualidad del monstruo a partir de las palabras “violaciones” y “erección”. Si bien el cuento elude lo sexual, el escritor deja entrever cómo el vampiro no podía controlar aquello que lo afiebraba, aquello que era más fuerte que el hambre: el deseo. Cortázar es maestro al seleccionar estas dos palabras para englobar toda la sexualidad y también al eliminar a Lady Vanda: el monstruo no hace el duelo de las relaciones entre humanos y vampiros, condenadas a muerte desde el primer beso, al que nos exponen las historias de vampiros del siglo XXI. Evita cualquier rasgo mitológico, se queda con lo mínimo e indispensable del deseo, de la carne y de la sangre.

 

 

 

 

• De “Final del juego” hay tantos que amo pero tengo que elegir uno y me voy a quedar con “La noche boca arriba”. La historia fragmentada e intercalada de los protagonistas se teje con suspenso: hay un paso entre la lucidez y la inconsciencia a través del cual el lector supone que un motociclista sueña con la huida de un moteca y la posterior captura por los aztecas.  El juego narrativo se quiebra al final del cuento: el indígena es quien sueña con ese hombre “con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas.”
Cuando Tzvetan Todorov plantea que “la relación  con el otro no se constituye en una sola dimensión” habla de cómo se vinculan españoles con indígenas americanos. Sin embargo Cortázar pone en evidencia otro tipo de violencia, no se plantea la otredad entre los conquistadores y los conquistados. Acá la extrañeza se genera entre los mismos aborígenes y, a lo sumo, del que duerme con el soñado.
La narración inicia con un epígrafe que sirve de adelanto: “y salían en ciertas épocas a cazar enemigos; le llamaban la guerra florida.” La guerra florida o Xochiyáoyotl fue “un tipo de guerra ritual propio de los pueblos mesoamericanos en los siglos anteriores a la Conquista consistente en el acuerdo entre varias ciudades de organizar combates en los que se capturaban prisioneros de ambos bandos que eran sacrificados ritualmente; con frecuencia, se realizaban en condiciones de sequía extrema”. Cuando el moteca del cuento de Cortázar finalmente es atrapado, es encarcelado en las prisiones aztecas y finalmente sacrificado en las pirámides: “y en lo alto estaba las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte.”
Una historia similar (con una escena prácticamente igual a la citada) ocurre en la película “Apocalypto”, dirigida por Mel Gibson y estrenada en 2006. A partir de este film es que esta realidad entre los aborígenes es masivamente conocida. Según Gibson su historia es sobre los mayas, pero los antropólogos han demostrado las similitudes entre ambas culturas en cuanto al sacrificio de los humanos. El final de “Apocalypto” muestra al perseguido quien, después de lograr eludir a casi todos sus captores, se enfrenta a los últimos dos, quienes dejan de prestarle atención cuando divisan en la playa un barco que se aproxima. La llegada del europeo marca el quiebre, el fin de esa civilización, la admiración por parte de los mayas es inmediata mientras que el protagonista (precavido) vuelve a perderse en la selva junto a su familia.
Ahí, en ese punto posterior, que en el cuento de Cortázar no importa ni sirve a la narración, está el inicio de la otredad. Una de las diferencias está en el planteo del asesinato. Todorov resume la postura de aztecas y españoles llamándolas “sociedades con sacrificio” y “sociedades con matanza”.  Las “sociedades con sacrificio”, los aztecas, eligen al sacrificado siguiendo reglas estrictas: “no se sacrifica a un conciudadano. Los sacrificados provienen de países limítrofes, que hablan el mismo idioma pero tienen un gobierno autónomo. (…) el sacrificio de un valeroso guerrero se aprecia más que el de un hombre cualquiera. (…) este se efectúa en público, y muestra la fuerza del tejido social, su peso en el ser individual.” Por otro lado las “sociedades con matanza” sostienen un acto que “se realiza de preferencia lejos, ahí donde a la ley le cuesta trabajo hacerse respetar (…). Mientras más lejanas y extrañas sean sus víctimas, mejor será: se las extermina sin remordimientos, equiparándolas más o menos con los animales.” El antropólogo Emilio Dussel agrega: “(…) el dominio que los europeos ejercieron sobre el “imaginario” del nativo, conquistado antes por la violencia de las armas es un proceso contradictorio en muchos niveles. Se predica el amor de una religión (el cristianismo) en medio de la conquista irracional y violenta.”

