Julio Vallana/ De la Redacción de UNO
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“Me gusta bucear y trabajar donde hay petróleo y peligro”
Llegar hasta el taller y el apostadero sobre el río Paraná del ingeniero y buzo Hugo Centurión es sumergirse en el fascinante y desconocido mundo de las profundidades subacuáticas. Allí se pueden encontrar ricas piezas históricas propias de un museo y envidiadas por más de un coleccionista –como un barril de bronce fundido para conservar pólvora, rescatado de un galeón hundido– hasta la moderna tecnología –en algunos casos de diseño propio– apta para el trabajo con explosivos bajo el agua o para emprendimientos de envergadura. Centurión –quien por su capacitación y experiencia es requerido desde distintas partes del mundo– reveló aspectos poco conocidos de su oficio, a la vez que –por ser un conocedor minucioso y desde siempre del río– hizo otro tanto con relación a la contaminación que lo azota.
Un padre, un capitán
—¿Dónde naciste?
—En Paraná; mi adorada madre se llamaba Ramona Neto de Centurión y mi padre Pablo Centurión. Éramos cinco hermanos.
—¿En qué barrio viviste?
—En calle San Luis, al este del Parque Berduc.
—¿Qué actividades laborales tenían tus padres?
—Mi mamá era ama de casa y mi papá capitán de grandes barcos y de ultramar, recorría todas las dragas del país, recorrió el mundo e hizo trabajos muy importantes.
—¿Recibió el oficio de otras generaciones?
—Por parte de mi mamá, mi abuelo también era capitán –al igual que algunos tíos. Por la parte de mi papá no, porque eran del campo –de María Grande. A mí no me gustaba navegar, pero también tuve que sacar patente de capitán porque tengo barco propio. Él me aconsejaba, me enseñaba mucho y todavía sigo haciéndole caso, aunque no está presente en esta vida.
—¿Tuviste relación con algunos de esos antecesores marinos?
—Solamente con mi papá porque los otros ya eran veteranos y retirados, y yo muy chico. Por él adquirí mucho conocimiento naval y náutico sobre grandes barcos, y gracias a él llegué en la Argentina al título máximo que otorga Prefectura a un civil, que es perito naval en salvamento y buceo. Salvamento significa construcción de puentes, gasoductos y represas –subaqua–. Después fui a Washington y me recibí de ingeniero buzo –que somos dos en el mundo– y en Panamá rendí para grandes profundidades, como ingeniero en salvamento y buceo, que hasta ahora somos cuatro en el mundo.
—¿Hasta cuándo viviste en calle San Luis?
—Hasta los 25 años.
—¿Qué características tenía el barrio?
—Era toda gente muy buena. Era el menor de cinco hermanos así que no me dejaban hacer travesuras y la cuidaban a mi mamá, porque mi papá volvía cada 45 días, dos o tres meses. Esperábamos ansiosos que llegara para abrazarlo y estar con él, y nos enseñaba todo.
—¿A qué jugabas?
—Jugué al fútbol en el Club Ministerio desde la 7ª, con Julio Solanas. Después –por mi trabajo de buzo– me cuidaba mucho las piernas, los tobillos y las rodillas, porque es muy exigente y esforzado. Como no iba a ser futbolista profesional, opté por mi trabajo, que antes se llamaba “hombre rana”. Fui a la secundaria en la Escuela de Aprendices del Ministerio, a la cual estoy muy agradecido por los maestros que tuve, y luego terminé la escuela técnica en la Industrial. Había buzos pesados –de escafandra– y yo decía: Si ellos pueden ser buzos por qué no lo voy a poder ser yo.
—¿Tenías ese deseo cuando niño?
—No, primero en mi mente estaba adorar a mis padres, segundo, hacerles caso y tercero, lo que ellos me dijeran estaba bien. De más grandecito comencé a ver qué cosas me gustaban, mecánico, andaba muy bien con los metales y el hierro, mis hermanos me daban ejercicios… y fui aprendiendo cosas. En la escuela primaria iba a la biblioteca a ojear libros sobre inventos. La maestra me decía: “¿Cómo puede ser que vos tan chiquito quieras llevarte ese libro? Llevate este otro.” Pero yo me llevaba el otro.
—¿Qué te atraía de esos inventos?
—La maquinaria, los engranajes… cosas que inventaban los grandes inventores. Luego fui a distintos talleres hasta que a los 12 años comencé en el Ministerio. Lo mío es trabajar, trabajar, trabajar. Necesitaban buzos en el Ministerio y pilotos de helicópteros. Me anoté en los dos, el de helicópteros se suspendió, entonces fui a la Escuela de Buzos de Santo Tomé –en el Batallón de Ingenieros Anfibios.
