La Provincia
Domingo 10 de Abril de 2016

Oler, tocar, mirar y explorar para sentir a la ciencia

Día de la ciencia y la técnica. El desafío del avance científico para el desarrollo social. Dificultades en la formación docente, en las aulas y en la sociedad para percibir qué es y para qué sirve

Daniel Caraffini / De la Redacción de UNO
dcaraffini@uno.com.ar


En los últimos años, la divulgación científica ha crecido en niños y jóvenes. Clubes de ciencias, ferias, actividades escolares específicas, han contribuido en ese lento proceso de acercar el conocimiento a chicos y jóvenes. Más allá de esos pasos, en el camino del necesario desarrollo científico de una sociedad hay muchas más acciones pendientes, significativas y estructurales, para que el saber interese a los estudiantes, y los anime a seguir nuevos estudios o carreras científicas, técnicas o tecnológicas. 

En la materia, el Museo Interactivo Puerto Ciencia de Paraná es un referente nacional e internacional en divulgación y enseñanza. Este año cumplirá 20 años de existencia.

Al conmemorarse hoy el Día de la Ciencia y la Técnica –en homenaje al argentino Bernardo Houssay, Premio Nobel en Fisiología y Medicina en 1947–, UNO entrevistó al ingeniero César Osella, director del Museo y exdecano de la Facultad de Ingeniería de la UNER.

Para el profesional, los niños de hoy tienen excesivos estímulos virtuales, pero sin embargo se nota “la necesidad de tocar, oler, mirar, sentir, jugar, investigar”, claves para que a través de la experiencia, los chicos asimilen y aprendan nuevos conocimientos.

En ese marco, trazó como un aspecto clave la falencia en la formación docente, sobre ciencias. Un estudio realizado en el marco de un proyecto de investigación local recientemente concluido, sostiene que “no hay una percepción homogénea de lo que es la ciencia”, o peor aún, no se sabe lo que es la ciencia, cómo se hace ciencia, quiénes la hacen, qué resultados da o para qué se hace. Así, se sitúa dentro de las ciencias, a las Exactas o Naturales, sin considerar saber científico a otras disciplinas, como las Sociales. 

En relación a la enseñanza, planteó que cuando un estudiante puede tocar con sus manos, sentir con su olfato, escuchar con sus oídos las cosas, “y es parte y protagonista de una experiencia, ese saber queda guardado en su memoria. Si el estudiante ve que el docente pone una fórmula en el pizarrón y nada más, las probabilidades que eso se borre son muy altas”.

Y tras analizar la realidad de la ciencia según los contextos y hegemonías políticas de cada época, y remarcar que la ciencia “no es inocente, ni ingenua ni aséptica”, puso énfasis en que los países que han desarrollado mucha ciencia “tienen un buen pasar y un buen producto interno y desarrollo social adecuado. Tenemos que entender que el desarrollo científico trae aparejado una mejora del desarrollo social”. 

—En este proceso de 20 años del Museo Puerto Ciencia, ¿qué se observa la relación de los chicos con la ciencia, según cómo han cambiado los tiempos?
—Los jóvenes y los niños de 20 años atrás no son muy parecidos a los de ahora. Desde mi punto de vista tiene que ver con el tipo de estímulos que tenían los de antes y los de ahora. Lo que si encontramos en todos, que es constante, la actitud de explorar, que se trae de la cuna. Todos los niños, desde siempre, tienen la necesidad de explorar e investigar, y son pasibles de ser seducidos por algo que les intriga. Lo que hay de distinto son las clases de estímulos de hoy, diferentes a los de años atrás. Esto no es bueno ni malo, pero tiene distintas connotaciones. Creemos que como los estímulos de tipo virtual han sido muy profusos en los últimos tiempos, se nota una sed, una necesidad, de encontrar otros estímulos, como los que ofrece Puerto Ciencia: tocar, oler, mirar, sentir, agarrarse de la mano, jugar, creo que esa otra faceta que vemos, para Puerto Ciencia es interesante y la advertimos con mucho más énfasis.

