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"Soy cartonero, es lo que me gusta hacer y estoy orgulloso"

Entrevista con Sebastián Carnevale. Madre "feminista" y adultez. El volcadero y "el ambientalismo careta". Narcotráfico, zonas liberadas y pibes "zombies".

Lunes 14 de Junio de 2021

El cooperativista y militante social Sebastián Carnevale describe un panorama escalofriante, con epicentro en el volcadero de la capital provincial, sobre aspectos sociales, sanitarios, ambientales, delictivos y de corrupción, vinculado al universo de quienes tienen como oficio encargarse de darle un mejor fin a lo que la mayoría de la sociedad se desprende desaprensivamente. "Soy cartonero, es lo que me gusta hacer y estoy orgulloso", dice.

La madre y el barrio que se llevó el 2001

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en barrio El Sol.

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"Soy cartonero, es lo que me  gusta hacer y estoy orgulloso"

"Soy cartonero, es lo que me gusta hacer y estoy orgulloso"

—¿Cómo era en tu infancia?

—Es un barrio del IAPV, pero mis compañeros nacieron en barrios populares, sin condiciones dignamente habitables, sin baño, techos de chapa y calles de tierra, la mayoría está en estado de vulnerabilidad. Gracias a Dios, mi barrio tiene asfalto y servicios.

—¿Lugares de referencia?

—La plaza era el lugar de encuentro y de los partiditos de fútbol, y la escuela Giachino y la Bazán y Bustos, donde cursé un tiempo.

—¿A qué más jugabas?

—Siempre al fútbol, desde los ocho años, tenía el sueño del pibe de irme a River y jugué en Peñarol hasta los 15, cuando por las necesidades comencé a salir a la calle y a buscar en los contenedores, para sobrevivir, además de que comencé a fumar y tener problema con las adicciones.

—¿Por qué?

—Falleció mi vieja, quedé solo, con mi hermana, sentí mucho miedo y no me quedó otra. Fue muy difícil superarlo, hasta hoy.

—¿Qué actividad laboral desarrollaba ella y tu papá?

—Era empleada del Iosper pero la incapacitaron por su enfermedad y mi papá fue changarín, aunque no estuvo muy presente con lo económico, si bien tenía contacto con él.

—¿Otra afición además del fútbol?

—No, aunque desde chico tuve muchas ganas de seguir estudiando y luego hacer Ciencias Políticas, pero me quedé solo y a la deriva, y no terminé la secundaria. Me gustaba leer el diario los domingos y me llamaba la atención la revista Muy interesante, por lo de los Ovnis, aztecas, sumerios y otras civilizaciones antiguas.

—¿Materias predilectas?

—Geografía e Historia. También me gustaba la política, que palpé mucho porque vengo de una cuna peronista, por mis abuelos, pero a medida que crecí me fui desencantando y que con la militancia en los movimientos sociales cambió. Necesitamos que arriba esté alguien que venga de abajo, un presidente cartonero, albañil o quien se rompió el orto laburando. Cuando comencé a ir al volcadero los compañeros que tengo estaban descreídos pero con esto (la cooperativa) generamos nuestro laburo y no le pedimos nada a nadie, para dejarles dicho a nuestros hijos que la peleamos.

—¿Cuál era tu visión del centro de la ciudad?

—Algo alejado para nuestra clase social; íbamos cuando teníamos dos mangos para hacer una compra o dar una vuelta y ver vidrieras.

—¿Personajes del barrio?

—Un vecino de enfrente de mi casa, ahora de más de 50 años, carpintero, quien siempre está arreglando algo, buenísimo, siempre da una mano, changueaba con él, y quien me enseñó un montón del oficio y de la vida, porque tuve un padre ausente. Nos juntamos a tomar un vino y compartir algo; es presidente de la vecinal y yo vice. Está El Polaco, con problemas mentales y que siempre pide “pucho, pucho, pucho”. A veces estás durmiendo y te llama para eso, así que tenés que echarlo (risas). Y personajes en el galpón (sede de la cooperativa) ¡ni te digo!

—¿Andabas por toda la zona o tu mamá te hacía alguna advertencia?

—No me ponía límites porque me crié en la calle, nos cuidábamos entre amigos e íbamos hasta el Parque Urquiza. Perdí muchos amigos y personas conocidas.

—¿Cómo se modificó la estructura y dinámica social de la zona?