—¿Qué imaginabas que hacía tu papá siendo capitán de barco?
—Mi adorado padre además de sobre los barcos me hablaba del campo, porque mis abuelos eran de allí. Así que tenía esas dos cosas presentes. Lo acribillaba a preguntas y le hacía versos tanto del campo como del río. Me llevaba a ver las grandes dragas y cómo se trabajaba con la gente, cómo había que actuar con los buenos y con los malos empleados, y aprendí mucho.
—¿Por qué él prefirió el agua al campo?
—Vino de muy chiquito a Paraná, cuando se estaba haciendo la Costanera. Nació en 1911 y vino en el 33, y enseguida lo tomaron. Comenzó como marinero y llegó hasta capitán; era una persona muy inteligente, estudiaba y nos enseñaba que no había que tomar ni fumar, todas las cosas buenas –que en la época eran malas y ahora ya no.
—¿Qué te contaba?
—Me llamaba y me decía: “Siéntese que le voy a contar.” Cuando fui buzo me llamaba y me decía: “Siéntese y cuénteme lo que hizo”.
—¿Tus maestros?
—En lo relacionado con barcos, mi papá, y en lo relacionado a buzo, nadie, porque no había. Tenía que tomar la lancha, pagar todo yo, irme a Buenos Aires en un Ford 700 e ir a ver a un buzo para ver si me quería mostrar un equipo y si estaba de bueno humor. Porque el cerebelo del buzo de profundidad actúa sobre unos nervios que son los del mal humor. Un veterano me dijo: “Pibe, cuando seas de profundidad no tenés que adoptar el mal humor de debajo del agua, arriba, porque si no serás un hombre tosco y hermético.” La mayoría de los buzos no habla casi nada, porque están en otra cosa, más cuando estamos colocando explosivos. Es un mundo muy distinto, donde Dios no nos hizo para estar ahí y nosotros nos atrevemos a eso.
—¿Tenías algunas otras lecturas predilectas además de las relacionadas con los grandes inventos?
—No. Mi lema era que mi padre viniera de trabajar y yo hubiera hecho lo que me había encomendado. No quería que me retara nunca y yo no quería fallarle porque él no me fallaba. Primero, tenía que trabajar. Mi abuela me decía: “Querido, vaya a jugar con los chicos”, pero yo le quería acomodar la antena de televisión o arreglarle unos mosaicos. Incluso a los 18 años me hice mi primera casa, con ladrillos decorados; hice todo. Dios me dio la laboriosidad de las manos, pero las ejercité y perfeccioné mucho, atendido mucho a la gente que sabe.
Un suicidio y una decisión
—¿Cuál fue la primera situación en que algo del río te impactó?
—Cuando era aprendiz –tenía 12 años– una persona en una camioneta se tiró al río para suicidarse, justamente estábamos en el recreo y los vimos. Ese día no hubo clase y vimos cómo los buzos sacaban el vehículo. Pero vi que eran muy gordos, no eran de escuela ni profesionales, solamente se animaban a meterse al agua. Ahí dije: “Quiero ser buzo.” Me recibí a los 17 años como profesional de escafandra y autónomo.
—¿Qué características tiene uno y otro?
—Autónomo quiere decir que es como el hombre rana, que se maneja solo, aunque si no crees en Dios no te podés manejar. Me refiero a que se maneja solo. Y al buzo de escafandra lo manejan cuatro o cinco personas que lo asisten. Aunque cambian los reglamentos para proteger sus vidas, entonces hay buzos auxiliares, de segunda, ayudante… hay un equipo. Ya no se puede ir solo a bucear al río, sino un equipo según un reglamento.
—¿Qué te viste haciendo a futuro cuando presenciaste esa tragedia?
—Deseaba ser buzo, pero había que ser mecánico, porque hay que ir debajo del lecho a trabajar. Se pueden hacer inmersiones pero no sabe trabajar. Un jefe que teníamos en el Estado me mandó a todos los talleres –con grandes capataces y oficiales– para que aprendiera todas las profesiones. Aprendí mucho y me esmeré. Un día me llamó y me dijo que lo había hecho para que saliera bueno. Y se lo agradezco infinitamente.
—¿Influyó mucho?
—Sí, sí; era muy rígido y temperamental, pero yo no tenía miedo porque tenía capacidad. Era muy exigente y capaz; generalmente todos los que son exigentes, son capaces. Había muchos hombres grandes donde yo trabajaba y me enseñaron mucho.
