Hoy por hoy
Sábado 11 de Mayo de 2019

Una máquina de hacer pobres

Se le acabó el gas y no tiene para comprar una garrafa nueva. ¿Deberá esperar a cobrar el próximo sueldo para poder cocinar, calefaccionarse y bañarse con agua caliente? ¿Y si todavía faltan varios días para el día de pago?
Se le terminaron las pastillas y en la farmacia del barrio ya no le fían. Necesita tomar ese medicamento por estricta prescripción médica. La obra social está cortada. No hay de dónde sacar la plata para continuar con el tratamiento.
Se excedió con el saldo negativo de la tarjeta Sube. El trabajo le queda lejos para ir caminando.
Abre la heladera y solo hay botellitas de agua. Eso sí, perfectamente ordenadas y bien frías. A la hora del almuerzo el menú será otra vez arroz u otra vez fideos. A la noche: un mate cocido con pan.
Se acuesta por las noches y no puede dormir. Piensa que usted es grande y se la banca, pero: ¿y los gurises? ¿Tienen que pagar ellos las consecuencias de la falta de dinero?
Piensa también que por lo menos usted tiene trabajo. Se pregunta qué haría si no lo tuviera. Entonces se le cruzan por la cabeza las imágenes que suele ver todos los días en la calle: la gente que duerme en la plaza; los niños y niñas que piden "algo" en las esquinas, las familias que deambulan buscando cualquier cosa para revender, o incluso para comer, entre los desperdicios que los vecinos del centro arrojan a los contenedores de basura. Y se imagina tantas otras escenas que le advierten que siempre se puede estar peor, que siempre se puede ser más pobre, y eso le hiela la sangre.
A veces, cuando lee en los diarios o escucha en los noticieros de la radio y la televisión las estadísticas de la inflación, la devaluación, el desempleo, la pobreza y la indigencia, eso le parece algo ajeno, distante. Son sólo números, que dicen poco y nada. Pero cuando ve esas realidades en la calle o cuando las padece en carne propia, el nivel de comprensión es otro. Es cuando la crisis tiene cara, tiene cuerpo, se puede ver, oler y tocar. Tiene la aspereza de las frazadas polvorientas con que se cubren las personas en situación de calle y el olor putrefacto que emanan los residuos donde alguien busca alimento. Tiene también la dimensión de una columna de postulantes a un puesto de trabajo en un futuro local de comidas frente a la plaza principal de Paraná: una multitud compacta que por poco daba la vuelta a la manzana.
De a poco, usted ha venido meditando en silencio algo así: la política económica del gobierno nacional está teniendo estos resultados nefastos. Sin embargo, se distrae con otras noticias; con el fútbol, con los videos virales, con Venezuela o con las denuncias de corrupción contra Cristina Fernández y los miembros del gobierno anterior. Pero la distracción dura cada vez menos: cuando le ve el rostro a la crisis y cuando la crisis lo mira a usted a los ojos, ya no hay cortina de humo que alcance para entretenerlo.
Esta puede ser, tal vez, una de las maneras más crudas de explicar que las decisiones de un gobierno tienen efectos concretos, que inciden en la vida de las personas. Cuando usted escucha hablar de déficit cero, de sinceramiento de las tarifas, de acuerdo stand by con el Fondo Monetario Internacional, de Letes y Lebac, es posible que no lo relacione con la heladera vacía. No obstante, efectivamente hay una vinculación entre lo uno y lo otro y esto es lo que usted y muchos más como usted están pensando ahora. Dicho de otro modo: la angustia del diario vivir funciona mejor que el marketing político. Es más convincente el malestar permanente que provoca la ardua pelea por sobrevivir, que la más trabajada estrategia comunicacional.
Como si fuera una máquina de hacer pobres, el gobierno que encabeza Mauricio Macri es responsable de la actual crisis económica. Fueron sus políticas las que la provocaron y lo siguen siendo hoy, cuando en lugar de cambiar el rumbo, lo ratifica y lo vuelca en un decálogo que pretende hacer firmar como acuerdo político a los dirigentes opositores. Pero usted ya se dio cuenta.

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