Campo
Domingo 06 de Diciembre de 2015

El pueblo que se resiste a ser fantasma por un antiguo mito

Tezanos Pinto está ubicada a 17 kilómetros de Paraná. Lleva el nombre de una familia que vivió allí hace más de 150 años en una casona de la que hoy solo quedan escombros. Sostienen que en la casa ocurren fenómenos paranormales.

En diciembre de 2015 UNO publicó una crónica en donde se cuenta la realidad de Tezanos Pinto. Desde el emprendimiento productivo, los jóvenes del pueblo y la historia de la casona.


Lucila Tosolino / De la Redacción de UNO
ltosolino@uno.com.ar




Es un día de diciembre. El sol brilla en lo alto justo a las 10 de la mañana, claro y brillante, el cielo es amplio y azul, a lo lejos flota una tenue neblina, de manera que el tierno viento mece los altos árboles con paciencia, sin prisa. En el pueblo de Tezanos Pinto, una localidad rural ubicada a unos 17 kilómetros al sur de Paraná, prácticamente no pasa nada, permanece tranquilo, durmiendo.


No hay asfalto, el camino es de broza y por el cual brotan un montón de piedras de tamaño medio -incluso grande- que hacen vibrar como licuadora los vehículos que circulan por el lugar, que en total son dos durante toda la mañana. Se trata de una pequeña localidad rural en la que viven unas 80 personas en el pueblo y unas 300 en todo el radio. Para acceder solo hay una forma de hacerlo: en automóvil. A pie, en bicicleta o en moto puede resultar complejo, riesgoso. Mientras que el último colectivo que se atrevió a pasar fue exactamente hace 19 años y, respecto al tren, éste abandonó los rieles en abril pasado.


“Tiene sus ventajas y desventajas vivir en un pueblo chiquito. Lo bueno es que es tranquilo y seguro, pero lo malo que es que no tiene muchas cosas. Solo hay una escuela Primaria, una gruta, un almacén familiar, una escobería y un centro de salud que funciona a menudo. Pero lo más importante es que no hay traslado para salir de este lugar”, cuenta a UNO Jesica Dittrich, una joven de 19 años que nació en Tezanos Pinto.



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La vida en un pueblo



Las fachadas de las casas son, salvo pocas excepciones coloniales, simples. Una vivienda de paredes de ladrillos pintados de blanco, rejas de hierro negras, ventanales con cortinas impolutas y puerta de aluminio es en donde vive Jesica con su familia. Su madre, Nora Villagra, recibe a UNO y asegura que siempre es tranquilo el pueblo. Dentro del acogedor hogar se puede escuchar a los pájaros cantar y al viento soplar, un gusto que no se puede permitir cuando se vive en la vorágine de una ciudad contaminada de autos y atiborrada de personas.


Los Dittrich siempre vivieron en Tezanos Pinto. Jesica y su hermano Facundo, de 17 años, nacieron en esta localidad al igual que sus padres, Nora y Darío, y los progenitores de estos.



En este lugar todos se conocen, son amigos, aunque quien no tuvo la posibilidad de compartir una infancia con alguien de su misma edad fue Jesica. “En el pueblo hay muy pocos jóvenes, la mayoría de las personas son personas mayores de edad. Me pasa que soy la única chica de mi edad y cuando era pequeña, tenía que jugar con los varones o sola porque no había nenas que sean o uno o dos años más que yo o uno o dos años menor. Así que no tenía con quién jugar a las muñecas por ejemplo”, detalla la joven de 19 años que cursó la Primaria en la escuela Nº 30 Francisco Arias Montiel, institución de Tezanos Pinto, la Secundaria en la escuela Nº 69 Juan XXIII, establecimiento de Villa Fontana y este año empezó a estudiar en Paraná la licenciatura en Comunicación Social en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos.



“Así que me pasé la infancia jugando con los varones a la pelota o sola. Recién cuando llegué a la Secundaria en Villa Fontana, conocí a mi mejor amiga que es de Gobernador Etchevehere, por lo tanto para visitarla tengo que hacer 10 kilómetros”, relata Jesica y bromea: “Así que siempre que me quiero juntar con ella una tarde a tomar mates tengo que hacer 10 kilómetros y para eso necesito que mis padres me lleven porque no hay otro medio de transporte”.



