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Marchas del orgullo, la vida y la felicidad

"...Perduran sectores que se oponen a la igualdad y que se sienten habilitados para opinar sobre la vida y el amor de otros y otras..."

Lunes 11 de Noviembre de 2019

En Argentina la primera Marcha del Orgullo fue el 2 de julio de 1992, en Buenos Aires, con la consigna: “Libertad, igualdad, diversidad”. Muchos de los y las participantes llevaban máscaras de cartón para evitar ser reconocidos. Es que ser gay, lesbiana o trans en aquella época, y no ocultar esa identidad, todavía era una situación riesgosa. Eran perseguidos por las fuerzas de seguridad y hostigados por los sectores reaccionarios y conservadores de la sociedad.

Años antes, con la vuelta a la democracia se habían comenzado a conformar las organizaciones de lucha por los derechos de lo que hoy se denomina el colectivo LGBTTIQ+. Los activistas Carlos Jauregui y César Cigliutti formaron la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) con el objetivo de luchar contra la represión y los edictos policiales heredados de la dictadura. Ellos fueron los impulsores de la primera marcha junto a las organizaciones Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina (SIGLA), Transexuales por el derecho a la vida (TRANSDEVI), Grupo de Investigación en Sexualidad de Investigación Social (ISIS), Iglesia de la Comunidad Metropolitana (ICM) y Convocatoria Lesbiana, recuerda el portal de la Secretaría de Cultura de la Nación.

Sin embargo, ya existía un movimiento en favor de la diversidad sexual desde mucho antes. La agrupación Nuestro Mundo surgió en 1967 y es reconocida como la pionera en América Latina. En los 70 derivó en el Frente de Liberación Homosexual (FLH).

En Paraná la primera Marcha del Orgullo fue en 2016 y las organizaciones sociales del sector existen desde no muchos años antes, alrededor de 2009, previamente a la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario. En la visibilización de gays, lesbianas, travestis y otras identidades fue importante la convocatoria que en su momento hizo el Inadi local, a cargo de Cristina Ponce, que dio lugar al Foro por la Diversidad Sexual.

Como se ve, este activismo tiene una extensa historia en el país en el último medio siglo. Poco a poco y sin más pausa que el terror de la dictadura -que persiguió también a los diversidades sexuales- fue ganando protagonismo y conquistando derechos, a la vez que logrando reconstruir el sentido común que cada vez está menos impregnado de odio y prejuicios y es cada vez más favorable a la libertad y la igualdad. Hoy en una ciudad mediana como Paraná, ya no es una cosa rara que jóvenes y no tan jóvenes no oculten sus decisiones sobre a quién y cómo amar, y que lo hagan en una marcha, vestidos con los colores del arco iris, o en una tarde cualquiera en cualquier plaza de la ciudad.

De todos modos, todavía perduran sectores que se oponen a la igualdad y que se sienten habilitados para opinar sobre la vida y el amor de otros y otras, como si tuvieran que pedirles permiso a ellos y ellos tuvieran facultades para imponer reglas culturales en nombre de “la moral y las buenas costumbres” o el dogma religioso fundamentalista.

Lo más grave es que esa posición conservadora está presente en algunos espacios institucionales con poder de decisión, que afectan a muchas personas e impiden su acceso a una serie de derechos, empezando por el derecho a ser felices. Esto se observa en políticas determinadas o ausencia de ellas, como la falta de implementación plena de la Educación Sexual Integral, que posibilitaría mejores condiciones de vida para las futuras generaciones, en un marco de respeto e inclusión de todas las identidades.

Paralelamente, las personas trans y travestis siguen en su mayoría atravesando situaciones de exclusión y pobreza, obligadas a tener casi como único medio de supervivencia la prostitución y con pocas posibilidades de acceder a un empleo formal, a la educación, a la salud y a la cultura. La expectativa de vida es todavía de apenas 35 años de edad en promedio. Las marchas del orgullo, como la que se realizó en la tarde y noche del sábado en Paraná, al igual que el activismo cotidiano de las organizaciones, fueron, son y serán necesarias para el reconocimiento de derechos y la sensibilización y capacitación de los actores estatales.

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