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Recicladores ganan el pan y el respeto caminando la ciudad

La cooperativa Recicladores del Paraná mejora la dura vida de los cartoneros, crece exponencialmente y enseña a los vecinos a tirar la basura con conciencia.

Miércoles 06 de Octubre de 2021

Cada día a las 7 empieza el desfile de los 200 cartoneros que integran la cooperativa Recicladores del Paraná en el galpón de calle Sebastián Vázquez 333. El que llega busca un carro y un bolsón y sale a recorrer la ciudad, en un circuito que él mismo se organiza. Todo el material reciclable que recolecta lo trae, se lo pesa y se le anota el valor. El cartón lo vende a 22 pesos el kilo, igual que el papel. El plástico es más valioso, 35 pesos los mil gramos, y más difícil de conseguir. No tanto como el aluminio, que cotiza 85 pesos. El nylon a 12 y el telgopor a 18 completan la lista de precios exhibida en una hoja, dentro de un folio, pegada en la pared a la entrada del local.

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Guadalupe Gottig es “la administrativa”. Cuenta 40 años y se hizo cartonera hace tres. Tiene seis hijos y un currículum frondoso en oficios que nunca le aseguraron el porvenir. Destaca que los Recicladores están bancarizados. Cada uno tiene una tarjeta del Credicoop y todos los viernes se les deposita su venta de la semana. La cooperativa atrae a muchos cartoneros ajenos a la organización, que vendían el material a las barracas pero encontraron un mejor precio en el galpón de Sebastián Vázquez. De hecho, la cooperativa mejoró el precio del rubro en toda la ciudad. Las barracas de siempre, para no perder ante la nueva competencia, empezaron a pagar mejor.

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Sebastián Carnevale es el pionero de los Recicladores. En 2018 reunió en el Volcadero –el Basural a cielo abierto de Paraná- al primer grupo de cinco miembros, cifra que se multiplicó por 20 en tres años. En diálogo con UNO, asegura que el proyecto no queda en un pequeño voluntarismo individual. “El sistema funciona. Hay cartoneros que ganan 30.000 o 40.000 por mes”, precisa (¿sorprende?) el referente. Pero aclara: “ese salario cuesta”. Hay recolectores que pasaron de 1.000 a 10.000 pesos la ganancia por semana. Para llegar a ese ingreso, que hoy está 28.000 pesos debajo de la canasta básica, dedican un día entero a caminar la calle, seleccionar el material en los containers y trasladarlo en el carro por decenas de cuadras hasta el galpón. Lo hacen desde jóvenes de 20 años hasta hombres mayores de 50, que no encuentran otro lugar en el mercado laboral.

A las 8.30 llega un cartonero que peina canas, algo largas, bajo su gorra. Salió a las 7 de su casa. Vuelve con el bolsón completo, que pesa 54 kilos, y se anota 1.200 pesos para el viernes.

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Las vidas que cambiaron

Graciela, de 32 años, es tercera generación de recolectores. Antes trabajaba en el Volcadero. Le llevaba una semana juntar cinco fardos de cartón, de unos 200 kilos cada uno y venderlos, en total, por 600 pesos. Hace 11 meses se sumó a la cooperativa.

“Yo ni me imaginaba llegar adonde llegué. Empecé viniendo dos horas por día y me volvía a estar al pedo en mi casa. Y ahora tengo responsabilidades”, valora. Es la dueña del único motocarro de la cooperativa y, como tal, la que busca los rejuntes por encargue.

La cooperativa “atiende” comercios de todo tipo, hoteles, clubes, oficinas públicas, escuelas, una droguería y vecinos particulares. Y todo el tiempo suman nuevos clientes. Ahora están trabajando en un convenio con papeleras.