Nora interrumpe el diálogo y de forma prácticamente automática dice: “Es una forma de vida totalmente diferente. Si bien es tranquilo y seguro vivir acá, uno tiene que tomar muchos recaudos. Las compras se hacen en Oro Verde o Paraná y son para todo el mes. Como no hay ni carnicería o panadería y solo una despensa familiar, hay que tener reservas”. En ese momento, madre e hija se ríen y piensan en las numerosas veces que se quedaron sin provisiones. “Nos pasó muchas veces que nos quedamos si ‘reservas’. Incluso una vez me pasó quedarme sin tinta en la impresora justo antes de tener que entregar un trabajo práctico para la facultad”.



Jesica continúa su relato sobre la universidad, cuenta que varias veces tuvo que explicar de dónde es y que le resultó shockeante tener que pasar de compartir un aula con siete personas a más de 40 o 50. “Tanto en Primaria como en Secundaria éramos ocho estudiantes en mi curso y unos 30 alumnos en total en cada escuela. Realmente éramos muy pocos, pero por suerte la mayoría terminamos juntos y pudimos hacer un viaje de fin de curso y la recepción. Hoy, la mayoría de mis compañeros se fueron del pueblo a estudiar o trabajar a otro lado, solo quedé yo y unos más”, expresa la jovencita.



Nora indica que en la actualidad, el total de los alumnos que cursan la Primaria en Tezanos Pinto o la Secundaria en Villa Fontana son menos: “Hoy serán unos 12 alumnos en total. Bajó muchísimo la cantidad de chicos que van a la escuela por acá, incluso en un momento quisieron sacar el jardín porque ya no iba nadie”.




Jesica y Nora.



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Las calles y el traslado




Cuando era chiquita, Jesica ya sabía que quería dedicarse al periodismo. Ella explica que fue un docente de la Secundaria quien la incitó a estudiar Comunicación Social debido a lo amplia que es la carrera. “Me gusta muchísimo la carrera, este primer año me fue muy bien, pero es complicado ir a cursar ya que para hacerlo tengo que pedirle a mis padres que me lleven hasta Oro Verde y de ahí tomarme un colectivo a Paraná”, relata la joven e insiste que los siete kilómetros que separan a su pueblo de la llamada ciudad universitaria son muy complejos de recorrer. “Es difícil circular por acá, no tenemos un buen camino, es de broza y los días que llueve se sale como se puede”, asegura la estudiante.



Nora explica que el último colectivo que entró a Tezanos Pinto fue hace 19 años. “El 1º de diciembre de 1996, cuando Jesica era una bebé, fue el último colectivo que pasó por acá. Era de la empresa Ciudad de Crespo y la excusa por la que dejó de venir fue por el tema del camino, supuestamente cuando asfalten el pueblo va a volver el colectivo. Mientras, seguimos esperando”, manifiesta la mujer t agrega indignada que su pueblo nunca estuvo asfaltado.



Cuando uno viaja desde Oro Verde hasta esta localidad rural, en un tramo del camino de broza se topa con un cartel negro con letras amarillas y naranjas que dice: “Todos los días, una obra más”. Este slogan, del gobierno de los Kirchner, parece ser una “tomada de pelo” para los vecinos del lugar, ya que hace más de 10 años junta telarañas y polvo mientras los autos vibran al circular por al lado. “Ese cartel tiene mucho tiempo. Supuestamente iban a asfaltar todo Tezanos Pinto, Villa Fontana, Gobernador Etchevehere y otros pueblos de la zona, pero nunca se hizo. Los fondos, en teoría, vienen de la Nación, pero nunca llegan y en Internet figura que tenemos camino de asfalto, pero no es así”, asegura Nora, quien fue secretaria de la Junta de Gobierno de su pueblo y renunció luego de dos años en su cargo.



“Asumí como secretaria en las elecciones de 2011, cuando ganó el Frente para la Victoria en el pueblo, fue la única vez que triunfó el peronismo acá, siempre lo hizo el radicalismo como ahora que triunfó Macri”, explica Villagra y detalla que en las elecciones generales de 2011, en el padrón estaban habilitados para votar 144 personas, mientras que este año solo 130.



Volviendo al tema del camino de broza y el transporte, la mamá de Jesica relata un recuerdo que conserva como nuevo: “Mi padre siempre vivió en Tezanos Pinto y no llegó a ver el pueblo asfaltado. Él me contó que cuando era chiquito le dijeron que iba a haber calle de cemento en el pueblo y se emocionó tanto con su padre que le compraron herraduras al caballo que usaban para el sulky”. Más de 80 años después, esta localidad rural sigue sin tener lo que merece . Incluso, indica Nora: “Tenemos que pedir a Vialidad Nacional que corte las piedras de la broza porque están muy grandes”.



