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Muerte en las rutas

Tanta muerte de gurises en las rutas nos muestra "modernos"

Dejarnos atropellar por la tecnología, encerrarnos en compartimentos, cuidar la quinta e invisibilizar el flagelo

Lunes 25 de Febrero de 2019

El luto de los argentinos y, entre ellos, los entrerrianos, por la masacre en cuotas que padecemos en las rutas no nos muestra primitivos sino modernos: las mujeres y los hombres llamados primitivos no masacraban a sus niños y jóvenes por chocarse y volcar en los caminos.
Pero la modernidad de este flagelo no está solo en la humanidad superada por la tecnología que la misma humanidad creó, como el demonio de Frankenstein, sino también en la incomprensión del problema en la casta dirigente moderna, encerrada en sus compartimentos estancos, incapaz de ver el conjunto.
Entendemos aquí modernidad como especialización, visión fragmentaria, con la consiguiente imposibilidad de reunir los tornillos y las tuercas de lo que hemos desarmado.
Educación por un lado, salud por otro, arte por otro, cultura por otro lado, ciencia más allá, derechos humanos aparte...
La muerte en ruta nos revela la similitud de partidos políticos como el PJ en sus variantes, la UCR en sus variantes, el PRO y otros partidos al momento de gobernar, cortados todos por la misma tijera occidental, expertos en la propaganda y en el conocimiento fragmentario. Su técnica es tan sencilla que da pudor contarla: consiste en acusar a cada uno, a cada individuo, para exculpar al Estado y a sus gobernantes. Por si pasa.

Macri, Bordet, Varisco
Lo mismo que han hecho por décadas para ocultar el desarraigo, el éxodo, el destierro y el hacinamiento, responsabilizando a cada uno, a cada familia, a cada grupo, en vez de reconocer la responsabilidad central del sistema expulsor; eso mismo hacen con las masacres en las rutas: Fulano iba apurado, Mengano tuvo mala suerte porque llovía, Zutano no durmió lo suficiente, Merengano bebió unos tragos...
Es como si tomáramos a cada una de las víctimas del sida y le reprocháramos por qué se acostó con este, por qué no usó el profiláctico, por qué no tiene pareja estable, por qué, por qué, por qué, y la señaláramos con el dedo, cuando sabemos que estamos ante un peligro que se cuela por muchas rendijas, ante un problema de la comunidad, del país, de la humanidad, y que como tal debe ser tratado, principalmente por las organizaciones (como el Estado) que fueron creadas precisamente para atender los problemas comunes, del conjunto.
Y bien: la muerte en las calles, los caminos, las rutas, es un problema de todos, y los gobiernos (hoy podríamos decir Mauricio Macri, Gustavo Bordet, Sergio Varisco, en esta ciudad; todos de distintas extracciones políticas), no hacen más que machacar con un relato que los deje al margen, cuando son responsables principales, como sus antecesores.
Los políticos lanzan campañas precarias, que ya mostraron su ineficacia, y avisan: "No vamos a tender trampas a los automovilistas", es decir, les advierten de antemano, para que sepan dónde hay controles, dónde deben levantar el pie del acelerador, porque en el fondo les importa más la plata que ingresa por turismo que la vida de las personas que suben a la ruta.
Recordamos un caso así cuando el gobierno de Entre Ríos, hace algunos años, permitió que en los casinos se fumara, con el fin de captar a los jugadores que no podían fumar en Buenos Aires y Santa Fe... Sí, aunque suene muy loco, fue así, condenaban a muerte a los trabajadores, y gracias a la conciencia de esos trabajadores el disparate luego fue revertido.
Ahora, ¿dónde se nota la modernidad de este problema tan argentino, tan entrerriano? En aclaraciones como esa que decíamos, de no "trampear" a los conductores, en cuidar al que trae la billetera, en dar prioridad al dinero, cuando en verdad el que hace trampa y mata a inocentes es el automovilista en infracción, de los que abundan gracias a la permisividad de los gobiernos.