Mujeres y varones con experiencia en el mega-basural valoran la oportunidad, el derecho, de trabajar en la calle. Rafaela, de 28 años, afirma: “acá se trabaja mejor. En el Volcadero tenés que estar peleándote a las piñas por un cartón o un plástico. Y la máquina (el camión municipal) no te deja trabajar. Viene una, vuelca, y enseguida viene otra y vuelca encima”, describe.

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Lucía, de 35 años, confirma: “en la calle encontrás calzado, celulares, comida. Ahora vamos a comer pizza. En una rotisería nos preguntaron si queríamos cartón. Nos dieron y nos preguntaron si queríamos pizza. Pizza limpia. Si la comés en el Volcadero, llega entre toda la mugre, llena de yerba”.

Sin embargo, aunque sea un trabajo, revolver la basura ajena sigue siendo insalubre. “En el container encontrás de todo: animales muertos, agujas, vidrios. Usamos guantesm pero el vidrio te los rompe”, advierte la recicladora.

“Pedimos que reciclen, que separen. Toma unos minutos nomás. Al menos los vidrios”, expresan las Recicladoras.

Los varones coinciden con el cambio laboral. Brian, de 22, insiste: “no da para pelear y lastimarte por un cartón”. Carlos, de 27, suma: “en la calle andás más tranquilo. Podés hacerte tu clientela con los comercios”. Y Oscar, de 36, compara: “te dan todo limpio. Te conviene acá”.

Carlos era changarín. “Laburaba en la construcción, pero me hizo mal el trabajo pesado y tuve que dejar. Tenía que cargar hormigón, bolsas de material, piedra, arena y escombros ocho horas por día”, recuerda en conversación con UNO. Consultado si la recolección a pie por la ciudad no le parece una labor de peso, dice: “Esto no es tan pesado. El trabajo es más liviano y saco más plata”. Y se entusiasma: “Más adelante vamos a tener obra social y aportes jubilatorios”.

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La organización

En agosto pasado el Ministerio de Trabajo de la Nación aprobó sus estatutos y le otorgó la personería social a la Unión de Trabajadores de la Economía Popular, que avanza en su reconocimiento como sindicato. La UTEP incluye al Movimiento de Trabajadores Excluidos, donde está nucleada la cooperativa paranaense. La próxima instancia es el logro de la personería gremial. Además de lo que gana con su recolección, cada cooperativista cobra el Salario Social Complementario del programa Potenciar Trabajo del Estado nacional.

Hay unos 200 Recicladores en Paraná, de los barrios San Martín, Antártida, Barranquitas, El Sol, Anacleto Medina, Villa 351, Illia, Belgrano y Pasarela, entre otros. Integran la Federación Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores, desde donde les facilitaron la maquinaria para el reciclaje: enfardadora, elevador y zorra. Venden 30 toneladas de cartón a Buenos Aires y una de las muchas metas que tienen es incorporar plástico. La colecta va directo a la industria del reciclado, no hay intermediario, y eso mejora el precio para el bolsillo de cada cartonero.

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El galpón de Sebastián Vázquez 333 les queda chico. Están gestionando con el Municipio el comodato de un galpón en La Floresta, cerca del Volcadero. Otro proyecto con la Comuna es un Punto Verde central para compartir con las otras dos cooperativas de Paraná: Nueva Vida y Un Sueño Cartonero. Sería en un galpón que mide una cuadra y media de largo, en el Ferrocarril.

“La idea es armar un sistema que abarque toda la ciudad. Estamos haciendo un trabajo para el medioambiente y para la sociedad, porque este material no termina en el Volcadero, a cielo abierto o enterrado, donde tarda 100 años en desintegrarse”, resume Sebastián.

La Municipalidad les presta un camión recolector los lunes y miércoles, con el que pasan a buscar los bolsones que acopian 50 integrantes de la cooperativa en el barrio Illia, atrás del Mercado Concentrador de Frutas y Verduras. La rutina incluye también el barrio San Martín, lindante al Volcadero, y Estación Parera, donde hay otro grupo. Además, trabajan en un circuito del que “mucha gente participa”, señalan.

