Cualquiera puede fabricar

Las comunidades de makers y hackers están pariendo un futuro horizontal. Con el uso de las tecnologías de fabricación digital se alían a la cultura libre
24 de septiembre 2014 · 08:12hs

Marcela Basch / Especial
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En el pueblo bonaerense de Tres Algarrobos, cerca de General Villegas, todos conocen a Felipe Miranda: es el chico de 11 años que nació con una sola mano. Y que, desde hace cuatro meses, puede pescar recogiendo el riel como los demás, gracias a su mano ortopédica: una prótesis diseñada a medida de sus necesidades.
Fue producida por el emprendedor Rodrigo Pérez Weiss y el estudiante de ingeniería Gino Tubaro en el 3D Lab Fab&Café de Buenos Aires, a un costo mucho menor que lo que pedía la industria, gracias a información que encontraron en internet y a un proceso de fabricación digital.
A la sombra de la expansión globalizada de productos de megafactorías chinas, crece su contracara: la hiperpersonalización del diseño, y la hiperlocalización de la producción. Es consecuencia de los avances tecnológicos, y también del crecimiento de la cultura libre y las comunidades colaborativas.
La tecnología que vino a poner patas para arriba la noción de producción en serie tiene un nombre simpático: impresión 3D. En realidad, es toda una categoría: abarca distintos procesos de creación de objetos, como adición de capas de resina a partir de filamentos, fusión de polvo de metales, o de extrusión. Lo que tienen en común es que todos parten de un archivo digital; de algo intangible se produce algo material. Por eso se usa la metáfora de la impresión, aunque en este caso, lo que se “imprime” sea tridimensional.
“Impresión 3D es un concepto marketinero”, avisa Andrei Vazhnov, autor de Impresión 3D: Cómo va a cambiar al mundo y fundador de la empresa de “impresoras” Trimaker. “Estas tecnologías se usan en la industria aeroespacial desde hace veinte años, pero antes se hablaba de manufactura aditiva o prototipado rápido; el mejor concepto es fabricación digital. Explotó con la expansión de internet, y la convergencia de software, hardware y materiales. Desde los noventa hay un estándar de software, el formato .stl; la estandarización abre la puerta al intercambio. Gracias a internet, millones de personas pueden usar mañana el diseño que vos crees hoy. La revolución del software libre condujo al hardware libre, y los costos bajaron tanto que abrieron muchos mercados. Cuando una impresora costaba 500.000 dólares era solo para usos aeroespaciales; a 3000 dólares la puede comprar un diseñador de joyería”. Desde junio, Trimaker vende sus impresoras desde 30.000 pesos en una cadena de librerías. No es barato, pero tampoco de escala industrial.

 

 

La avanzada de las comunidades

 

Pero la tecnología es solo el instrumentos de una nueva era de intercambios y posibilidades. En torno a ella se articulan las comunidades de makers, o “hacedores”. Son herederos de una tradición de inventores, artesanos, hobbistas y habilidosos; los “MacGyver” capaces de arreglar cualquier cosa con un encendedor, un pedazo de alambre y mucho ingenio (y a veces, en Argentina, sin encendedor).
En resumen, la vieja cultura del Do It Yourself (DIY, “hacelo vos mismo”). Pero los MacGyvers de hoy están potenciados por las posibilidades técnicas y el poder de la colaboración: Do It with Others (DIWO, “hacelo con otros”). Hoy, como nunca antes, gracias a la circulación de conocimiento a costo cero, cualquiera puede tomar un diseño de código abierto de cualquier cosa –vasos, manos ortopédicas, satélites–, hacerle las modificaciones que guste de manera digital y, con una inversión infinitamente menor de lo que implicaría un desarrollo industrial, probar su prototipo.
Los makers trabajan en red, sea físicamente –en espacios conocidos como laboratorios de fabricación digital, fablabs o makerspaces– o (y, en realidad) a través de foros y comunidades online. Lo que los une en esencia no es la tecnología de impresión 3D, sino la libre circulación de conocimiento, archivos y ayuda. Desde hace años, Evelin Heidel, miembro de Fundación Vía Libre, difunde por todo el país y la región el escáner Do It Yourself. Es un aparato artesanal de bajo costo que cualquiera puede desarrollar a partir del foro DIY Scanner, fundado por Daniel Reetz, donde hay tutoriales para hacer desde escaners simples, con cajas de cartón, hasta otros con tecnología láser. El principio es simple: un sostén, que ser de madera, para el libro y para dos cámaras digitales, la parte más costosa del dispositivo. Heidel, con el apoyo de Wikimedia Argentina, instala estos escáneres en bibliotecas, que ganan una herramienta fundamental de preservación y difusión del conocimiento por una inversión de la décima parte de lo que cuesta un escáner industrial. La gracia del escáner DIY es que cada constructor puede adaptarlo a la medida de sus necesidades: aquí otro ejemplo didáctico, preparado para el Colegio Nacional de Buenos Aires.  
Este movimiento es una consecuencia del abaratamiento de los materiales y la libre circulación de información, pero también una reacción al abuso comercial de los grandes centros productores, y un canto a la autonomía. Construir las propias herramientas, repararlas y modificarlas es una forma de libertad. Es dejar de sentirse un cliente pasivo a merced del mercado, pararse como sujeto con poder de decisión (y manos para actuar). Con esa filosofía, la comunidad iFixit (“yo lo arreglo”), originada en el Reino Unido, se postula como la “guía de reparación gratuita para todo, escrita por todos”: un gran repositorio colaborativo de información práctica. Su nombre se burla de los productos Apple, y su imagen icónica es un iPhone (conocido por su “irreparabilidad”) abierto. “Reparar es libertad, es sustentable y crea empleos”, reza su manifiesto.