—¿Fuiste primero buzo o ingeniero?
—Primero es la escuela de buzos, buzo profesional de tercera categoría –hasta 12 metros–, que no hay que hacer descompresión, luego buzo profesional de segunda categoría, de primera… vas rindiendo, buzo profesional de profundidad, de máxima profundidad, y luego de determinada experiencia teniendo personal a cargo y trabajados de gran envergadura, perito naval en salvamento y buceo. Para llegar a ingeniero hay que ir a otros países, al igual que para científico, para lo cual hay que haber estudiado mucho y haber hecho mucho recorrido subaquo. A mí se me hizo muy fácil porque siempre estudié y no quise dejar lagunas en mi sabiduría.
—¿Dónde y cómo fue el “bautismo”?
—Fue en la cuba del Batallón de Ingenieros Anfibios –en Santa Fe. Es distinto a zambullirse, porque sino todos los nadadores profesionales serían buzos, cuando hay algunos que sumergen la cabeza y enseguida la quieren sacar. Veía los cabellos flotaban en el agua tres o cuatro veces más grandes –porque primero es en agua claras. Nunca había estado tanto tiempo bajo el agua y esos cinco minutos me parecieron cinco horas; cuando ahora estoy cinco horas y me parecen cinco minutos. Mi miraba las manos, los bellos y los huesos, y todo me parecía raro. En las grandes profundidades se ven los huesos, no la carne, porque todo está comprimido. Por la frente pasa una vena muy grande y también se puede palpar la yugular; se pierden algunos sentidos –el olfato y el gusto– y se acrecientan al cien por cien otros, como la orientación, la imaginación y el tacto.
Un abc riguroso
—¿Qué sensaciones predominaban?
—Para lograr meterse al agua hay que hacer muchos ejercicios en la superficie y en el agua, hasta sentirnos en ésta como si estuviéramos en tierra, y también se practica apnea, aunque son dos minutos o dos minutos y medio, porque podés tener algún problema cerebral por falta de oxígeno. Pero cuando estás tanto tiempo debajo del agua cambia todo porque te preguntás sobre quién estará arriba, qué pasará… A los buzos que les he enseñado y se han recibido, primero trabajamos en la superficie, hacemos ejercicios y técnicas, y luego se va al agua.
—¿Físicamente te consideraba con los recursos necesarios?
—Sí, porque me exigía, como hasta ahora, ya que incluso tengo un gimnasio propio. Hago todo solo, salvo cuando tengo que hacer fuerza. Trabajo solo y sin ver debajo del agua, necesito saber los ruidos, las terminaciones de las mechas, el ruido que hace la herramienta cuando está por finalizar el trabajo o cuando comienza… por eso no escucho radio ni tengo televisión acá. El científico no está con la radio prendida ni con el celular, está siempre calladito… y cuando no hacemos eso nos recreamos en la Naturaleza.
—¿En cuanto a lo físico entrenás tanto lo aeróbico como lo anaeróbico?
—Totalmente, por supuesto; acá no se fuma…
—¿El buzo no puede fumar?
—No debe… hay quienes lo hacen y toman whisky. No fumo ni tomo alcohol. En la categoría en la cual yo estoy consideran todo, hasta el largo de brazos y el ancho de los hombros.
—¿Quién es el enemigo número uno del buzo?
—El cigarrillo y la bebida. El buzo de profundidad tiene que tener carácter porque sino, no puede trabajar con explosivos. Si alguien me dice que tengo carácter fuerte, me ofende, porque es más que eso. No puede haber titubeos porque te morís. Hay trabajos que son simples, los complican y me pone mal.
—¿Qué otros riesgos existen?
—A veces –buscándole la economía a la cosa– hacen cables de acero con materiales que no corresponden, entonces los cálculos no dan. Los explosivos –a veces– vienen mal embalados y en vez de una mecha lenta, ponen una corta, por lo que han muerto muchos buzos. En vez de dos minutos, las hacen de dos segundos, cuando el buzo todavía está armando el explosivo. Ahora hay nuevas reglamentaciones. Los sopletes son muy agresivos, incluso hay buzos que no se animan a tenérmelo mientras me acomodo.
—¿Se trabaja por tacto?
—Por eso soy fanático de los cieguitos y de los sordos, de quien aprendo mucho, para lo cual los traigo acá y a la vez los ayudo. Ellos perciben a través de la voz, me dicen cómo tengo que poner el oído, hay grados de inclinación de la cabeza para escuchar y orientarse… Lo aplico bajo el agua porque no se ve nada. Tal vez los discapacitados seamos nosotros.