Salud curativa
¿Y dónde más se nota esa modernidad? En respuestas como la que acabamos de leer de un Ministerio de Salud, donde los funcionarios muestran las condiciones de un hospital para atender a los sobrevivientes, en la más descarnada confesión de medicina tardía.
La modernidad occidental mira la realidad en compartimentos estancos. Para los funcionarios de Salud, teñidos de esa concepción sesgada, transitar por las calles y las rutas con salud, es decir, sin riesgos de muerte, es un problema de otro compartimento. La muerte en la ruta no es un problema de Salud sino de Vialidad, la puñalada en el barrio a un inocente no es un problema de Salud sino de Seguridad, el hacinamiento en los barrios no es un problema de Salud sino de Planeamiento Urbano, la imposibilidad de acceso a los alimentos básicos no es un problema de Salud sino de Comercio Interior, el riego con insecticidas y herbicidas que enferman los embriones es un problema no de Salud sino de la Dirección de Agricultura...
Esa es la modernidad, la incomprensión del fenómeno por dividirlo en áreas, por poner fronteras tontas y quemar los puentes, y por apartar al ser humano de la biodiversidad.

De la ambulancia al cajón
Hay que decir que existen otras perspectivas más antiguas que dan respuestas, pero la soberbia de la modernidad las ignora, tergiversa o ningunea.
Desde esa otra cosmovisión, el ser humano es parte integrante e inseparable de la biodiversidad; la cultura es una expresión de la biodiversidad. De modo que la erosión del suelo, la tala rasa, la contaminación de un arroyo, son ataques a la salud del ambiente y a la salud humana.
Acaban de informarnos que en 10 años se talaron 140.000 hectáreas de monte nativo en Entre Ríos. La modernidad dirá que es un problema de la Subdirección de Bosques, o algo así, cuando sabemos que es un problema de Salud porque se ataca a la biodiversidad, y además, porque incluso una mirada antropocéntrica dirá que tarde o temprano esa destrucción matará al ser humano. Ya se han encendido las luces rojas respecto de la matanza del siglo XXI, la desaparición de especies de modo abrupto acá y en todo el mundo, con énfasis en el Abya yala (América) del sur.
Todo lo que no atendemos en el barrio, en el monte, en la ruta, toda esa salud preventiva que no tratamos, llegará con sus efectos al hospital: un chico muerto y era evitable, una mamá quebrada y era evitable, dos jóvenes baleados y era evitable, una chica con sobredosis y era evitable... Eso ocurre cuando llamamos "salud" a todo ese abanico de posibilidades que entra de la ambulancia al cajón, para desembarazarnos del 99% restante de la salud, anterior a la ambulancia y al patrullero.
Si todo el dinero que pone el pueblo en atender las consecuencias de los choques en las calles y las rutas lo pusiera en prevención, en control, en educación, en aplicación de sanciones, en la Argentina podríamos salvar miles de las 8.000 personas que fallecen aquí bajo tortura en las rutas, cada año, y salvar a miles de heridos y miles de madres, padres, hermanos, hijos que lloran las tragedias y que hoy, contaminados por las versiones oficiales, siguen pensando que fueron ellos los culpables. Cuando en verdad el sistema hace varias décadas que decapita entre 6 y 10.000 personas por año en el país, de modo que si no sos vos, seré yo, pero alguien caerá bajo esa guillotina manejada, ¿por quién?: por los Estados nacional, provinciales, municipales, y sus gobiernos de turno en los tres poderes.

