Ferny Kosiak / Colaboración Especial para Escenario
Selva Almada: la entrerriana grossa de las letras
La contundencia de un garrotazo bien puesto en la cabeza. Eso es el nuevo libro de Selva Almada, “Chicas Muertas”, que el viernes pasado estuvo presentando en el centro cultural La Hendija junto a Rudy Astudilla y Daniel Enz.
A Selva la conocí en el 1er Encuentro de Poesía de Paraná, allá como hace muchos años. Leyó poesías de su libro “Mal de muñecas”. La contundencia también estaba en esas palabras. Desde esa oportunidad la he cruzado muchas veces en otras presentaciones en Paraná, en los medios, en el Facebook y en los comentarios de profesores que la recuerdan.
EL PASO POR PARANÁ O LOS INICIOS LITERARIOS
–Creciste en Villa Elisa. ¿Qué estudiaste en Paraná?
–Cuando terminé el secundario vine a estudiar Comunicación Social porque desde los 9 años quise se periodista. De la carrera hice los dos primeros años completos. Teníamos un taller con María Elena Lothringer y ahí empecé a escribir cuentos. A partir de allí me empezó a desencantar la carrera y a interesar más la literatura. Yo siempre había sido muy lectora pero no se me había ocurrido que podía escribir. Pero como desde los 9 años venía diciendo que iba a ser periodista me costaba renunciar a esa idea. Me acuerdo que en el verano después de terminar segundo año le dije a mi mamá lo que me estaba pasando: me interesaba escribir pero iba a terminar Comunicación e iba a empezar el profesorado para tener una lectura más ordenada, de los clásicos, que uno por ahí piensa que antes de escribir tiene que haber leído TODO, o al menos de una manera más metódica. Me inscribí en el profesorado, en las materias que me interesaban y ese tercer año hice las dos cosas. Pero después dejé Comunicación y seguí con el profesorado y de lo que me recibí fue de profesora.
–¿Sos Profesora Normal, entonces?
–Sí, soy Profesora Normal. (Ríe… juro que no voy a repetir el “ríe” en el resto de la entrevista.)
–Vamos para atrás. ¿Cuál fue el primer libro que recordás haber leído de chica que te haya significado algo?
–De chica leía todos los clásicos juveniles porque en la escuela teníamos una biblioteca nutrida. Los de la colección Robin Hood, los de tapas amarillas. Pero uno que particularmente me pegó porque era distinto, era más moderno, fue “Violeta” de Whitfield Cook, no era conocido. Violeta era una chica más moderna, más desenvuelta, más despierta, con una familia disfuncional, rara, no era una de las mujercitas de Alcott con miriñaque.
LOS CAMBIOS (O NO) EN “CHICAS MUERTAS”
–Me parece que en tu escritura hay como un acercarse a lo macabro en alguna escenas…
–Sí, hay de eso pero tiene que ver con las historias. No están puestos porque sí o para impresionar. Los universos que yo cuento son universos oscuros en algún punto. Por ahí en los cuentos o en las novelas lo ominoso tiene como un gran lugar en esas tramas. Entonces si está lo ominoso necesariamente tiene que aparecer una escena oscura.
–¿Cómo manejaste el tema del lenguaje en “Chicas Muertas”? Porque la violencia está tanto en lo narrado como en lo mínimo de algunas palabras, donde también hay una gran carga de lo coloquial.
–Vengo trabajando con eso de incorporar el lenguaje coloquial en las narraciones. Por ahí de una manera más consciente desde “El viento que arrasa” y muchísimo más consciente en “Ladrilleros”. Aparece esto de mezclar palabras de la “alta cultura” con un lenguaje muy coloquial, muy bajo, muy marginal. Me pareció que en “Chicas Muertas” estaba bueno conservar ese ejercicio de un registro siempre contaminado del lenguaje coloquial. Es un rasgo de mi literatura.
–¿Por qué escribir “Chicas Muertas” como non fiction? Un género que nace en la Argentina con Rodolfo Walsh pero que mundialmente se adjudica a Truman Capote.
–Cuando se me ocurre una historia para un cuento o una novela no pienso cuál va a ser el tema. Es un mundo en el que pasan cosas y muchas de las cosas que pasan son las que me interesan como persona. Pero nunca escribo con la intención de dejar un mensaje o de decir alguna cosa. Con “Chicas Muertas” yo sí quería decir algo sobre la violencia de género. La no ficción me permitía ser más directa y hablar de un tema que a mí como persona me interesa y me preocupa sin ninguna veladura. Si me lo hubiera propuesto como una novela me hubiera preocupado por cómo decir cosas. No me interesa la literatura que deja un mensaje y en ese sentido la no ficción es el género o el formato que me permite no tener que inventar un mundo o un escenario.
–Por ahí, cuando te faltaban datos, entrevistas… ¿no te replanteabas no encarar estas historias como ficción?
