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La noche que el teatro fue río

La biografía de Miguel Ángel Martínez, en la pluma de Juan Manuel Alfaro, fue la excusa para un inolvidable homenaje al gran solista de Paraná y a su universo islero. La sala fue puro aplausos.

Domingo 22 de Julio de 2012

Tirso Fiorotto/ De la Redacción de UNO
tfiorotto@unoentrerios.com.ar


De entrada nomás se oyeron los murmullitos del río con las remadas, y todos los verdes de la isla Curupí se adueñaron de nuestros ojos, de modo que no debimos hacer ningún esfuerzo para sentirnos en la orilla y respirar el Paraná, muy cómodamente sentados en las butacas del teatro 3 de Febrero.


Como en la Costanera, una pantalla gigante trajo la figura de Miguel Ángel Martínez, el homenajeado, y los dichos de Juan Falú, del Negro Aguirre, sobre la simbiosis del músico y la música del río.
El adelanto de la película El Zurdo, de Claudia Regina Martínez, fue un bocadito de entrada y le siguieron bellísimas fotografías de Gustavo Vaccalluzzo, algunas de ellas presentes en el libro El Zurdo, de Juan Manuel Alfaro, que fue el motivo del encuentro.


Los artistas entraron para sentarse en una medialuna, equidistantes de la figura central, que para la ocasión lució el sombrero de fibras cubanas, todos formando como un círculo con el auditorio que había colmado las butacas del teatro como feliz respuesta a la convocatoria de Alfaro. Nadie dijo un nombre, nadie mencionó un autor, un intérprete, no. No hubo figuras individuales ni grupales, la onda fue por el colectivo llamado homenaje, en la noche del martes pasado.



En las orillas

Todos tenían algo que devolverle a Miguel Ángel Martínez, de ahí venían en parte, y ahí volvían. Uno no sabe si decir que venían del río y volvían al río porque Zurdo y río son sinónimos; siempre lo fueron en metáfora, hoy íntegramente.


Fue una noche distinta. No la recordaremos por la personalidad y el talento de un artista que nos llevara de la mano, como es común, sino por cierta reverencia de todos ante el hermano. Y eso estuvo tan logrado que hasta el autor del libro se paró en la orilla.


Quien no conocía a Alfaro despejó la incógnita en el último minuto, cuando Martín, uno de los hermanos del Zurdo, le agradeció la obra y la lealtad de sus palabras con la vida de Miguel Ángel, al tiempo que lo invitó a seguir frecuentando la naturaleza libre y limpia del arroyo Las Conchas. “Que sigamos curupisiando en el islote y algarrobeando en La Picada”, fue el deseo de Tincho, agarrándose de neologismos zurdeños, y contó, claro, con la aprobación plena del teatro.


La medialuna, de artistas jóvenes, y casi todos también jóvenes de edad. Jóvenes, sí, pero todo empezó con el piano de Alfredo Ibarrola y terminó con el coro de Abel Schaller, de modo que si contamos que Mario Martínez metió mano en la organización y Alfaro dio el rumbo intercalando palabras propias, palabras de amigos, referencias, versos, en verdad el encuentro reunió a todos sin excepción, sin edades.
Y hay que decirlo: con alta presencia femenina, incluso preponderante, a través de dos grupos integrados a pleno por mujeres, un quinteto vocal y un cuarteto de acordeones, que dieron la nota.
Fuellas, se llama el grupo de Analía Bosque, Agustina Schreider, Valeria Martínez y Paulina Alfaro, y qué bien suena, aunque cuando empezamos a entrar en calor con los acordeones a piano y las dos hileras, ya cedían el lugar porque así fue toda la noche: uno o dos temas cada cual, y pase el que sigue.


Tamvos, se llama el quinteto vocal de Carina Netto, Florencia Distéfano, Valeria Martínez, Silvia Salomone y Stella Sánchez, y su versión de Duerme negrito, la recopilación de Yupanqui, con la que acunaron al Zurdo, todavía resuena en el teatro.


Alguien había preguntado de entrada si habría chamamés. Pareció una broma, y apenas se abrió el telón lo confirmamos con el brillo de los cinco fuelles, porque al conjunto de las Fuellas se sumó el de Juan Martín Caraballo, Flavio Valdez y el bandoneonista Gustavo Reynoso, de Aranguren, otro que se las trae. En esta ocasión, Valdez cantando, con una voz que sorprendió a quienes lo conocíamos sólo de la guitarra. Y cantando, claro, las canciones que frecuentaba el Zurdo.



Metidos en el repertorio
Las primeras dos actuaciones son las que hubiera pedido el homenajeado: la voz de María Silva, la voz de Paraná, con el piano de Alfredo Ibarrola, y el dúo de guitarras Silvina López y Ernesto Méndez. ¿Podríamos repetir?


Luego un trío que por distintas razones estaba en el corazón de Miguel Ángel: Chela Martínez en la flauta, José Bulos en el piano y Marino Frezetti en la guitarra y el canto, para darnos una bella versión de Romance del estibador, de Martínez y Martínez, porque como ya lo habíamos anticipado se trató de un martes Martínez, a toda prueba.