Con respecto a la ciencia, los chicos no tienen una idea acabada de lo que es el quehacer científico. Lo que en general los jóvenes perciben alrededor de la ciencia, está de la mano de la experiencia escolar que hayan tenido. Nosotros acabamos de hacer un proyecto de investigación que nos llevó tres años, donde intentamos investigar sobre un universo recortado del sistema educativo provincial, cuál era la percepción que tenían de la ciencia. En particular se centró en dos tipos de informantes: por un lado los estudiantes del 1º año de Institutos del Profesorado, los futuros profesores, y los profesores de esos estudiantes. Incluyó a toda la provincia, y la verdad es que hay una coherencia entre lo que rescatamos de unos y de otros: la disparidad y heterogeneidad de criterios, concepción y definiciones alrededor de la ciencia, es muy grande. No sobre la ciencia en particular, sobre cómo está compuesta una molécula, sino qué es la ciencia, cómo se lleva a cabo. Uno podría empezar a concluir que no hay un discurso, una percepción, una imagen homogénea o centrada en la realidad sobre la ciencia, y sobre la ciencia en Entre Ríos. Porque también nos interesaba saber qué se sabe sobre la producción científica en Entre Ríos, y te puedo asegurar que la disparidad es enorme y aparecen hasta cosas jocosas, sin faltar el respeto, pero sorprenden en algunos casos.

—¿Qué sería lo más aconsejable en el proceso de aprendizaje de las ciencias, en las aulas?
—Debería haber una caracterización epistemológica de qué es la ciencia, cómo se hace ciencia, quiénes la hacen, qué resultados da y para qué la hacemos. Eso es una de nuestras conclusiones y humildemente queríamos sugerir, un poco como aporte de la investigación, la idea de que en los institutos de formación quizás habría que incorporar algún contenido transversal a todas las materias, contenido no explícito sino implícito en el discurso de cada profesor, para tratar de ir convergiendo hacia una imagen al menos realista: tal instituto investiga tal cosa; acá hay una necesidad de estudiar las crecidas en el norte entrerriano o de los ajos en Villaguay, nadie lo ha estudiado y es un problema científico e ir instalando poco a poco en nuestra población. Eso es lo que ayuda a tener una percepción de lo que esperamos de la ciencia y cómo la ciencia nos puede ayudar.

—Entonces el problema no es de los chicos, sino de los adultos.
—No diría que es un problema, es una realidad. Es un devenir que ha ocurrido, pero creo somos capaces de revertir, si la sociedad se propone uniformar esta visión realista de la ciencia, podemos a futuro pensar que nuestros jóvenes van a tener una idea clara al respecto, y no ideas tan disímiles y opuestas.

—Hay realidades distintas, como en las escuelas rurales, agrotécnicas, en que el conocimiento científico es más factible, trabajado, desarrollado, que en las escuelas urbanas. 
—Sí, entiendo. Pero voy a lo conceptual. En principio, para algunos de nuestros encuestados, la ciencia es la que hacen los biólogos y físicos. Es como que no existen las Ciencias Sociales, no lo tienen representado, no lo tienen incorporado. Los problemas sociales como problemas en sí no son objeto de estudio de las ciencias, para algunos de ellos. Es necesario tener una concepción bien clara y compartida respecto de qué es la ciencia, para qué nos sirve, cómo se enseña, quién la practica, dónde, cómo es la historia de lo que ha pasado en Entre Ríos. Eso ayudaría mucho; nosotros en el Museo hacemos actividades en las que queremos acercar las ciencias a nuestros jóvenes, y tal vez cobrarían más sentido o serían más significativas para ellos.

—En este tiempo se puede percibir que haya más chicos interesados en las ciencias? Digo por situaciones conexas, como la realidad de las carreras de Ingeniería en el año 2000, y el interés y demanda actual, que es diametralmente otra.
—Yo diría que a largo de 20 años, cuando el Museo recién comenzó, éramos los únicos o muy poquitos los que estaban dedicados a la divulgación de la ciencia. Vemos que hoy en día hay muchos otros emergentes, referentes también, que llevan la bandera de la divulgación de la ciencia. Los clubes de ciencias, por ejemplo. Nosotros diseñamos un museo fijo y uno itinerante, para la ciudad de Concordia y departamentos de la zona norte: ellos comenzaron a trabajar de la misma forma que lo hicimos nosotros y tienen una llegada a los pueblos, aún más interesante. En Gualeguaychú, un Instituto de Formación Docente nos pidió que le enviemos módulos (experimentos diseñados). Es decir, por un lado, hay más actividades concretas que se transforman en acciones de divulgación de la ciencia, como se inició Puerto Ciencia hace 20 años, y eso es una población mayor. Eso nos hace suponer que entonces, la presencia del discurso científico está mucho más evidente que hace 20 años. Nosotros para ser honestos, no hemos hecho un relevamiento de toda la población, para saber si hay más interés; pero vemos que hay una tasa creciente de estudiantes que vienen a las actividades que hacemos. Incorporamos matices al Museo como fundir el arte con la ciencia, trabajar en teatro científico, trabajar en actividades lúdicas que acerquen mucho más y hagan más simpáticas a las ciencias. Entonces creemos que todo eso conforma una mejora en esa percepción de la ciencia.