—¿Cuál es el mayor tiempo que estuviste sumergido?
—He vivido, estando en plataformas submarinas en las cuales tenés que estar 10 o 20 días. El submarino que estoy haciendo es una estación subaqua que también sirve para investigación o como cámara de descompresión.
—¿Has tenido algún desequilibrio físico importante?
—Una vez, de tanto trabajar me quedé sin defensas. Hay un caracol que tiene un virus que produce una enfermedad llamada esquistosomiasis o “el mal de la represa”. Tuve que tomar un medicamento que me trajeron de Estados Unidos. Ahora estoy haciendo experimentos para que se elaboren vacunas para los chicos, porque hay situaciones muy graves.
—¿Cuál es el mayor peso que has llevado sobre los hombros?
—El traje pesa 130 kilos, pero he bajado en batiscafos y batisferas que pesan toneladas, en las cuales generalmente también estás solo y tenés que tener control de todos los instrumentos.
Mucha plata o 50 años en tres días
—¿Cuál fue el primer trabajo de magnitud que hiciste?
—Fue espectacular porque era muy chico, tal vez 20 años, cuando vine de la Marina. Salió un trabajo en una empresa petrolera, vino el gerente general a hablar conmigo y me dijo que era muy chico, pero le dije que tenía experiencia porque reflotaba grandes barcos en Construcciones Portuarias y Vías Navegables. Era un trabajo de siete meses pero pasé que lo podía hacer en cuatro. Lo llevo hasta el colectivo –porque se le había roto su auto– y en el trayecto había un ciruja que quería pasar con un carrito, frené, le dije que pasara, me agradeció y le dije “se lo merece.” Seguí y a la media cuadra me hace parar, y me dice: “Por la acción que tuvo le voy a dar el trabajo.” Me puse muy contento y le dije que no le iba a fallar. Me fui con un compañero a trabajar y vi que lo que había inspeccionado no era el trabajo, sino que todo estaba cubierto con camalotes, raigones y árboles, para lo cual había que trabajar con grúas. Me sumergí pero no había tanto sedimento, como si alguien lo hubiera limpiado, para mí me ayudó Dios. Había que sacar cuatro muelles aunque no contratamos a nadie, salvo una grúa chiquita. Hicimos una prueba y a las siete de la tarde ya habíamos sacado los cuatro muelles.
—Debés haber ganado muy buena plata.
—Trabajaba en el Estado aunque mucha gente me decía que tenía que irme. Me pagaron en tres días el equivalente a 50 años de sueldo en el Estado.
—¿Qué te compraste?
—Le quise comprar a un oficial un Renault 12 versión limitada, que era el único en Paraná. Podía comprar 40 de esos. Pero me dijo: “No pibe, te falta; ¿cuántos años llevás acá?” Le dije: “Como diez.” Me dijo que tenía 34, así que me faltaban otros 20 años. Fui y me compré una Coupe Taunus cero kilómetro, que en esa época era lo mejor que había. Ahora es fanático de mí (risas).
—¿Qué trabajos muy deseados concretaste?
—Los grandes reflotamientos que son muy complicados los he hecho a todos, al igual que construcciones y armaduras de hormigón bajo agua. Lo que más me gusta son los explosivos y cuando hay mucho riesgo, cuestión de que no ande nadie a mi lado, aunque tengo un amigo, Dios. No es porque sea egoísta ni porque no quiera a la gente. Me gusta hacer lo que no pueden hacer los otros. He ido a licitaciones donde no presenté mi sobre porque ponían que harían el trabajo en cuatro meses, cuando lo puedo hacer en siete días, porque yo hago las herramientas para meterme debajo del agua. Para el trabajo con los galeones inventé un aparato con el cual me meto debajo del lecho –donde están enterrados. En la vida civil quisiera tener muchas viviendas para prestarle –no regalarle– a la gente que no tiene, lo tengo pendiente. Como trabajo de buceo me quedaba lo de preservar la Naturaleza subaqua, para lo cual tengo jaulas frente a mi apostadero con especies en extinción: dorado, surubí y pacú. Tengo 12.000 de cada especie y bajo una vez por mes para controlar el estado de salud. No es un criadero –que es en piletones– ya que éstos están en su hábitat natural y cuando salen es como si salieran de su casa. Hay un grupo que se llama Asociación Amigos del Puerto quienes colaboran conmigo.
—¿Y algún otro trabajo cuando ya tuviste más experiencia, equivalente en lo económico a aquel primero?
