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Diálogo Abierto

"Logramos que gurises del Volcadero dijeran que quieren ser escritores"

La laureada artista Rocío Lanfranco valora el género de la poesía como un camino "hacia la felicidad" y una forma de "estar en el mundo". Una labor sin descanso.

Domingo 24 de Mayo de 2020

Desde el mismo nombre de su taller, Toda persona es poeta, la profesora Rocío Lanfranco ofrece un concepto de la poesía no sólo alejado del elitismo existente en algunos ámbitos artísticos, sino también actualizado a los gustos y posibilidades, de lectura y escritura, actuales. En este último aspecto recuerda experiencias como docente y logros auspiciosos, incluso con grupos en escuelas de zonas muy relegadas.

Un oasis, el hipódromo

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en el glorioso barrio Hipódromo (risas), donde viví hasta los 24 años, cuando me fui a Córdoba, estuve diez años, volví a esa casa y hace tres años estoy acá (calle Fusari).

—¿Cómo era aquella zona en tu infancia?

—El edén. Vivía a una cuadra de ese paraíso con arboledas, gurises jugando y el ritual del turf, que cuando sos chico no sabés de la cosa fea de las apuestas. Era nuestra plaza y lugar de aventuras de lunes a sábado. El barrio tiene mucho que ver con la identidad de las personas, era tipo IAPV, construido en la época de Perón, pero antes ya había habitantes, la mayoría trabajadores del hipódromo. La mamá de mi familia no, pero se integraron. Jugábamos carreras como si fueran de caballos.

—¿Qué significaba esa actividad?

—Tener una fiesta masiva todos los domingos.

—¿A qué más jugabas?

—Mucho al fútbol. Éramos menos mujeres que varones pero había mucha fraternidad y compartíamos los juegos. Las calles recién tuvieron asfalto en los 90, entonces también eran nuestro territorio para jugar a las escondidas y la cachada.

—¿Había un límite que no podías trasponer?

—División de los Andes por un lado y Maciá por otro, porque eran calles peligrosas.

—¿Qué idea tenías sobre el centro?

—Mi mamá y mi papá trabajaban en la Compañía de Teléfonos, entonces íbamos todos los días a calle San Martín.

Un maestro y un taller

—¿Leías?

—Por herencia de mi madre, muy lectora; cuando cobraba íbamos directamente a El Charrúa, que tenía una salita de literatura infantil, y siempre teníamos un librito nuevo.

—¿Alguno que te hizo descubrir un nuevo universo?

—De Elsa Bornemann, literatura poética, El libro de los chicos enamorados, No somos irrompibles, textos de amor entre personas pequeñas, que fueron mi entrada a la lectura. En cuanto a la escritura tuve un maestro en quinto grado con el cual un día a la semana teníamos que escribir. Era un momento creativo que me resultaba placentero y luego seguía en mi casa.

—¿Cuál era la atracción más fuerte?

—Cuando me di cuenta de que podía escribir fue un hallazgo. Escribía cuentos, influida por lo que leía. No guardé nada. A veces nos juntábamos en grupo para hacerlo.

—¿Qué te inspiraba, por fuera de lo que leías?

—La felicidad es difícil de escribir, así que no tenía que ver con lo que me pasaba a mí, porque era feliz viviendo en ese barrio.

—¿Sentías una vocación?

—Lo primero, ser veterinaria, después pensé seriamente que escribir tendría que ver con mi vida y al terminar la secundaria comencé Comunicación. En mi taller, la mitad de las personas son licenciados o estudiantes de esa carrera.

—¿Qué materias te gustaban de la secundaria?

Lengua, donde tuve un taller de periodismo de Susana Cogno, quien fue influyente, hicimos una revista y publiqué mis primeros poemas.

—¿Qué formato tenía lo que anteriormente escribías?

—Lo de quinto grado era prosa, tirando a narrativa, cuentos, y después comencé con la poesía.

—¿Le prestabas atención a la forma?

—Sí, y cuando comencé con la poesía intentaba la rima. Soy docente y tengo una visión más amplia que ésa pero cuando iba a la escuela era “métrica y rima”.

