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Aislamiento

"Adentros" y "afueras"

"Esta pandemia hizo emerger muchas problemáticas, fenómenos sociales y económicos para debatir y estudiar... Habrá que evolucionar pero también oponer resistencia a las deshumanizaciones y las precarizaciones que vendrán".

Domingo 24 de Mayo de 2020

En dos meses de aislamiento por la pandemia del Covid-19, la gente ha expresado sentimientos de ansiedad, miedo y angustia. Aburrimiento, miedo, frustración, enojo, confusión, tristeza, estrés son otras sensaciones que aparecen en las conversaciones y en las redes sociales. Y si bien cada persona es única y reacciona de manera diferente al confinamiento, es innegable que, en este período de cuarentena, nuestras vidas experimentaron grandes cambios. Muchas rutinas se cancelaron y se impusieron otras, en un “adentro” que reemplazó todos los “afueras” que supimos tener.

Los primeros días del aislamiento se parecieron mucho a una novela distópica o a una de esas películas apocalípticas que tanto le gustan a Hollywood. Aprendimos a convivir con tapabocas y alcohol en gel e incorporamos al vocabulario cotidiano términos como “paciente cero”, “hisopado” o “infodemia”. De ser solo trabajadores pasamos a categorías de teletrabajadores, exceptuados o personal esencial. Los ámbitos y las relaciones humanas se restringieron con el distanciamiento social y el aislamiento; no más besos ni abrazos, sin apretones de manos ni rondas de mates. Se cerraron fronteras, escuelas, universidades, clubes, teatros, cines, bares, boliches; se cancelaron conciertos, se vaciaron calles, plazas, parques. Familias quedaron hacinadas en pocos metros cuadrados, muchos encuarentenados, recrudecieron las adicciones y la violencia de género. Algunos quedaron aislados de sus afectos, otros varados en otras ciudades. Ante este panorama, hasta las mentes más equilibradas tambalearon.

A algunas personas, al hecho de no poder trabajar se les agregó la incertidumbre y el miedo a perder el sustento. A otras, el tener que ir a trabajar les generó temor a enfermar o miedo a la estigmatización. Y si bien la relación costo-beneficio de sostener el aislamiento mantiene casi el 80% de apoyo, aun sufriendo las consecuencias (“tres de cada cuatro personas no quiere flexibilizar la cuarentena y más del 40% tiene miedo de enfermarse, según una encuesta difundida en Entre Ríos por estos días”), hay un 20% que prefiere la libertad y la reclama.

Los efectos psicológicos negativos del aislamiento ya son objeto de estudio de muchos especialistas. En Europa ya se empezó a hablar del “síndrome de la cabaña” que es, ni más ni menos, “el miedo a salir de casa”. Si bien los expertos no hablan de una patología, lo describen como un estado emocional y mental de personas que pasaron en confinamiento forzado.

Otras personas o grupos de convivientes optaron por un ocio creativo y productivo antes que la angustia y la queja. Se han dedicado al orden, a hobbies, a la lectura, a la actividad física, a la cocina, al baile, al cine. Muchos hicieron cursos y capacitaciones remotas, jugaron en línea, hicieron reuniones y cumpleaños con amigos y familiares utilizando redes sociales. En síntesis, administraron el tiempo en forma positiva. Sin embargo, esta positividad, necesita de acceso a la tecnología y conectividad de la que mucha gente no goza. Por otra parte, muchas de estas personas a las que vemos mostrar sus logros en redes sociales, generalmente, tienen un sueldo depositado en sus cuentas bancarias a fin de mes. Porque –hay que decirlo– es muy difícil ser positivos cuando la imposibilidad de trabajar o la falta de trabajo impiden llevar un plato de comida a la mesa familiar.

Más allá del estricto tema de salud y científico, esta pandemia hizo emerger muchas problemáticas, fenómenos sociales y económicos para debatir y estudiar. Es evidente la llegada de una etapa darwiniana de cambios sociales y habitudinales; replanteos laborales, reinvenciones de oficios y reconversión de actividades y capacidades, puesta en marcha de nuevas herramientas. La adaptación dejará mucha gente fuera de estos “adentros”. Habrá que evolucionar pero también oponer resistencia a las deshumanizaciones y las precarizaciones que vendrán, si queremos conservar derechos adquiridos ante este inexorable avance hacia una neoproductividad y un neoconsumo.

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