—Cuando llegamos, a los dos meses de inaugurado, eran familias jóvenes y con hijos chicos. Durante mis 38 años cambió mucho: quedaron muchas personas mayores, sin pibes ni gente en la plaza, se hicieron los asentamientos a los costados, más robos, todas las casas enrejadas, la gente encerrada y con miedo…

—¿En qué año o época se agravó este proceso?

—En 2001, con los federales que no valían nada, saqueos y cuando se vino todo abajo. Era comer solo arroz y fideos. A mí también me cambió la vida porque ese año toqué fondo y tuve que hacer algo, si no me moría tirado o tenía que dedicarme a la droga. Fue un punto de inflexión para todos.

—¿Por qué “zafaste” de un destino que, como en el caso de muchos de tus amigos y conocidos, fue trágico?

—Por la educación que me dio mi vieja: ser recto y estudiar, le di bola, si bien cuando comencé a salir a la calle casi me fui del camino. A los 20 nació mi hijo y fue un cambio total, porque tenía una persona a cargo.

—¿Qué edad tiene?

—Quince años, estudia peluquería y barbería, vive con la abuela porque su mamá tenía problema de adicciones. Está en la secundaria, quiere progresar y estoy contento.

—¿El momento más jodido en la calle?

—Me agarraron tres pibes para robarme y me dieron una tremenda paliza, terminé internado, destruido y con una costilla fisurada. Pensé que me mataban, por el celular. Después me costaba salir a la calle.

—¿Cómo era tu mamá?

—Ahora pienso que fue “la primera feminista” porque a mí y a mi hermana nos decía que teníamos que tender la cama, cocinar y limpiar los pisos, sin diferencias. Además, lo echó a la mierda a mi viejo porque no ponía un mango. Se puso los pantalones y manejó la casa, con todos los problemas y su enfermedad. Militó en el peronismo, para los demás; a mi casa iba (Julio) Solanas y otros, pasaban las elecciones, se olvidaban y nunca le dieron nada. Para mí no existe el peronismo y menos en esta ciudad.

—¿El primer trabajo o changa que hiciste?

—Comencé con la pintura, ayudante de albañil, mucho tiempo como repositor en “los chinos” y en verdulerías, pero no me sentía identificado. Soy un cartonero y es lo que me gusta hacer. Con un amigo, desde chiquito, buscábamos cobre, metal y botellas de sidra, y nos daban moneditas, con las cuales íbamos a los videojuegos del centro, o a comprar una Coca, y éramos felices. Nos dimos cuenta de que no era basura sino un valor que muchos no le dan bola. Pero en 2001 cayeron todos los precios y lo dejé un poco de lado.

Ahora, mate y narcomenudeo

—¿Hubo recuperación?

—No, si bien se vio algo más social con Néstor Kirchner pero últimamente se vino todo abajo. Con Macri fue un 2001 que no terminó de explotar, se notaba en el galpón que mucha gente comenzó a cirujear y pedir laburo o ayuda. Ahora ni te digo: venimos cuesta abajo y te das cuenta al recolectar en la peatonal, donde nadie compra. Lo único que encontrás en la basura es yerba porque la gente solo toma mate.

—¿Qué características tomó el problema de las adicciones y el narcotráfico?

—Creció en toda la ciudad, si bien no a gran escala pero sí el narcomenudeo, a cargo de pibes. Tuve amigos que vendían por necesidad y porque es fácil, más allá de los riesgos. Milito mucho en el volcadero y en Mosconi, donde es impresionante y llegan a comprar desde toda la ciudad. Parece que es una zona libre: el narco, que se hace millonario, contrata un pibito de 15 años por $ 2.000 pesos por día, que no lo gano yo juntando basura.

—¿Cómo modifica a la trama social?

—La cuestión central es la falta de laburo, entonces los pibes no ven un futuro. Antes a los 18 era como que podías tenerlo y pensar en tu casa propia… pero ahora desde chiquito están perdidos y así siguen, hasta que no tenés vuelta atrás. A los pibes que internan les dan pastillas, una droga más, y andan como si fueran zombies, perdidos.

—¿La imagen más lacerante que primero recordás?

—En el volcadero es muy desgarrador ver a la gente comiendo de la basura, con sus hijos pequeños. No se te borra más. Ahí me di cuenta de que había que tomar cartas en el asunto. Siendo grande te la bancás, pero los pibitos… tienen cero futuro y no aprenden otra cosa.

La economía popular, y las

ideas de Grabois y Pérsico

—¿Cuándo tuviste un mirada global del problema de la basura, con todas sus implicancias?