Tres Cromañón al mes
Las rutas argentinas, otra que Cromañón. El modo de actuar de las autoridades con referencia a la muerte en ruta es similar a la de aquellos que querían culpar de la masacre de Cromañón al tarado que encendió una bengala, cuando en verdad todo estaba preparado para la muerte: la falta de planificación, la falta de control, las coimas, la desidia...
Ocurrido Cromañón, en Entre Ríos se hicieron fuertes inspecciones y encontraron numerosos locales no preparados para albergar a multitudes. Ocurrido el caso de los maestros muertos por una explosión de gas en Buenos Aires, en Ente Ríos se hicieron controles y la mayoría de los comedores escolares terminaron clausurados, sin gas, porque no daban con los estándares mínimos de seguridad.
Cada 10 días sumamos un Cromañón en las rutas argentinas. En solo un mes, tres cromañones. Cada año matamos bajo tortura a una población equivalente a 20 localidades como Irazusta, con sus niños y embarazadas incluidos. ¿Qué tiene que pasar, en qué lugar del orbe, y a quién, para que los gobernantes se den cuenta por fin del horror de las rutas?
El naturalizar los compartimentos y las fronteras nos vuelve medio bobos. De pronto, mueren 10 niños y jóvenes en la ruta, pero a uno logramos ponerle un yeso, entonces en lugar de reconocer nuestro fracaso porque no hicimos prevención, salimos a perorar sobre la cantidad de yeso que se apila en el hospital...
Nosotros viajamos por las rutas. En nuestras rutas (de Entre Ríos y de otras provincias) no se respeta la velocidad, y tampoco en las calles de la ciudad; no se respeta la doble línea amarilla, no se respetan los semáforos. Y quién tiene responsabilidad sobre la salud en las rutas y calles: el Estado nacional, el Estado provincial, el Estado municipal. Y como estamos hablando de la causa más importante de muerte entre niños y jóvenes, estamos hablando de un problema de salud, de muerte evitable.

Por la mirada de cuenca
La masacre de inocentes en la ruta muestra aquí otro aspecto moderno: cada gobernante se esfuerza en culpar al otro, al que lo antecedió, al de la siguiente jurisdicción, como si el problema no fuera de todos sin excepción, y como si en verdad tuviera solución en ámbitos restringidos, sin una conciencia general que supere las fronteras electorales y las fronteras políticas.
Una mirada de cuenca, regional, bastaría para acordar medidas comunes entre las provincias, la nación, los municipios, incluso en países vecinos. Pero eso no llegará por arte de magia, alguien tiene que impulsar la conciencia y las medias políticas, y está visto que no bastan los esfuerzos de la organización Luchemos por la Vida, esfuerzos indecibles, que aplaudimos.
No hay campañas sólidas y decisivas en torno de la muerte en ruta desde los caros estados. Y no la habrá mientras a los gobernantes no les haga el clic, mientras no superen su miopía. Sobra declamación, faltan hechos. Tampoco hay llamados de atención o sugerencias en las rutas. Los semáforos son infringidos mil veces por día sin que una sola autoridad, de las que cobran bien para protegernos, levante un dedo. Y todos sabemos que cuando van diez mil cruces de semáforo en rojo, el diez mil uno se azotará. Son reglas del azar más conocidas que la ruda.

Tranquilizarnos
Una vida más serena, un viaje con más diálogo y menos indiferencia al paisaje; una organización con personas cada 20 o 30 kilómetros que nos alerten, nos enseñen, nos auxilien, nos aconsejen; y leyes que determinen la velocidad adecuada para preservar la salud, leyes que además castiguen con la pérdida total del vehículo en casos de conductores temerarios y maniobras riesgosas; leyes que establezcan planes de prevención de accidentes mientras sacamos a los camiones de las rutas donde van los autos, cosa que llevará su tiempo; todo eso y mucho más, con obras adecuadas, con servicios adecuados para quienes necesiten descansar, con promoción de la vida en las escuelas, los medios masivos, las organizaciones; todo eso salvará la vida de nuestros gurises, de todos nosotros, y será el mejor halago que podamos hacer los argentinos, los entrerrianos, a las familias que nos visiten.
¿Estará el de la salud integral, preventiva, en estas campañas políticas que se avecinan? Ojalá.
Hay proyectos muy específicos para cuidarnos, sostenidos por la asociación Luchemos por la Vida, que nos dan una punta para desenredar la madeja, en lo que se refiere a normas de tránsito. "Reducir la velocidad salva vidas". Es verdad. Para empezar.
Mientras tanto, pasa febrero y se van llenando con nombres propios los casilleros, del listado de víctimas que trazamos en diciembre. Son nombres de niños.

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