—¿Hacia qué orientaste las lecturas?

—En la escuela leímos bastante literatura latinoamericana, los escritores del “boom”, especialmente impactada por Cortázar, que leí completo, y me corrí un poquito de la poesía. Cortázar también es un gran poeta.

—¿Cómo te impactó en cuanto al estilo de escritura?

—Comencé por Rayuela y entendí de otra manera la lectura, que me queda hasta hoy, en cuanto a pensar “cómo hizo para decir eso de esa forma”. En cada párrafo pensaba eso.

—¿Qué pasó con tu escritura?

—Dejé de hacerlo (risas) y ni hablar cuando comencé a leer a Borges. Decidí que la narrativa no sería lo mío porque me di cuenta de la complejidad de una obra literaria. Escribía prosa poética pero sin tomármelo demasiado en serio como para asumirlo como trabajo para vivir.

—¿Mostrabas lo que escribías, por fuera de lo de la revista?

—Cuando era adolescente también tenía un diario. Con los primeros enamoramientos compartíamos con algunas amigas, al igual que nos escribíamos cartas, un gran ejercicio.

—¿Alguna devolución elogiosa?

—Nos halagábamos entre nosotras, pero nunca tuve problemas de autoestima sobre lo que escribía. En mi familia nos acompañaron y estimularon.

Militancia, punto de inflexión

—¿Te imaginabas periodista al elegir Comunicación?

—Es una buena pregunta. Me gustaba mucho el taller de Redacción, con (Guillermo) Alfieri, y también lo tuve a Gustavo Lambrusquini, con quienes conocí mundos nuevos y me convencían. Después comencé a militar y fue más estimulante, por el contexto de 2001 y las inundaciones de Santa Fe. Me quedé en la facultad aunque me di cuenta que no seguiría la carrera.

—¿Por qué?

—Milité con la Corriente Clasista y Combativa en algunos barrios y me di cuenta de la distancia con la intelectualidad de la facultad.

—¿Buscaste conciliar los géneros periodísticos con tu afición poética?

—Cuando estaba en la facu se editaba la revista XXIII que, aunque hoy no reivindico a su director, era muy creativa y me estimulaba esa forma de periodismo, porque tenía investigación, hermoso diseño, humor, documentos… Volví a la literatura con mi vuelta a Paraná, ya que me fui a vivir a Córdoba con mi novia. Allá conocí al artista plástico Remo Bianquedi y fue determinante para pensar que el arte era algo indispensable para mí. Daba un taller llamado Toda persona es artista, y el mío en homenaje a él se llama Toda persona es poeta. En su exilio en Alemania tomó clases con Joseph Beuys, un artista visual de la performance, quien es el enunciador de ese eslogan, desarrolla el concepto ampliado del oficio del artista y destaca lo de la grupalidad.

—¿La militancia también te hizo replantear la poesía?

—No, porque mientras lo hacía, también conocí artistas coherentes como Rafael Amor, en el galpón que tenía la CCC en Anacleto Medina. Antes de un recital fue a decirle a la gente que él estaría en el teatro pero que era indispensable que fueran allí porque era de ellos.

—¿Qué incorporaste definitivamente de aquel concepto de Bianquedi?

—Es un artista multifacético, entonces entendí que más allá del arte que hagas, la construcción de la obra trasciende el soporte. Mientras viví en Córdoba no trabajé escribiendo sino pintando. Además, nos invitó a algunos a que aprendiéramos en su casa, expusimos y se armó un grupo de muralismo.

—¿Entendiste la pintura como una forma de poesía?

—Exacto. No hay ninguna obra que no sea poética. Igualmente seguía escribiendo, pero toda la libido estaba en la construcción colectiva.

Un premio y la cotidianeidad

—¿Continuaste con esas dos formas de expresión?