—Teniendo en cuenta esa mirada macro del proceso de aprendizaje, y la situación investigada en la docencia, ¿qué se puede recomendar acerca de cómo enseñar las ciencias a los chicos?
—Tenemos una bandera que es muy compartida por otras instituciones a nivel internacional, que es la interactividad, la sostenemos como estrategia pedagógica. Estamos convencidos que cuando un estudiante puede tocar con sus manos, sentir con su olfato, escuchar con sus oídos las cosas, y es parte y protagonista de una experiencia, ese saber queda verdaderamente guardado en su memoria, en forma indefinida. Es una experiencia muy vívida que no se olvidará así nomás. Si el estudiante ve que el docente pone una fórmula en el pizarrón y nada más, las probabilidades que eso se borre son muy altas. Recomendaríamos que no solo las Ciencias Exactas o Naturales, sino todas las ciencias como Sociología, los aspectos de convivencia, de la civilidad, trabajen desde una perspectiva más protagonista del estudiante, que sea más interactivo y no pasivo. Eso está demostrado en muchas teorías pedagógicas. ¿Por qué no lo hacen los docentes?

—Seguramente múltiples factores, por ejemplo, falta de laboratorios.
—En algunos casos hubo inversiones enormes en laboratorios para escuelas de la provincia. Pero la verdad que la cultura del profesor es ‘y si se rompe, quién lo paga’; o ‘si se rompe cuando están experimentando o si me lo roban’? Entonces hay una actitud protectora de esos laboratorios, y los equipos están perfectamente guardados. Pero no sirven. Esa es la realidad que vemos en muchos casos. O bien, hay algunos muy caros. Por eso cuando empezamos hace 20 años, iniciamos esta idea de desarrollar por parte de los profesores, material didáctico de bajo costo. Cuando el docente ayudado con sus estudiantes, fabrica materiales didácticos para experimentar, la verdad es que el aprendizaje se hace muy significativo. Cuando hemos dado cursos de capacitación a los docentes, realmente han sido muy bienvenidos y participados, hay que insistir. Las transformaciones en la educación no son una nota o flash de un día, sino que son procesos como un árbol, va creciendo. Y hay que ser constantes, coherentes con el tiempo, y eso creo da sus frutos con el tiempo. No se puede atar el éxito pedagógico a una gestión política, cuando las cosas se trabajan en un plazo tan corto. Cuando hay un proyecto a largo plazo como este del Puerto Ciencia, que es incorporar las ciencias dentro del quehacer estudiantil, poco a poco se van viendo los resultados.