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Hace un tiempo lo coordinan con las vecinales Pellegrini y 33 Orientales. La cooperativa Nueva Vida hace lo propio en barrios del sur y Un Sueño Cartonero con la vecinal Yrigoyen. Acercan a los vecinos bolsas especiales (verdes) que les da la Municipalidad y la Vecinal las reúne para que los Recicladores se las lleven los jueves a las 15. “Esperamos algún día hacer una recolección diferenciada entre reciclable y orgánico por días de la semana”, enfatiza Sebastián.

"La separación en origen hace que el material sea más limpio y la labor más fácil”, insisten los Recicladores.

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Respeto al laburante

Mucho cambió para los Recicladores cuando empezaron a usar su uniforme y a ser reconocidos en Paraná. No obstante, aún les pesa el estigma que algunos –o muchos- paranaenses no quieren soltar. Oscar, de 28 años, lamenta: “Siempre hay alguno que se cree más que uno. Los de abajo siempre vamos a tener esa diferencia. Por lo menos ahora la Policía nos deja trabajar más tranquilos, no nos molestan tanto. Antes nos frenaban, nos pedían documentos, nos caían al galpón. Fue lo mejor tener uniforme y un plástico del MTE”, pondera, en alusión al carnet de la organización, “nos ayudó un montón. Nos reconocen como laburadores y no como ‘los negros cirujas’”.

Sobre la persecución policial, añade el cooperativista: “Lo peor que nos pasaba era que te hagan volcar todo lo que juntaste en el día, porque piensan que estás robando algo, y después te hagan juntarlo de nuevo. Tenés que agachar la cabeza y juntarlo, porque sino te agreden. Muy pocos oficiales te piden disculpas”.

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Sebastián ilustra, para que se entienda mejor: “A una persona que va a trabajar a Casa de Gobierno no la van a parar para pedirle documentos. No nos ven como trabajadores, pero estamos trabajando. Nos rompemos enteros para que esto funcione y los chicos que andan en la calle vengan y tengan una solución, algo que no hizo el Estado”.

De todas formas, el reconocimiento aparece cada vez más en la senda que recorren hace tres años, con sus carros a cuestas, los Recicladores: “Gracias a nuestra organización, la mayoría de la gente nos saluda, nos respeta, nos llama y nos felicita”, celebra Guadalupe.

Andar en la calle pero por un proyecto

Un beneficio que no pasa por alto al hablar de la cooperativa es el apoyo que brindan a jóvenes con problemas de consumos. “Trabajar acá los ayuda un montón. Les cambia el bocho. Al principio capaz estaban re sacados. Pero los hablás y te entienden, te piden disculpas. Y asumen la responsabilidad de venir todos los días. Porque sino estamos acá a las 7 de la mañana, los compañeros no pueden salir a juntar”, destaca Guadalupe.

Brian se lamenta por los pibes de su barrio, a los que cada tanto invita a Recicladores. “Muchos chicos que conozco se arruinaron. Los veo drogándose, robando. Les digo: ‘para qué siguen haciendo eso. Pueden venir a trabajar acá, se ganan una moneda y pueden salir adelante’. Pero es medio difícil que salgan ya de la bebida, la droga, la delincuencia”.

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Lucía ingresó a la cooperativa para cumplir una probation y resalta el valor humano del espacio. “Hemos pasado momentos buenos como malos, cumpleaños y desgracias. No es solo un lugar de trabajo: somos compañeros. Crecimos económicamente. Yo tengo seis hijos y era empleada doméstica. Pero lo principal es que el grupo ve al otro y quiere darle una mano. Un hijo mío, de 19 años, me dejó la escuela. Tiene un bebé y no conseguía trabajo. Y acá se le abrió la posibilidad de agarrar un carro, salir a la calle, y mantener a su familia”, relata.

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Los rostros

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