—No. Al separarme volví a Paraná, comencé de cero, no sabía hacia dónde ir y me presenté para enseñar inglés en un concurso en la Escuela Bazán y Bustos, en el marco de un centro de actividades infantiles. Encontré un grupo de gente y una coordinadora increíble, Adriana Farías, que, aunque cobrábamos poco y a destiempo, nos estimulaba. Tenía que dar inglés y al poco tiempo me di cuenta de lo complicado, por las condiciones de los chicos, entonces le dije de hacer un taller literario. Me apoyó, venían 20 chicos, presentamos cuentos de los gurises a un concurso del ministerio nacional y ganaron el primer premio, un viaje a Buenos Aires, y recibimos un montón de donaciones y un viaje a Rosario. Imaginate, gurises que nunca se habían bañado con agua caliente en un hotel de calle Corrientes. De pronto fueron 70 gurises en el taller. El acercar a los chicos a la literatura hizo que volviera a escribir.

—¿Una situación?

—Todo lo relacionado con el premio fue mágico. Gurises del Volcadero diciéndole a un periodista “cuando sea grande quiero ser escritor”, más allá de que haya perdurado en el tiempo.

—¿Un gran aprendizaje de esta experiencia?

—Fue un momento de epifanía. Soy atea pero creo en la poesía. El arte, en este caso la literatura, es una práctica que permite concretar cosas imposibles.

—¿Algo fue diferente a partir de retomar la escritura tras estas vivencias?

—Encontré algo con lo que debato todos los días en cuanto a que la poesía tiene características más vinculadas a la cotidianeidad, textos más espontáneos y está más presente el yo. En el taller debatimos sobre el distanciamiento del yo protagónico, que no me simpatiza. No me termina de cerrar que los y las poetas estén contando la cotidianeidad de sus días.

—¿Por esto no tiene buena prensa, en general, la poesía? ¿O a qué responde?

—Debatiría si la tiene o no. Lo que efectivamente pasa es que no se vende tanto como la narrativa.

—A eso me refería.

—Es porque se asocia con que el lenguaje poético es complejo. Si encarás un libro de poesía y lees seguido veinte poemas, la comprensión será un poco superficial, porque necesita introspección.

Escuela sin introspección

—¿En el sistema educativo hay una falla estructural en tal sentido?

—Los docentes tienen poco tiempo para construir sus propios caminos lectores, entonces cuando no encontrás un texto que te apasione para llevar al aula, es muy difícil transmitirlo a los estudiantes. He trabajado en distintas escuelas y pudimos publicar textos de los gurises, así que comprobamos que es su lenguaje natural. Podemos pasar de escuchar una canción del rapero Wos (Valentín Oliva) a leer un poema de Juan Manuel Alfaro, hacer hablar esos dos textos y los gurises los entienden perfectamente. Ahora estamos por comenzar un proyecto para las maestras de primaria, para acercar estas herramientas.

—¿Qué textos trabajás?

—Canciones, poemas de Alfaro, textos de Cortazar y poetas mujeres, travestis, trans… todos los contenidos que tengo ganas de compartir a través de la poesía, y le esquivo un poquito a la fábula y la moraleja.

—¿Es fácil el acceso al mundo poético para quien nunca lo intentó?

—Es complejo construir un vínculo con la lectura después de la etapa escolar. La industria editorial no apunta a promover la poesía, al contrario de lo que sucede con las editoriales independientes, que hay muchas. Por eso no se produce lo que sucede con la narrativa. Por ejemplo, te gusta el cuento policial, pero para llegar ahí tuviste que leer. La poesía igual, no es que toda la poesía sea igual, que todo sea (Gustavo) Bécquer, que hoy lo leen quienes lo estudian y alejaría a un joven de veinte años. Pero si lee a Ferny Kosiak, Washington Atencio, Rocío Fernández Doval o Fernanda Álvarez, autores de acá, encontrará su misma lengua y, a su vez, distintas cosas. El tema es que llegue a la escuela o donde vos estás para poder leerlo.

—¿Y en cuanto a la escritura, para alguien que no tuvo la gimnasia de escribir?

—La mayoría de las personas que llegan al taller en algún momento de la vida escribieron y lo recuerdan con amor. Leemos mucho y diversidad de autores, entonces se genera eso, que cada quien pueda ver alguna similitud entre su voz poética y la de algunos de esos autores. A partir de ahí lograr un distanciamiento que construya esa voz individual, que intentaremos que no sea un diario. No hacemos catarsis, tiene que ver con que la poesía es una manera de estar despierto en el mundo. El profesor Lautaro Maidana, que asiste al taller, dice que “entrenamos el oficio de la perplejidad ante el mundo”, y ver qué podemos decir. Implica una distancia de la experiencia individual.