La actividad ferroviaria en el país marcó un impulso para muchos pueblos de Argentina. Luego, con el correr del tiempo y por voluntades que hicieron que el tren dejara de recorrer diferentes vías, algunas localidades, como Tezanos Pinto, quedaron sumergidas en el olvido. Fue en diciembre de 2009, cuando este transporte volvió a circular por los andenes de la zona. Esto significó una gran alegría para los lugareños, pero no duró por mucho tiempo, ya que en abril pasado fue la última vez que se oyó una bocina en la estación del ferrocarril.



“En abril vinieron a preguntarnos a todos los vecinos a qué hora nos convenía que pase el tren por el pueblo, luego de eso el tren pasó un par de veces a las 7.45 y se iba a Paraná pero no volvía. Uno tenía que volver de otra manera a Tezanos, pero es difícil sino tenés auto porque ni los remises te traen. Después de eso nunca más vino un tren”, relata con nostalgia Nora y Jesica agrega otra falencia del pueblo: “El centro de salud lamentablemente permanece mucho tiempo cerrado. Antiguamente estaba disponible todo el tiempo porque había una enfermera siempre, pero cuando ésta se jubiló dejó de estar abierto las 24 horas. Ahora sólo hay un médico que viene los martes y jueves a las 15.30 y se queda si tiene pacientes, sino se va al igual que la enfermera, que está a veces”



La mamá de la joven de 19 años cuenta que en la localidad rural, hace unos 50 años, una vecina de apellido Spona trajo de Francia la virgen patrona del pueblo: Nuestra Señora de Lourdes. “Se armó una gruta y quedó hermosa, al lado quisieron armar una iglesia, pero quedó en nada. Solo unos cuantos ladrillos lograron apilar”, amplía Jesica.



La Gruta



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La estación de tren y los ocupas




El 14 de noviembre de 2012, se celebró el 100° aniversario de la aprobación del trazado del centro poblacional de Tezanos Pinto. La estación de trenes recuperada fue el lugar elegido para la fiesta de la que participaron cientos de personas.



Ese día quedó formalmente inaugurado el Museo del Centenario, dispuesto en las tres habitaciones de la planta baja del edificio de la estación ferrocarril recuperada. Pero, lamentablemente, a menos de un año de esa alegría, el 26 de octubre de 2013, un grupo de personas desconocidas provocó importantes daños en el lugar. Este hecho armó un revuelo en la comunidad, que repudió fervientemente las acciones de vandalismo sucedidas. Según indicaron, destrozaron puertas, ventanas y mucho más.



En la actualidad, luego de que el edificio de la estación ferrocarril fuera destrozado y no reparado, y de que el tren no pasara más por la localidad rural, en el lugar vive una familia integrada por 10 personas. Jesica, cuenta que usurparon el sitio hace tiempo y “nadie les dice nada debido a que hay niños muy chiquitos. Algunos tienen 4 años”.



La Estación de ferrocarril




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La escobería




Una vez que los jóvenes de Tezanos Pinto terminan la escuela Secundaria, ya sea en Villa Fontana o Alberdi, tienen que pensar en trabajar o continuar sus estudios fuera de este pueblo rural debido a que, como cuenta Jesica: “No hay muchas oportunidades acá. Para trabajar tenés o el campo o una escobería, no hay otra fuente de trabajo. Solo estas dos opciones”. Y Nora agrega: “Y en el campo no hay muchas posibilidades tampoco, ya que no contratan tantas personas como antes porque la tecnología vino a reemplazar la mano de obra”.



La fábrica de escobas de Tezanos Pinto está hace unos 20 años en esta localidad y fue una iniciativa de Orlando Cappellacci, hermano de Ángel, el presidente de la Junta de Gobierno. Este lugar es pequeño, como una caja de zapatos. Solo son dos personas las que se encargan de hacer el objeto que sirve para limpiar. Uno de ellos es Rodolfo Miguel López, quien tiene 47 años y nació en Tezanos Pinto. Él hace ocho años que trabaja en la escobería y asegura que en cinco minutos puede tener listo el objeto que barre.



“Acá somos dos los que trabajamos. Uno se encarga de armar la escoba y otro de coserla. Una vez que se tienen listos todos los elementos para producir la escoba, el armado lleva dos minutos y medios, mientras que la costura dura otros dos minutos y medio”, explica López e indica que la escoba puede ser de guinea o de palma. “La paja se hornea y se le coloca un poquito de azufre para blanquearla, luego, cuando se arma la escoba, la paja debe estar húmeda porque si no se quiebra, una vez que está lista, se divide en la parte que está buena y la que no. La que está buena se utiliza para el exterior de la escoba, mientras que la que no, va adentro, de relleno”.