 

 

 

• De “Queremos tanto a Glenda” me quedo con el cuento que le regala el título al libro. En este cuento, publicado en 1980, Cortázar continúa con una tradición que podría remontarse a 1968 con la publicación de “La traición de Rita Hayworth” de Manuel Puig: la diva ícono del cine como excusa para la narrativa.
Daniel Link escribió, en su libro “Clases”, que el logro de Puig es el de haber señalado que el cine constituye el inconsciente del siglo XX, es decir que es el lenguaje del cine el que estructura nuestras mentes y, a partir de allí, Puig realiza una experiencia literaria adecuada a este principio, por lo tanto ve “el universo como una vasta serie de productos industriales”. Desde el título, “La traición de Rita Hayworth”, se inscribe en (o inaugura) una tradición literaria sobre las estrellas de cine como emblemas en la literatura, no como personajes sino como una presencia intangible: siguen siendo lo que son, divas inalcanzables que modifican a los personajes literarios. Por ello en “Queremos tanto a Glenda” un grupo de cinéfilos quiere, no solo admira sino que quiere, a Glenda Garson de tal manera que roba y modifica cada uno de sus films para favorecerla.
En 1996 el chileno Pedro Lemebel publica el cuento “Carta a Liz Taylor” (o esmeraldas egipcias para AZT) donde el escritor le pide a la actriz una de las esmeraldas de la corona de Cleopatra para comprar la droga contra el sida.  En 1998 el catalán Terenci Moix presenta la novela “El día que murió Marilyn”, novela que retrata a un reducido de grupo de jóvenes cuyas historias se resignificarán tras la muerte de Marilyn Monroe. En 2010 el uruguayo Dani Umpi incluye en su libro “La vueltita ridícula” el poema “Geografías”, en la que se detiene en los recorridos de Julia Roberts por Mongolia que vio en un documental.
Los acercamientos son variados y estos que menciono son solamente predilecciones mías. El uso de la diva ícono del cine no se detiene, se renueva y abarca todas las geografías pero siempre es una excusa, es, en palabras de Umberto Eco, un elemento “periférico”: no cuento sobre la vida de esta mujer inalcanzable sino que miro qué es lo que genera ese ícono en la vida de los simples mortales.

 

 

 

• De “Historias de cronopios y de famas” amo “Correos y telecomunicaciones”, donde la familia extraña, que lleva adelante acciones tan raras como apoderarse de la ceremonia de un velorio, construir un patíbulo o dedicarse a posar un tigre, ahora consiguen un trabajo en una oficina postal.
Como cualquier crítica o análisis nunca supera la genialidad de aquello en lo que pone el ojo, me voy a despedir con la simple lectura de este cuento, cargado de imágenes tan breves como descriptivas, casi cinematográficas.
“Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, nos arreglamos para que nombrase a buena parte de la familia en la sucursal de Correos de la calle Serrano. Duró poco, eso sí. De los tres días que estuvimos, dos los pasamos atendiendo al público con una celeridad extraordinaria que nos valió la sorprendida visita de un inspector del Correo Central y un suelto laudatorio en La Razón. Al tercer día estábamos seguros de nuestra popularidad, pues la gente ya venía de otros barrios a despachar su correspondencia y a hacer giros a Purmamarca y a otros lugares igualmente absurdos. Entonces mi tío el mayor dio piedra libre, y la familia empezó a atender con arreglo a sus principios y predilecciones. En la ventanilla de franqueo, mi hermana la segunda obsequiaba un globo de colores a cada comprador de estampillas. La primera en recibir su globo fue una señora gorda que se quedó como clavada, con el globo en la mano y la estampilla de un peso ya humedecida que se le iba enroscando poco a poco en el dedo. Un joven melenudo se negó de plano a recibir su globo, y mi hermana lo amonestó severamente mientras en la cola de la ventanilla empezaban a suscitarse opiniones encontradas. Al lado, varios provincianos empeñados en girar insensatamente parte de sus salarios a los familiares lejanos, recibían con algún asombro vasitos de grapa y de cuando en cuando una empanada de carne, todo esto a cargo de mi padre que además les recitaba a gritos los mejores consejos del viejo Vizcacha. Entre tanto mis hermanos, a cargo de la ventanilla de encomiendas, las untaban con alquitrán y las metían en un balde lleno de plumas. Luego las presentaban al estupefacto expedidor y le hacían notar con cuánta alegría serían recibidos los paquetes así mejorados. «Sin piolín a la vista», decían. «Sin el lacre tan vulgar, y con el nombre del destinatario que parece que va metido debajo del ala de un cisne, fíjese». No todos se mostraban encantados, hay que ser sincero.
Cuando los mirones y la policía invadieron el local, mi madre cerró el acto de la manera más hermosa, haciendo volar sobre el público una multitud de flechitas de colores fabricadas con los formularios de los telegramas, giros y cartas certificadas. Cantamos el himno nacional y nos retiramos en buen orden; vi llorar a una nena que había quedado tercera en la cola de franqueo y sabía que ya era tarde para que le dieran un globo.”
Hasta aquí llega el cuento. Como reflexión final (mencionaré que en el cementerio de Montparnasse, en París, la humilde tumba de Julio Cortázar, cargada de papelitos y con la lápida escrita por visitantes, está cerca de la estatua del ángel Souvenir, Recuerdo en francés, y eso es lo que tenemos que hacer con autores tan amados como Cortázar: RECORDAR.

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