—¿Si no se lee no se puede escribir?

—No puedo afirmarlo. Yo si no leo, no puedo escribir. Mi propuesta tiene que ver con leer, conocer autores y escribir, pero hay quienes se han jactado de no hacerlo. Para mí es indispensable.

—¿Por qué?

—Es algo medio místico. Hablamos de que alumno no es el que no sabe sino quien no recuerda. Leer a quienes te anteceden es como recuperar cada gesto de cada artista, para tu propia mano. Es ver la huella de especie en una construcción casi filosófica. ¿Cómo estoy en el mundo? En poesía.

Felicidad de poeta

—¿Para qué sirve ser poeta?

—Para ser feliz, aunque suene cursi, para poder estar en el mundo, juntos, de una manera más sana. En mi caso, para construir una fe propia, es una máquina milagrosa.

—¿Tres libros en papel que llevarías a una isla sin conexión a Internet?

—¡Qué difícil! Rayuela, las Obras Completas de García Lorca y alguna de las antologías publicadas por la Editorial Municipal de Rosario, de autores latinoamericanos y argentinos, la mayoría del siglo XXI, porque si hubiera un grupo de personas podría dar un taller (risas).

—¿El taller continúa y está abierto?

—De manera virtual, más allá de algunas bajas, estamos martes y jueves, de 20 a 22. Se ha construido más velozmente una cercanía y contención porque estamos en nuestras casas y también a través de Whatsapp. En Instagram el nombre es Toda persona es poeta o pueden escribirme al Facebook Rocío Lanfranco.

Inglés, poetas de Instagram, el idioma y la pobreza

Lanfranco señala las transformaciones del idioma por las nuevas tecnologías digitales, destaca sus posibilidades y enfatiza que los problemas de comprensión por parte de los jóvenes no son atribuibles a dichos soportes sino a las condiciones de pobreza de amplios sectores sociales.

—¿Qué poetas ingleses te ayudaron para entender la visión propia de ese idioma?

—Emily Dickinson, que también la trabajo con los gurises, pero no he sido una gran lectora de los poetas ingleses. Mi formación como lectora significativa es latinoamericana y contemporánea, como Diana Bellesi e Irene Gruss. De las lenguas extranjeras también leí textos en latín y algún acercamiento al griego. Me interesa como potencia poética la idea de lo metalingüístico y cómo la construcción de una lengua está cargada de una cosmogonía.

—A eso me refería.

—Hace poco también trabajé con textos de la lengua chaná.

—¿La poesía es un buen instrumento para aprender el idioma inglés?

—Sí, hay ejercicios hermosos de traducción espontánea para niños, que además sirven para reflexionar sobre cómo se construyen las lenguas.

—¿Qué observás en cuanto a eso teniendo en cuenta el predominio de los nuevos soportes informáticos?

—Las nuevas tecnologías definitivamente son una herramienta que en los ámbitos donde, por ejemplo, no alcanza para comprar un libro todos los meses, como hacía mi vieja, podés descargar un PDF y te permite el acceso. Los chicos consumen un montón de literatura. En Instagram hay poetas que tienen 300.000 seguidores y 100.000 reacciones en cada posteo. O escriben narrativa o autoayuda para jóvenes, y son best sellers porque los gurises también compran el libro.

—¿La transformación del idioma implica un empobrecimiento?

—Hay estadísticas indicativas de que la cantidad de palabras que usamos para hablar son menos que las usadas hace veinte años. Se está reconfigurando y hay una apropiación de la lengua por parte de las nuevas generaciones que inventan ideas riquísimas. Las falencias o debilidades no tienen que ver con el celular y la tecnología sino con la pobreza, porque cada vez hay más cantidad de pobres que son más pobres, no crecen con los requisitos mínimos para estar sanos y tienen que esforzarse un montón para poder entender conceptos que de otra forma serían accesibles.

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