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Recetas que fallan

"Lamentablemente, desde hace ya tres años, en este país la economía opera exclusivamente en términos monetaristas, pero teñida con una gruesa pincelada de liberalismo feroz", escribe en su columna de opinión Luciana Actis.

Martes 01 de Enero de 2019

Tarifazos, altos índices de pobreza y desempleo, baja producción, importaciones abiertas de par en par, impuestos totalmente regresivos, inflación incontenible y una moneda que pierde valor con el correr de los días.

El panorama de este fin de 2018 tiene reminiscencias del año en que la Argentina colapsó. Tras el préstamo de 38.000 millones que el FMI otorgó en diciembre de 2000 al gobierno argentino, el indicador se acomodó en torno a los 700 puntos básicos. Con Macri –el presidente qué más dólares recibió del FMI en la historia: 57.000 millones–, la semana pasada el indicador alcanzó los 837 puntos.

El riesgo país es una calificación que ponen las agencias financieras internacionales como evaluación de la política económica de un gobierno en un momento dado. Es decir, los 837 puntos de riesgo país indican que los que están gobernando hoy no están haciendo las cosas bien.

La cifra refleja el temor de los fondos especulativos sobre la capacidad de pago de la deuda en 2020, fecha para la que ya no quedarán dólares del Fondo Monetario Internacional. Los tenedores (acreedores) de bonos ya no quieren continuar en posesión de los mismos, no importa cuán exorbitantes sean las tasas con las que el Gobierno intenta convencerlos para evitar así una nueva corrida del dólar.


La historia se repite: cronológicamente en nuestro país, más que partidos políticos, se han sucedido y disputado dos líneas de pensamiento económico opuestas, que desde 1929 vienen –con alguna que otra variación– sucediéndose también a nivel internacional en toda América y Europa: el monetarismo versus el keynesianismo.


Lamentablemente, desde hace ya tres años, en este país la economía opera exclusivamente en términos monetaristas, pero teñida con una gruesa pincelada de liberalismo feroz. Para la corriente monetarista, son los cambios en el stock de dinero los que determinan las variaciones en la demanda y en el consumo.

No hay espacio para el Estado dentro de las ideas monetaristas, que debería disminuirse a su mínima expresión: control de la moneda circulante (vía ajuste) y contención social (vía represión). En lo que al liberalismo feroz respecta, esto se refleja en la falta de controles para con las grandes multinacionales, la considerable reducción de impuestos para estos sectores y la especulación financiera ejercida por funcionarios de primera línea que atienden de los dos lados del mostrador: también son representantes de dichas empresas.

Por su parte, para los keynesianos tanto la política fiscal como la monetaria afectan a la demanda y proponen que sea el Estado el responsable de sacar a la economía de la depresión, a través de un incremento en el gasto público que estimule el consumo y por ende la demanda y la producción. Para esta corriente, el desempleo es la mayor amenaza para una economía: es un costo económico y social.

Pero este modelo que propone una redistribución del ingreso es fuertemente criticado por sus detractores a causa de la inflación que provoca (en teoría) el gasto público y la (supuesta) falta de preocupación por las facturas que vendrán luego.

Hasta el momento, ninguna de las dos opciones ha funcionado muy bien, pero es seguro que la línea monetarista siempre es la que más cruelmente impacta en la sociedad. Y con este panorama económico, el choque es inminente.

Aunque se trate de un problema complejo, es necesario buscar alternativas a estas dos corrientes situadas en las antípodas. Lo que sí está claro es que estas nuevas propuestas deben dejar de lado la deuda excesiva: deber 57.000 millones de dólares al FMI está muy por fuera de cualquier parámetro.

Las recetas externas nunca dan resultado, pero no sería mala idea intentar –por primera vez en la historia– aplicar controles cambiarios serios, un gasto público razonable, impuestos progresivos (que paguen más las empresas que más ganan) y limitar la deuda al mínimo.

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