 

 

 

Digital es compartible

 


Quizás la mayor disrupción de la impresión 3D sea lograr que un elemento único tenga el mismo costo que otro reproducido por miles. Al “imprimirse” desde un archivo, crear un objeto repetido o nuevo lleva el mismo esfuerzo, así como es lo mismo imprimir cinco veces un mismo texto que textos diferentes. La diferencia no está en el trabajo material, sino en el digital, que es justamente el compartible. El sitio Thingiverse (“universo de cosas”) reúne miles de archivos para imprimir todo tipo de objetos, con licencias libres que permiten usarlos, modificarlos y compartirlos.
“La producción se comoditiza y modulariza. ¿Para qué pagar el costo de que un objeto llegue desde Australia si puedo bajarme el archivo e imprimirlo aquí?”, señala Vazhnov. “Y como la escala de reproducción es infinita, los incentivos sociales son tan fuertes que generan miles de posibilidades; la chance de influenciar a la comunidad mundial es tan atractiva que se trabaja gratis”.
Esto hace que los procesos de prototipado, prueba y error se aceleren exponencialmente, y que la personalización se vuelva regla. No compite con la producción masiva, siempre más económica, pero cambia el juego para las piezas únicas, como repuestos, objetos de arte o prótesis. La mano de Felipe Miranda es solo uno de miles de casos de aplicaciones a la medicina y la ortopedia. El mes pasado, médicos chinos anunciaron que reconstruirán el cráneo de un obrero que perdió parte de la estructura de su cabeza en un accidente. Y ya se está experimentando con la impresión de órganos. “Se está yendo de lo más inerte –el hueso– hasta lo más vivo –el corazón–”, detalla Vazhnov. “Ya se ha logrado imprimir una vejiga, que en esencia es una bolsa, y un riñón. El cultivo se hace con tus propias células”.
Cuesta imaginar qué no podría producirse a escala única. Hay un gran debate en torno a las armas, perfectamente imprimibles a partir de archivos online. Puede imprimirse casi todo tipo de máquina, incluso una impresora 3D, como la Reprap, de código abierto. Todavía no se imprime lo electrónico, pero ya existen plataformas de hardware libre como Arduino y Raspberry Pi, microcomputadoras desde 300 pesos que pueden integrarse a cualquier herramienta. Así, el diseño y la producción se horizontalizan y democratizan hasta límites imposibles de prever. MacGyver hubiera sido muy feliz en estos días.

 

 

 

Club de hacedores

 


El primer fablab surgió en el Centro de Bits y Átomos (CBA) del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) en 2000. Hoy su modelo se expande por el mundo; el MIT tiene registrados 375, tres en Argentina. Pero en realidad hay muchos más, y cada semana brota uno nuevo. Son todos distintos; suelen reunir herramientas de fabricación digital, como impresoras 3D y cortadoras láser, con otras analógicas como taladros, elementos de robótica como Arduino, materiales artísticos y software libre.
En Buenos Aires, el CMD Lab, en el Centro Metropolitano de Diseño, ofrece membresías y da cursos ¡gratuitos! sobre las nuevas herramientas. Entre los privados están Garage Lab, El Reactor y el 3D Lab-fab Café, responsable de la nueva mano de Felipe. El más nuevito es NETI (No Está Todo Inventado), que desde el sábado 13 abre todos los fines de semana, orientado a la producción de prototipos. El próximo sábado 20 será su tercera Netiatón, o maratón de trabajo colaborativo, en busca de soluciones para ciudades inteligentes.
Hay más: la Universidad Nacional de Lanús armó el MingaLab. con una orientación procultura libre y autogestión, en la Biblioteca Popular de Barracas funciona el HackLab de software y hardware libre. En Mar del Plata está Mateslab Hackerspace; Patoruzú Labs planea una red de makerspaces de Jujuy a Santa Cruz, con una primera experiencia en Córdoba. Es difícil seguirle el paso a esta movida; un listado de espacios aquí.
La novedad de este año son los talleres para chicos de juego, arte y tecnología. El colectivo Wazzabi abrió hace un mes su Liga de Inventores y Desinventores. Smart Kids Lab invita a trabajar de manera colaborativa para mejorar sus ciudades. Y la gente de la cooperativa El Banquito da talleres itinerantes por el país.
Cada día surgen nuevas propuestas. La era de la colaboración pone en manos de cualquiera -de todos- la posibilidad de un eureka que cambie las vidas de millones.

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