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Nada para celebrar

Miércoles 01 de Mayo de 2019

En el Día Internacional del Trabajador este año no hubo ninguna conquista social para celebrar en la Argentina, un país en el que la desesperanza crece frente a una realidad que se torna cada vez más cruenta para quienes sufren la mortificación de haber perdido se empleo, o quienes trabajan en condiciones informales –con todas las vulneraciones de derechos que esto conlleva–, o aquellos que aún hoy son asalariados pero permanecen en la cornisa de un sistema que en cualquier momento puede empujarlos a ser un desocupado más, sumándose a los miles que ya cayeron fuera de sus márgenes, convirtiéndose en seres errantes en búsqueda de una nueva fuente laboral.
Hace poco más de un mes el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) difundió datos estremecedores acerca de cómo el mercado laboral se precipitó en 2018, como consecuencia de una incesante caída de la actividad económica en la mayoría de los sectores productivos y comerciales, agravada con las subas del dólar, tarifazos, la desaceleración del consumo .
En este marco, el índice de desocupación saltó a fines del año pasado al 9,1%, lo que significa que 1.750.000 argentinos no tienen trabajo, casi 400.000 más que en igual período de 2017. Y según el organismo, los subocupados, es decir, los que hacen changas y trabajos esporádicos y no siempre pueden llevar el pan a la mesa, suman alrededor de 2,3 millones de personas. Además, en el país unos 4.000.000 de habitantes con "gravísimos problemas de empleo".
La situación no es para nada alentadora: cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) presentó su informé sobre las Perspectivas de la Economía Mundial correspondiente a abril del 2019, manifestó pronosticó que el desempleo la Argentina trepará al 9,9%.
Siempre vigente cuando se analiza la dinámica del mundo laboral, el sociólogo francés Robert Castel señala en su libro la Metamorfosis de la cuestión social. Crónica del salariado, que existe un riesgo permanente de quedar excluido del mercado, y compara la situación con los tiempos de conquista de derechos, que actualmente se diluyeron: "Una parte de la clase obrera integrada y de los asalariados de la pequeña clase media corre el peligro de caer. Mientras que la consolidación de la sociedad salarial había ampliado continuamente sus cimientos de posiciones seguras, procurando vías de promoción social, ahora prevalece el movimiento inverso".
Tradicionalmente el trabajo otorga pertenencia, jerarquía e identidad, y "sigue siendo una referencia no solo económica, sino también psicológica, cultural y simbólicamente dominante", analiza el autor. En tanto, su pérdida conlleva la condena simbólica que implica la exclusión.
Muchos compatriotas ya cayeron en el desempleo prolongado, otros en labores esporádicas que acentúan la inestabilidad o en la realización "en negro" de tareas que bordean la indignidad, en medio de una carencia de garantías y beneficios. Revertir estas situaciones será sin dudas un desafío ineludible para quien conduzca el país en los próximos cuatro años.

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