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Maradona siempre me hizo llorar

El día que agarré la 10 de desfachatado dije que quería ser como Maradona y me esmeraba sin suerte para pegarle de zurda. Diego me marcó desde chico.

Miércoles 25 de Noviembre de 2020

El día que agarré la 10 de desfachatado dije que quería ser como Maradona y me esmeraba sin suerte para pegarle de zurda. Esfuerzo en vano que nunca prosperó. De todos modos me contaron mis tíos que una vez me quedó un rebote en el baby y sólo tuve que empujarla. “Fue de zurda”, me dijeron que decía emocionado. “Como el Diego”, les contaba a todos.

Ese día había cumplido un sueño en un partido, seguramente sin trascendencia, de esos que terminan 10 a 8 y hacen goles todos. Diego me marcó desde chico. Mi primer y gran ídolo. Un desconocido que me hizo llorar toda mi vida.

Tengo recuerdos muy vagos del Mundial de 1986, apenas tenía 5 años, pero en las repeticiones del gol a los ingleses relatado por Víctor Hugo, es inevitable no emocionarse. En el 90 el registro fue distinto. Cómo olvidar la imagen de frustración sentado en el césped luego de perder la final ante Alemania. Cómo no llorar aquel día que dijo “me cortaron las piernas” en el Mundial de 1994 en la casa de mis primos cuando teníamos la ilusión de ser lo mejores nuevamente.

O el día que me enteré de que volvía a Boca, fa. No lo había visto jugar con la “más linda” y desde que salió la noticia hasta aquel 7 de octubre de 1995 me invadió la ansiedad y rompí en llanto cuando entró a La Bombonera, que explotaba como nunca y se abrió un paquete gigante donde estaban sus hijas.

Generador compulsivo de emociones fuertes a la distancia me dio otra dosis implacable el 10 de noviembre de 2001 cuando jugó su partido despedida en la cancha de Boca e inmortalizó la frase “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota, la pelota no se mancha”. Parado como un niño, conmovido y con la camiseta de Román, el otro ídolo, que se distanció vaya a saber por qué. “Y cuando va a la cancha la gente le agradece todo lo que Dieguito se merece”, retumbaba en la catedral del fútbol.

Diego Maradona no sólo te movilizaba en la cancha o con la pelota. Mi admiración excede su juego, su magia. Su rebeldía, sus definiciones, sus enfrentamientos al poder y sus errores también son parte del combo que me seduce. Es un amor completo.

Como su música y aquel encuentro con Rodrigo, el Potro cordobés, cuando presentaron unas de las canciones más hermosas en Cuba. “Y todo el pueblo cantó Maradó Maradó, nació la Mano de Dios...”. Desde el primer día sabíamos que ese estribillo iba a salir de las entrañas cada vez que sonara en algún lugar de manera espontánea.

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Ya más adulto y siendo periodista me tocó hacer una guardia para Diario UNO el 26 de julio de 2008. Diego llegaba a Paraná a disputar el Showbol. Las puertas del hotel Maran se llenaron de gente desde muy temprano a la espera del ídolo. Pasaron las horas hasta que, caída la noche, se alteró el movimiento de policías ubicados en las afueras del alojamiento.

En ese momento, con la excusa perfecta de volver a la Redacción sin la palabra o algo del Diez que por cuestiones de seguridad iba a ser imposible de lograr, negocié con el gerente del hotel: ‘ingresás al lobby, pero sin grabador’. Sorteé la seguridad avalado por el gesto detrás del inmenso vidrio y pude abrazarlo en la puerta del ascensor. En la foto de ese momento se puede ver a “un niño” feliz y emocionado a punto de quebrar en llanto y a un Diego mirando hacia otro lado abrumado por el caos.

Luego me tocó hacerle una pregunta en una conferencia cuando era técnico de la Selección. La Selección jugaba un amistoso en Santa Fe y se alojó en el Mayorazgo. Fue el 19 de mayo de 2009. Me había preparado dos preguntas punzantes. Ese mismo día,pero de 1978 Menoti daba la lista de jugadores para el Mundial y lo dejaba afuera. La pregunta iba a ser ¿Ahora que estás del otro lado, entendés esa decisión? La otra pregunta ¿Lo vas a volver a llamar a Riquelme? Se habían distanciado, Riquelme había renunciado a la Selección y esa semana Román había vuelto de una larga lesión y la rompió. Dos preguntas incómodas. Cuando me tocó el turno, respiré profundo y pensé, ¿Para qué? Me corrió un frío por todo el cuerpo y salí con otra cosa que pasó inadvertida. De cualquier modo no dejó de ser otro momento emocionante que solo Diego puede generar.

En 2018 tuve otro cimbronazo. Viajé a Europa y quería conocer Nápoles. Llegué a la ciudad del sur italiano donde todos hablan del fenómeno Maradona que pude comprobar con mis propios ojos. Cuando salí del metro en el centro de la ciudad la primera imagen que veo es la de una figura en cartón de Diego en tamaño real.

Cada media cuadra había un puesto callejero que ofrecía las camiseta de Maradona celestes del Nápoli con las publicidades de Buitoni y Mars que superaban en número a las de Messi o Ronaldo, entre otras. ¿Cómo puede ser que después de 18 años aún siga tan vigente? me preguntaba. “Se venden en la calle porque no existen las oficiales”, comentaban los vendedores ambulantes.

Pero mi asombro no terminaba allí. Cada tanto se escuchaba a padres llamando a sus hijos por el nombre Diego. No exagero. En el tumulto del centro, entre los comercios y los puestos de comida era el nombre más recurrente. Por favor. Qué increíble.

No fue todo. Mi mayor sorpresa fue en la estación de tren que va de Nápoles a Pompeya, la ciudad enterrada por la erupción del Vesubio. Cuando voy a sacar el boleto observo por la ventanilla una oficina empapelada con la figura de Diego. “El más grande”, le digo al boletero. “Es Dios”, me contestó.

Le pedí ingresar para ver con más precisión ese “museo” y por ser argentino me abrió la puerta de ingreso entusiasmado. “Soy Carlo” me dijo y su hijo ¿adivinen como se llama? Me señalaba cada foto con rigurosidad en cada fecha y a medida que se extendía la charla entraba en confianza. A tal punto que le pregunté si podía hacer un video y que me cante el himno de los napolitanos así me quedaba ese registro en el teléfono. “O mamma, mamma, mamma, o mamma mamma, mamma ¿sai perché mi batte il cuore? Ho visto Maradona, ho visto Maradona, eh, mamma, innamorato son (oh mamá ¿Sabés porque me late el corazón? He visto a Maradona, he visto a Maradona, oh, mamá, enamorado estoy)”, cantó emocionado.

Ayer, cuando me enteré que se nos fue, también volví a llorar. Con profunda tristeza y angustia. Maradona siempre me hizo llorar. Y seguro lo voy a seguir haciendo cada tanto. Te quiero Diego...

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