El hombre de 47 años cuenta que al palo de la escoba lo traen de Misiones, mientras que las pajas de San Pedro, Buenos Aires. Además, detalla que la fábrica vende en numerosos departamentos de Entre Ríos y en Corrientes. “En los lugares que más piden escobas son en los pueblos, es ahí en donde más se venden las escobas de palma o guinea, casi siempre por igual”, finaliza.












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¿Casa embrujada o rincón de amor?



Es imposible comprobar un mito porque estos no poseen pretensión de verdad. Para saber si la casona de Tezanos Pinto está o no embrujada como dicen, es necesario adentrarse en el terreno y constatar por uno mismo qué ocurre allí.



La historia cuenta que a fines del siglo XIX, la familia Pinto invirtió sus ahorros en esta zona cerca de Oro Verde y construyeron una casa amplia y confortable. Dicen que para consolidar cuestiones económicas y sociales, los Pinto contrajeron enlace con los Tezanos y, de ahí deriva el nombre de este pequeño pueblo entrerriano.



Según comentan, un miembro de la familia Tezanos Pinto se casó con una dama de otra familia de alta posición social; se llamaba Eloísa Moritán. Ella, al tiempo de estar casada, comenzó a padecer trastornos mentales que fueron agravándose, por lo que su esposo decidió ocultarla, por vergüenza. Primero no le permitía salir de la casona y luego la encerró en un altillo.



En esa época, que un familiar tenga problemas mentales creaba un estigma al entorno, lo que determinaba que en el pueblo se los mirara de otra manera. Es por eso, que Eloísa fue excluida y, se dice, que murió joven y su cadáver fue sepultado en el patio de la casona.



Desde entonces, la historia empezó a tener diferentes versiones. Algunos que viven por la zona afirman que escuchan raros sonidos de desconocida procedencia, otros que pasan por allí con sus vehículos advierten manifestaciones sobrenaturales, como por ejemplo, que el auto deje de funcionar justo cuando pasan frente a la casona. Los más osados indican que a veces por las noches se ve una luminosa y etérea figura femenina desplazándose por el lugar y asumen que es el espíritu de Eloísa, quizá en busca de la paz que no habría gozado en su vida.



También se suman a opinar los escépticos, como un vecino del lugar que vive hace más de 50 años en la zona y prefirió mantener su testimonio en el anonimato. El hombre dijo que “todo es un invento, no hay ni espíritus ni fantasmas. Es todo un bolazo. La gente dice y cree lo que quiere, la gente inventa. La verdad es que esa antigua casona, que ahora no es más que escombros, pasó a usarse como un motel para los jóvenes que andan por acá”.



El relato del hombre resulta convincente porque cuando se pasea por los escombros de la casona de Tezanos Pinto no se ve ni escucha nada fuera de lo común. Por el contrario, se pueden apreciar escombros pintados con aerosol, neumáticos quemados y basura amontonada, todo demuestra la intervención de las personas en el lugar.



Al respecto, Nora indica: “Es todo mito. Mi papá Isidoro falleció en el 2006 y tenía 78 años y él trabajaba en un campo que para ir tenía que pasar siempre por la casona y nunca vio nada. Se dicen muchas cosas, pero la verdad es que no hay nada. Sólo son personas que vienen a pasear o buscar un rincón de amor casi siempre los domingos”. A lo que agrega Jesica: “Hay muchas versiones, el boca en boca va cambiando constantemente. Conozco una versión de que los Tezanos Pinto tuvieron una hija discapacitada y para no perder el prestigio en el pueblo, la encerraron en el altillo y luego se fueron para siempre dejando todo, incluso a su hija sola, por so dicen que ella vaga por las noches buscándolos”.



Algo que sí es cierto, es que de un día para el otro, la familia que tiene el nombre del pueblo desapareció y de eso, Nora es testigo: “Hace más de 40 años atrás, cuando era chica e iba a visitar a una prima que vivía cerca de la casona, pasaba por el frente de la mansión y miraba por el agujerito de la cerradura y se podía ver la mesa tendida con los platos de porcelana, esos que tienen detalles dorados”.



Sobre qué pasó luego con las pertenencias de los Tezanos Pinto, Jesica explica que en un momento surgió el rumor de que en la casona había un tesoro oculto. “Fue así que vinieron muchas personas, en su mayoría de Paraná y se llevaron todo, desde los utensilios hasta las chapas y ladrillos. Todo se llevaron y uno los veía y no les podía decir nada”, amplía Nora.



De esta manera, hoy, de la casona de los Tezanos Pinto solo quedan escombros y un mito que se reproduce al infinito.




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