–Siempre tuve claro que no quería escribir una novela con estos casos, sino que los quería contar como haciendo un trabajo de campo, entrevistando gente, viendo los expedientes. De todas maneras es una no ficción muy atravesada por lo literario.
–¿Qué sensación te genera que te haya editado Random House Mondadori que ha editado a tantos escritores grossos de la literatura universal?
–Me daba vértigo. Primero, cuando a Random le interesó el proyecto y el libro no estaba ni escrito, me dio miedo trabajar con otro editor. Yo me llevó muy bien con mi editor de Mar Dulce y empezar a trabajar con un desconocido, o que no sabés si te van a tocar muchos editores o si no te van a dar pelota… son los prejuicios que yo tenía. En ese sentido tuve suerte porque cuando firmé con Random entró a trabajar Ana Laura Pérez, a quien conocía y con quien me llevaba muy bien. Y nos tocó trabajar juntas así que fue todo muy ameno, muy familiar y muy amigable. Después me daba vértigo no poder responder con los tiempos de una editorial grande que son distintos a los de una editorial chica. Son números más grandes en todo sentido. Pero por suerte el libro se está vendiendo bien y ellos están contentos. Yo estoy contenta porque el libro está en todo el país.
INTIMIDAD DE ESCRITORA
–¿Qué parte de la narrativa te resulta más sencilla y cuál más complicada?
–Me cuestan mucho los comienzos, es de lo que más borradores hago, ya sea un cuento o algo más largo. Cuando encuentro la voz del comienzo es lo que va a marcar el resto del relato. El primer párrafo, la primera página es donde está el clima que va a atravesar la historia. Los diálogos se me dan bien pero después de mucho tiempo, porque al principio les tenía miedo. Por eso en mis cuentos no había nunca diálogos.
–¿Cómo es tu proceso de escritura?
–Rutinas no tengo. Me encantaría poder levantarme todos los días y escribir tantas horas pero me cuesta armarme una rutina. Me disperso enseguida y por eso me cuesta estar muchas horas escribiendo. Lo que sí hago es escribir y al día siguiente releer lo que escribí y ahí ya corrijo un poco en esa primera lectura. Voy corrigiendo bastante en el proceso. Por eso las primeras versiones son bastante fieles a como después queda el libro. Una vez que lo termino lo imprimo y corrijo en papel y después viene el trabajo con el editor que por lo general siempre marca algo y hay que volver a trabajarlo.
–¿Cómo manejas la división entre lo creativo y lo “académico” de tus talleres?
–Este año tengo más alumnos que los que he venido teniendo desde que empecé a dar talleres hace cinco años y me está costando muchísimo encontrarle el espacio a lo creativo. Son muchas horas al día de estar escuchando material ajeno, opinando, dando consejos y después me cuesta, no me dan ganas de sentarme a escribir en el tiempo que tengo entre clases. Por ahí leo pero este año me está costando mucho.
–Publicaste poesías, cuentos y novelas. ¿En qué género te sentís más cómoda escribiendo?
–Durante muchísimos años escribí cuentos nada más. Pero ahora siento que me gusta un poco más el formato más largo. Por ejemplo tuve que escribir cuentos para revistas que tienen una determinada cantidad de caracteres y me costó mucho escribir un cuento corto. Sentía que me faltaba desplegar cosas. Ahora me siento más cómoda en el formato más largo. Novela corta porque tampoco son novelones los que escribo.
–¿Qué proyectos de escritura tenés?
–Retomé una novela que había empezado a escribir el año pasado y que dejé de lado para escribir “Chicas Muertas”. La releí. No me gustó y la empecé a escribir de nuevo. Pero lento por lo que te decía: me cuesta encontrar el tiempo para escribir. Es una novela que transcurre en Entre Ríos en una isla del Paraná donde van a pescar dos tipos cincuentones con un chico más joven, que es el hijo de un amigo de ellos que ha muerto. Son dos o tres días pescando. Ellos no son isleros y se sienten incómodos en algún punto. Hay como un cierto extrañamiento entre los personajes, ese paisaje y la gente del lugar. Vamos a ver qué sale.
Se termina el mate que es un sello más de esta charla tan autóctona como entrerriana, de esta chica del interior del interior que hoy triunfa internacionalmente, que da clases a través de las palabras que elije para tejer sus historias y que tantos (sanamente) envidiamos.
DATA
Selva Almada nació en Villa Elisa, en 1973. Empezó a estudiar Comunicación Social pero lo dejó por la literatura. Su primer libro de poesía “Mal de muñecas” apareció en 2003. Es autora también de los libros de relatos “Una chica de provincia” (2007) y “Niños” (2005). Pero fue con su novela “El viento que arrasa”, en 2012, que llamó la atención de los lectores y la crítica especializada. En 2013 publicó la novela “Los ladrilleros”.
Becaria del Fondo Nacional de las Artes (2010). Es una de las directoras del ciclo de lectura Carne Argentina, desde su inicio en el año 2006.