—¿Cómo incide la realidad en la percepción de la ciencia por parte de los docentes, de los chicos y de la familia? Tal vez en los últimos años mejoró, pero 20 años atrás estimo, estaba casi invisibilizada.
—Es una definición política. La ciencia no es inocente, ni ingenua ni aséptica. La ciencia tiene un objetivo, un fin y medios, y forma parte de un comercio, de productos, y genera productos y cultura. Entonces a veces ocurre que cómo son las líneas gobernantes y hegemónicas en cada situación, se percibe a la ciencia de una forma u otra, más allá de lo que los ciudadanos queramos decir o pensamos. Hubo una época, como la década del 90, en que el concepto era usar y tirar; las cosas se compraban afuera y se usaban acá dentro del país, y no hacía falta ciencia para desarrollar nada, porque la ciencia estaba desarrollada en otros países. Ese era un concepto hegemónico en ese momento, del cual nosotros renegábamos profundamente, pero no niego que esa era la línea que se intuía desde la línea de poder. Eso nos llevó a que la sociedad no privilegiara a la ciencia; hubo un ministro de Economía (Domingo Cavallo) que lo mandó a los científicos a lavar los platos. Esos son mensajes que se van dando tanto desde el poder, como hacia la propia sociedad. Está en nosotros resistir, levantar nuestra bandera y poco a poco generar nuestros espacios. Creo que poco a poco, en los últimos años, se ha ido tomando conciencia de la necesidad de que un país desarrolle su propia ciencia. Y hay una cosa que es característica: es cierto que los países que han desarrollado mucha ciencia, tienen un buen pasar y un buen producto interno y desarrollo social adecuado. Pero también es cierto que hay países que tienen mucho PBI y no tienen ciencia, como el caso de los países petroleros. Tenemos que entender que hay una realidad entre el desarrollo científico y el desarrollo social; una cosa trae a la otra. Al revés puede ser que no exista, pero es cierto que el desarrollo científico traerá aparejado una mejora del desarrollo social. Y por eso lo debemos hacer. Pero también hay otra cuestión: creemos que es necesario instalar una cultura del ciudadano inteligente, capaz de tomar decisiones. Y uno puede tomar decisiones cuando conoce, sabe, cuando está viendo cuando le venden un celular, reconocer riesgos, servicios, prestaciones que le están dando; o cuando van a instalar una represa o van a adoptar un sistema de recolección de residuos. Uno tiene capacidad de pensar en la medida que conoce; por eso creemos que el conocimiento científico no es solo para los estudiantes, sino para la civilidad. Y un ciudadano inteligente es capaz de elegir a sus gobernantes.

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Fecha

En conmemoración del nacimiento de Bernardo Alberto Houssay, se instituyó el 10 de abril como el Día de la Ciencia y la Técnica en el país. 

Houssay fue el primer científico argentino y latinoamericano distinguido con el Premio Nobel. La Academia Nacional de Ciencias de Suecia lo galardonó en Fisiología y Medicina, por su descubrimiento acerca del rol de la hipófisis (glándula endocrina situada en el cerebro) en el metabolismo de los carbohidratos, y su relación con la diabetes, en 1947.

Graduado de médico con Diploma de Honor en la Universidad de Buenos Aires, fue uno de los impulsores de la creación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), que presidió hasta su muerte. 

Además, creó el Instituto Experimental de Biología y Medicina, y cofundó la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias.


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Unos 8.000 chicos por año en el Puerto Ciencia

El museo ubicado en uno de los galpones de la estación del ferrocarril de Paraná está incluido en los viajes educativos que realizan estudiantes del interior entrerriano y también de la provincia de Santa Fe.

Por estos días, sus responsables están realizando cambios, en la concepción temática para la distribución de los 35 módulos expuestos en los casi 400 metros cuadrados de superficie. A partir de este mes comenzarán a recibir a las delegaciones escolares.

“Hasta hace unos años, definíamos los espacios internos de acuerdo a los principios  de la Física, Matemáticas, Química, Ilusiones Ópticas, Botánica. Pero en realidad nos dimos cuenta que cuando una persona camina, no piensa en Matemáticas, sino en problemas: ve el semáforo y allí hay una problemática matemática de los tiempos; una problemática social de los chicos que necesitan estar acompañados. Por eso creemos estamos en una etapa de redefinición, de armar áreas según lo que nos pasa. Entonces habrá salas con cosas para descubrir; otra para poner los sentidos a la vista, el olfato; otra con cosas de la naturaleza. Es decir, no se dividirá por disciplinas, sino por cosas que ocurren”, explicó Osella. 

Este año, a los módulos que demuestran leyes físicas y matemáticas, de fluidos, óptica, sonido, electricidad, mecánica y hasta dispositivos solares, se le añadió un taller denominado “fábrica de papel”, que permite a los chicos reciclar papeles con sus manos, dibujar, adornar; y la continuidad de la presentación de una obra de teatro científico.

“Hoy se desaconsejan los museos de amplios espacios; no deben ser de una superficie mayor a los 1.500 o 2.000 metros cuadrados, porque no pueden ser recorridos adecuadamente. El éxito de un museo es que una persona venga, y que vuelva, porque eso quiere decir que la gente viene y se va con más dudas, que vio algo que lo dejó pensando”, reflexionó Agustín Carpio, exdirector y fundador del Museo.

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