—En 2015 no tenía nada, un puntero político me dio un plan social, muchos no lo laburan pero quería hacer algo, fui a la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, hoy Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular) y nos invitaron a hacer una diplomatura, en la cual se habla mucho del trabajo cartonero, sobre la base de lo escrito por Juan Grabois y Emilio Pérsico. Me abrió la cabeza, me di cuenta de la organización y lo logrado en Buenos Aires, si bien al principio acá nadie me daba bola. Pero conocí a unos pibes de (la Facultad de) Trabajo Social, entre ellos a Evelina Kloster, y junto con Pablo Giménez y con mi señora (Guadalupe Gotti) comenzamos la organización del MTE. Al principio invitábamos a las reuniones y nos decían que estábamos locos, pero de a poco hicimos un núcleo duro con cinco compañeros del volcadero, conocimos a un muchacho con motocarro, tomamos contacto con Suma de Voluntades y Ana (Anabella Albornoz) nos dio una mano grande ya que los domingos hacíamos una olla popular y nos permitía acercarnos y conocer a la gente. Es una parte de la sociedad muy castigada que no cree en la política, descreídos y cansados de las forreadas de los políticos. Tomamos contacto con la Federación de Cartoneros, Carreros y Recicladores, nos llevaron a Buenos Aires para conocer el laburo, volvimos y comenzamos a salir en un motocarro con cinco pibes por la peatonal, con cuyos comerciantes hicimos un convenio. Comenzamos diez en la cooperativa, ahora somos 150 asociados y además es un polo productivo del MTE.

—¿Qué ideas te impactaron cuando hiciste la formación?

—El concepto de trabajador de la economía popular, que es quien se inventa su propio trabajo, desde la nada: vender tortas fritas en la calle, juntando basura, un artesano… Y el poder organizarnos: la UTEP será uno de los sindicatos más grandes del país. También he leído al papa sobre la problemática del descarte. Es el momento y lo demostramos con trabajo. Hay que inculcarles a los pibes la idea de trabajo, se sienten orgullosos y les cambia la vida. Tenemos la idea de que la Municipalidad nos reconozca como servicio, aunque para eso faltan años luz.

—¿Cómo es el circuito del cual participa la cooperativa?

—Compactamos nylon, cartón, plástico y latas, viene un camión de la federación, lo cargamos y el material se industrializa en Buenos Aires, lo cual nos mejora el precio.

—¿Por ejemplo?

—En Paraná, el kilo de cartón vale $ 10 mientras que allá lo conseguimos a $ 20.

—¿Por qué semejante diferencia?

—Acá el cartón cae en las barracas. El pibe que junta en el Volcadero lo lleva para hacer el mango diario y te pagan eso porque no tiene el enfardado y está sucio. Pero también hay mucha mafia.

—¿Qué mafia?

—El primer eslabón es el pibe que junta, el cartonero que separa. Recuerdo que cuando llegamos al Volcadero cada pibe le pagaba a un camionero de la Municipalidad para tener “un camión”. Ahí tenemos el primer entramado. Los supermercados llevaban al barraquero la comida y si tenías afinidad con él, te dejaba retirar los productos vencidos, pero los materiales quedaban para él. Estamos intentando una ordenanza de grandes generadores, para que le den a los cartoneros. Hay gente que ha hecho mucha plata con la basura pero a los pibes les pagan dos mangos. Acá (Barraca) Todoni es el más grande pero no industrializa sino que vende a Buenos Aires. Nuestra idea es extendernos a toda la provincia y que se sumen otras cooperativas de reciclado.

—¿Por qué a Buenos Aires?

—Porque está la industria de reciclado de plástico. Acá le podemos vender el cartón a Papelera de Entre Ríos, pero en Buenos Aires tienen mejor precio.

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—¿Articulan acciones con otras entidades?

—La Universidad Tecnológica Nacional tiene un proyecto para derretir aluminio y hacer lingotes, como materia prima, que es nuestra idea con todos los materiales. Nos capacitarán para manejar los hornos y mejoraremos las ganancias, por el valor de los lingotes. También con Suma de Voluntades y Quanta, para que en el Club Estudiantes, en la Unión Árabe y el Club Talleres se junte plástico: las botellas para nosotros y las tapitas para Quanta, que hará juegos para repartir entre las vecinales.

—¿Qué te sugiere la forma de desechar de nuestra sociedad?

—Somos bastante egoístas, no pensamos en los otros, tiramos la comida, individualmente y los restaurantes, bolsadas de comida cuando se las podrían dar en la mano a la gente en situación de calle. Me duele mucho, especialmente por los pibitos.

