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Nueva realidad y el viejo temor

Una conducta que favorece a los otros, y a la vez me favorece a mí por ser parte de una comunidad, es una lógica a la que estábamos acostumbrados.

Viernes 01 de Mayo de 2020

De no haber sido por la pandemia, el aislamiento necesario, y las dudas y angustia que nos genera la situación, tal vez muchos no hubiéramos explorado en nuestras posturas acerca de la vida que llevamos, del valor de aquello a lo que le dedicamos nuestros mejores esfuerzos y la real importancia de las cosas que nos preocupan. En momentos difíciles, dicen los que saben de la conducta humana, la reflexión es una postura que adoptan muchas personas, tratando de dar respuesta a esas preguntas que nos incomodan, y que se presentan en una variedad enorme.

¿Tan vulnerables somos que un virus de un mercado chino puede acabar con nuestra vida, la de los seres queridos o incluso amenazar a la humanidad misma? ¿Es justo que un ciudadano hondureño tenga una chance entre 250.000 de acceder a una cama de terapia intensiva si enferma mientras que en otros países las chances son mucho mayores, acordes a la realidad sanitaria conocida? ¿Está bien que miles de viejos mueran solos? ¿Y que miles de personas no puedan siquiera velar el cadáver de sus seres queridos? ¿Qué será de nosotros como país tras esta pandemia? ¿Debe el Gobierno cuidar la vida a costa de la economía o, al fin de cuentas, enfermar y morirse es un riesgo que asumimos al nacer? ¿El amor que siento por los seres queridos ahora que a muchos no puedo verlos es legítimo, o una expresión de mi egoísmo? ¿Por qué duele estar solo?

Sobran las preguntas. ¿Cómo alguien puede arriesgar su vida en pos de sus semejantes y otros adoptan posturas de especulación aún en una desgracia como esta? ¿Por qué vemos esta catástrofe y cerramos nuestros ojos a las muertes por hambre o falta de agua? ¿Creemos que está bien que los presos tengan más posibilidades de morir por el Covid 19, hacinados, que la gente que no cometió delitos?

Vivimos una situación insólita en muchos aspectos. Uno de ellos es que no existe la salida individual. Nadie podrá salvarse solo, y nos enfrentamos con frecuencia a preguntas que nos obligan a responder desde nuestras convicciones.

Nuestra conducta durante el aislamiento, por caso, no puede ser regulada por el temor a la sanción. No alcanza el dispositivo estatal para eso. Muchas cosas que hacemos nos remiten al imperativo categórico de Kant, sobre que debemos comportarnos de una forma tal que esa conducta pueda ser una ley universal. Encontrarnos no obligados, pero al menos cuestionados en el sentido de actuar como quisiéramos que lo hagan los demás es una de las novedades de esta situación.

Y la respuesta no siempre es sencilla. Una conducta moral que favorece a los otros, y a la vez me favorece a mí por ser parte de una comunidad, una nación, o de la misma humanidad, es una lógica diferente a la que muchos estábamos acostumbrados.

Muchos estamos tratando de ubicarnos en una nueva realidad. Incluso los medios de comunicación masivos incluyen ahora, dentro del menú habitual, algún enfoque filosófico sobre estas cuestiones, entendiendo que una mirada filosófica puede ayudar a situarnos y recuperar cierta normalidad.

Y esa normalidad incluye a diario el miedo a la muerte. No una muerte de viejo, un domingo por la tarde, rodeado de nietos; sino una que está en el aire, que no se ve, que cualquiera puede transmitirla, que incluso nosotros podemos transmitir aún a los que amamos. Una enorme incomodidad para conciliar el sueño. “¿Dónde está Dios?”

La mirada interior posiblemente nos acerque más algún tipo de respuesta que otras alternativas. Marco Aurelio, emperador romano y filósofo, escribió: “No permitas que te turbe la imagen de tu vida entera. No te preocupes pensando en los muchos e importantes sufrimientos que probablemente te esperan (...). Ni el porvenir ni el pasado te agobian, sino siempre el presente. Y se reduce al mínimo si lo dejas solo y si refutas a tu inteligencia cuando se cree incapaz de afrontarlo sola”.

Durante su mandato la peste antonina llegó matar 2.000 personas por día en Roma, pese a lo cual en sus Meditaciones afirmó que la peste que los afectaba era menos letal que la falsedad, la mala conducta y la falta de un verdadero entendimiento.

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