Hábitos y consumos

Carnívoros pese a la inflación

Precios privativos, intermediarios voraces, producción contaminante y mala formación alimentaria en torno al alimento argento predilecto: la carne de vaca

Domingo 19 de Junio de 2022

Argentina sigue siendo el país que más carne roja consume, a pesar de la inflación, los precios privativos y la queja constante. En 2020 tuvo el mayor consumo de carne vacuna del mundo (50 kilos anuales por habitante por año, mientras Uruguay consumió 45,7 y Estados Unidos 37,3). En 2021, a pesar de bajar el consumo a 48 kilos por habitante por año, siguió liderando las cifras de la región, comparadas con los 46 kilos consumidos por Uruguay y los 39 de EE.UU.

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El alimento argento por excelencia también cayó en la grieta cuando, en campaña, los dos frentes mayoritarios discutieron por quién iba a garantizar el asado en la mesa de los argentinos. Su precio fue, es y seguirá siendo, tema de debate y de enojo. ¿Ahora bien, el precio por las nubes es producto de la inflación o hay otros componentes que la encarecen?

Cuando la hacienda llega al mercado se tasa en kilo vivo, cuando pasa a media res tiene otro precio al que se le van sumando costos de la cadena, como la distribución y los impuestos, sin olvidar que el precio final varía de acuerdo a la calidad del producto. En este trayecto a la carnicería influyen los precios internacionales y los cupos de exportación, los vaivenes de mercados globales y la guerra, entre otros factores. Es allí donde el Estado debería intervenir con políticas de mercado interno para que la ciudadanía pueda seguir consumiendo su alimento predilecto.

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La Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA) afirma que, por cada kilo de carne de vaca, el consumidor paga costos de cría (Productor 24,7%), de engorde (Feedlot 26,2%), de faena (Frigorífico 7,3%), ganancia (Carnicería 12,9%), y el resto son impuestos (Estado 28,9%).

Y, como para tantas otras cosas, en los hábitos de consumo, Argentina es una gran paradoja. Cuando el mundo comienza a entender que también se debe cuidar el medio ambiente cuando se producen alimentos este país siempre a va a contramano.

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Un estudio que analiza distintos aspectos del consumo y la producción de carne realizado por la Universidad de Bonn señala que, para alcanzar los objetivos climáticos y garantizar la seguridad alimentaria, el consumo de carne a nivel planetario debería disminuirse un 75%. De acuerdo al informe esta reducción es vital para mitigar los impactos de la agricultura en el ambiente, en la salud pública y en la economía; lo que coincide con los datos sobre los daños ambientales que generan las prácticas agrícolas intensivas. También con estudios que afirman que la totalidad de vacas en el mundo liberan alrededor de 100 millones de toneladas de metano a la atmósfera, causando el mismo efecto que 2.500 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2).

Al gas metano que expulsa la vaca al exhalar se suma toda la contaminación que el sector agroindustria provoca (25% del total de emisiones): los miles de litros de agua demandada, los agrotóxicos y abonos utilizados, el combustible necesario para transportar los animales a faena y demás contaminaciones en la cadena de producción, industrialización y comercialización de carne -hasta el desecho de envases, una vez consumida. En tanto se afirma que, a pesar que un 80% de toda la tierra para agricultura a nivel global es utilizada para la producción animal, estos productos representan solo el 37% de las proteínas y 20% de las calorías consumidas por las personas alrededor del mundo, lo que indica que no hay eficiencia alimentaria que justifique la contaminación.

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Para alcanzar una reducción de consumo de carne vacuna los investigadores de Bonn recomiendan impuestos a los productos cárnicos, días de veda y educación de los consumidores. Obviamente estas recomendaciones “de primer mundo” no aplican para Argentina donde la carne roja, junto con las harinas, es el pilar de la alimentación -poco saludable, por cierto- ya que ignora los beneficios en vitaminas, minerales y fibras que aportan verduras, frutas y legumbres; con consumidores que reemplazan el agua por gaseosas y alcohol y que desespera por las dietas cuando llega el verano.

En esta deficiencia no solo se patentiza la carencia de recursos sino también la pésima formación alimentaria, pero eso es tema de otra columna.

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