—¿Qué te gustaría estar haciendo en diez años?

—Lo que hago pero en mejores condiciones y en otro lugar, logrando un sistema de reciclado en toda la ciudad, con la mayor cantidad de compañeros que andan con un carro, rompiéndose el lomo sin ningún beneficio.

—¿Contactos en las redes?

—Tenemos la página en Facebook e Instagram, Recicladores del Paraná, y mi número es 343-4714271, y funcionamos como punto verde en Sebastián Vázquez 333, de 8 a 12 y de 15 a 19, donde pueden traer lo que separan en origen.

“El tema de la basura

en Paraná es un desastre

El pionero del Centro Verde de Reciclado se refiere a las fracasadas políticas de manejo de los desechos y ambientales, que se suceden en forma insustentable, anárquica e ineficaz. “Lo ambiental es para el caretaje”, califica y denuncia la falta de tratamiento de residuos patológicos y la existencia de una fosa común en la zona de barrio Antártida Argentina, de la capital provincial.

—¿Cómo evaluás el rol de la Municipalidad?

—Tanto para la Municipalidad como para la Provincia lo ambiental es para el caretaje, ya que no hay apoyo ni acciones para lograr un cambio. El tema de la basura en Paraná es un desastre desde siempre y tiene que haber una política de cambio. La Municipalidad planteó un sistema Girsu (Gestión Integral de Residuos Sólidos Urbanos) y no funcionó.

—¿Participaron?

—No quisimos porque no teníamos condiciones en ese momento, y no nos ofrecían nada más que juntar el material y ponernos una camiseta de la Municipalidad. Queríamos que no ayudaran con una máquina u otros elementos.

—¿Por qué son ineficaces las acciones que se emprenden?

—Hay pocas o no hay inversiones para el cuidado del ambiente. Cuando presentás un proyecto te dicen que no hay fondos, nunca. Hay que reconocer a los cartoneros como el eslabón fundamental en la cadena de reciclado, que la basura llegue limpia, sin tener que meterse en un tacho de basura para sacar un cartón sucio con yerba o aceite, con lo cual no sirve. Hablan de poner dos contenedores para que la gente separe, no parece mal pero hay que ver cómo se instrumenta, ya que hubo intentos que no funcionaron.

—¿Y la gente?

—Hay un cambio, más por el lado de los pibes jóvenes y también gente mayor y abuelos que separan, tal vez porque tienen más tiempo. En Buenos Aires los cartoneros tienen el mejor sistema de reciclado de Latinoamérica o sea que se puede cuando hay inversión, decisión política y educación.

—¿Qué hábitos atentan contra el trabajo cartonero?

—El mayor cambio es separar en origen, con dos bolsas: una para los residuos secos y sólidos, cartón, botellas, papel y plástico, y otra con lo orgánico, que se puede usar para el compostaje, para lo cual tenemos promotoras ambientales que saldrán puerta a puerta, comenzando por barrio 33 Orientales.

—¿Cuáles son las enfermedades o accidentes propios del oficio?

—Hace tres meses falleció por tuberculosis un compañero de cincuenta y pico años. Es inconcebible. Toda su vida vivió entre la basura, en malas condiciones y en una casa con humedad. Hay enfermedades de la piel, de los huesos…

—Ni hablar de los problemas respiratorios en la zona del volcadero.

—Así es y agradezco que ahí no llegó la Covid porque sería una catástrofe. Hay residuos patológicos del hospital, todo el mundo lo sabe y miran para otro lado; sacan los muertos del Cementerio municipal y los tiran a una fosa común detrás de barrio Antártida Argentina. ¡No puede ser, en plena ciudad! Cuando nos demos cuenta del daño por toda esta contaminación, será tarde.

—¿Cómo se puede mejorar la situación de la zona?

—Cuando estaba en barrio Antártida Argentina se hizo el relleno sanitario, entonces “se trasladó” el volcadero. Si querés enterrar una pala en el relleno, rebota y esa tierra no sirve más para nada. Estamos buscando sumar a los compañeros que trabajan allí para que puedan hacerlo en otras condiciones. Cuando se hizo la planta recicladora la idea era que fueran quienes trabajaban allí, pero fue para unos pocos, empleados municipales y familiares. O sea, la cuña de siempre. Está la idea de trasladarlo a la zona de Don Uva pero usurparon los terrenos, y hay otro proyecto de relleno sanitario. Si se hace, ¿qué hacés con la gente que trabaja allí y le sacás el sustento?

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