Ahora no estamos seguros si siguieron con Soledad Montoyera (¿o a este tema lo cantó Valdez?), pero sin dudas Frezetti y Valdez están metidos en el repertorio zurdeño y sus voces con timbres distintos nos recuerdan un poco no al Zurdo sino a Walter Heinze, que para el caso es lo mismo.


Los cantores de la noche fueron María Silva, Marino Frezetti y Flavio Valdez, tres revelaciones aunque no ocultaremos que María hace un tiempito ya que viene revelándose ¿no? A las que se sumaron al final los integrantes del Coro de la Uner con la primera voz del avezado cantor entrerriano César Nanni; y antes el Negro Aguirre que regaló dos temas, el segundo “de un amigote del Zurdo”, dijo, y era Río de los pájaros. El caso es que la obra de Sampayo fue al paso, al trote, al galopecito, el río se desbordó, volvió al cauce, en fin: la acostumbrada libertad de Aguirre para recrear y pulir perlitas de nuestro cancionero.
Y bien, no hemos hablado en detalle de ninguno, pero sí de todos como autores e intérpretes de un nuevo viejo cancionero que se escuchó joven y refinado. Tampoco mencionamos un listado de nombres que fueron resonando, propios del universo zurdeño.


El libro “El Zurdo, la vida y el canto paranasero de Miguel Martínez”, publicado por la Editorial de Entre Ríos, contiene 180 páginas de pura identidad musical entrerriana, litoral, costera. Es una gran obra, a la altura de su autor que ha sido premio Fray Mocho, y del agasajado que se hizo tiempo de repasar sus páginas.


Poemas, recuerdos, viajes, conforman una biografía que no puede falta en nuestras bibliotecas, una biografía que nos involucra por entrerrianos, por sudamericanos.


Ahí están las fotos del Zurdo con Ramón Ayala, Aníbal Sampayo, Carlos Pino, Linares Cardozo, Daniel Viglietti; con el propio autor Juan Manuel Alfaro, con Walter Heinze, Minga Ayala, Moncho Mieres, Hilda Herrera, Juan Falú, Tata Herrera, Chacho Müller, Jorge Martí, Ernesto Méndez, Cosita Romero, y lo decimos porque eso muestra todo un mundo. Y así podríamos nombrar al genial retrato de Gito Petersen, y a decenas de artistas y afectos que están en la vida de Martínez. Desde los grupos Chacay Manta y Los Jangaderos que precedieron a la vida artística de Miguel Martínez como solista.



Despedida como un rezo
Al final, Juan Manuel Alfaro intercaló otras reflexiones sobre el homenajeado, charló con Tincho Martínez, y cerró el Coro de la UNER, con Juani Lazzaneo, Marino Frezetti y el nombrado César Nanni, dirigidos por Abel Schaller.


Schaller propuso que el auditorio acompañara el último estribillo de Madrugada del pescador, un himno de Polo y Miguel Martínez, y todos terminamos en asamblea, como rezando: “Hermano del corto sueño y de la esperanza larga, pescador del Paraná, te acompañaré hasta el alba”.


El aplauso final fue para nadie y para todos, aplauso sostenido y de pie, para el río y todo lo que el río lleva.



Todos tenían algo que devolverle a Miguel Ángel Martínez, de ahí venían en parte, y ahí volvían. Uno no sabe si decir que venían del río y volvían al río porque Zurdo y río son sinónimos; siempre lo fueron en metáfora, hoy íntegramente.



La piedra azul

Una mañana descubrí
que en las líneas de mi mano
tenía una piedra azul,
y me dije:
debo recordar este día,
la maravilla
visita a los hombres
pocas veces.

Y anduve la ciudad
de cabo a rabo,
tocando con el pecho los colores,
hundiendo mi avidez en las manzanas,
sintiéndome un igual entre los pájaros
y ayudándolo a Dios en sus quehaceres.

Después tendí mi júbilo
en la amorosa sombra de un buen árbol
y fui feliz hasta el último bostezo
que, lentamente, se llenó de estrellas.

Y al cabo desperté
en mil mañanas
y en todas comprobé
que en las líneas de mi mano
seguía la piedra azul.
Entonces me dije,
y me digo:
debo recordar este día,
la maravilla
visita a los hombres
pocas veces.

JMA


En la trasguitarreada
Ya se habían apagados las luces del teatro, los amigos, familiares y admiradores del músico y su biógrafo se daban abrazos y comentaban no solo la calidad de las actuaciones sino la alegría y la emoción de la presencia multitudinaria.


Sobre el escenario, tras el telón, los músicos y poetas que se habían sentido parte no del número central sino de la rueda de mate, el colectivo en que se convirtió el escenario, escucharon el agradecimiento de Juan Manuel Alfaro con este poema del autor de la obra El Zurdo.


Lo hizo, nos dijo, “como una manera de agradecer a la vida, de agradecer las cosas hermosas, la amistad, el amor, el cariño”. En esta página el poema de despedida, de Alfaro.

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