—Cuando voy al extranjero no pongo el precio y digo “lo que se estila acá”, y eso son cinco o diez veces más de lo que pensaba cobrar. Nosotros vivimos con otra plata…
—Internacionalmente estamos bajo tierra, o en este caso bajo agua…
—Es otra plata. Pero si hablamos de plata también hay que hablar de las secuelas y salud que se pierde, y desde ese punto de vista no sé si es tanto lo que se gana.
—¿Disfrutás del entorno natural o es lo mismo trabajar en el Riachuelo, en Mallorca, Mykonos?
—No, no; a mí me gusta donde no se ve, donde hay barro, petróleo y peligro. En esos lugares que me mencionás también hay peligros porque las leyes de la Física y la Química son universales pero al ver es más fácil, y hay muchos buzos. Me gusta donde es muy riesgoso y no hay tanta competencia. Aunque admiro a quienes hacen cosas similares como yo en menos profundidad, porque sé cómo es el trabajo. Con quienes no estoy de acuerdo es con los que se gastan todo antes de cobrar; lo mío es al revés, junto sobre por sobre y el último día de la obra veo cuánto me quedó. No me compro cosas exuberantes ni soy alocado.
—¿La descompresión es como se ve en las películas?
—Sí, y no admite errores porque el buzo se puede morir o quedarle secuelas muy graves. En los países donde se extraen perlas las mujeres a los 30 años ya son viudas porque quienes las extraen se zambullen y hacen apnea, y cuando se le juntan las mini embolias que se le producen en el organismo, lo menos que le puede pasar es “la borrachera del buzo” pero pueden morir por embolia gaseosa.
—¿Hasta cuánto tiempo se puede estar en descompresión?
—He estado días enteros porque depende de la profundidad y permanencia.
—¿Y qué hacías?
—Por eso te digo: ¿si no creés en Dios, en quién vas a creer? Ahí estás solo. Por eso te dije que el buzo tiene mal humor.
—¿Se alcanza un punto en que estás más cómodo y disfrutás más debajo del agua que en la superficie?
—Totalmente sí. Cuando metés la cabeza debajo del agua ya no existe más nada, no hay llamados, no hay señales… Provisoriamente estás ciego, aunque, por supuesto, no quisiera serlo, ni estar solo cuando no trabajo.
—¿No te gusta hacer buceo deportivo?
—No, no.
—¿Si fuera en la Polinesia?
—Le regalo el pasaje a otro. Voy al extranjero a trabajar, ver si me puedo perfeccionar y qué hicieron mejor que yo.
—¿Has intervenido en alguna catástrofe o tragedia?
—Tengo mi equipo y si pasa algo voy, pero me parece que no me corresponde. He estado y trabajamos muy bien. He rescatado 25 vidas y por eso me reconocieron como “ciudadano ilustre”. Como siempre estamos en el río y en el mar, estamos cerca de los incendios y hundimientos. Nos metemos y sacamos, pero hay estar muy bien físicamente. Por eso digo: “Larguemos los flanes, el pan dulce y la cerveza, y que haya gente preparada.” Los muchachos del COE (Comando de Operaciones Especiales) vienen acá y están muy contentos, y yo también, porque nos ayudamos unos con otros. Debiera haber más reparticiones y gente preparada. Pero estoy buscando una persona para que trabaje conmigo y no la puedo encontrar.
—¿Cuál fue el premio que obtuviste?
—La burbuja de oro al mejor buzo del mundo, según la cantidad y envergadura de los trabajos que he realizado, e inventos que hice –como sopletes para abajo del agua. Con el submarino que estoy construyendo y la batisfera escafandrilus –como se llamará la campana subaqua– no me van a poder ganar, aunque no estoy compitiendo.
“Siento pena y vergüenza por tanta mugre en el río”
Suele decirse que no se puede amar o querer lo que no se conoce. Y si ésa es la condición, Centurión es de aquellos que mejor la cumple, porque no solo suele recorrer su superficie, sino el propio lecho, allí donde queda el rastro de una ciudad con predominio de pobladores sucios y sin escrúpulos hacia su entorno natural.
—¿Qué percepción y conocimiento tenés del grado de contaminación del Paraná?
—Están tirando muchas cosas al río y muchos peces se mueren, se contaminan, tienen granos, virus y parásitos, porque no están acostumbrados a lo que tiramos y sale de los arroyos. Tengo un aparato para sacar radiografías debajo del lecho: hay tantas bolsas y mugre que da pena y vergüenza.
—¿Cuál es el síntoma más evidente de ese deterioro?
—El hecho de que se arroja telgopor, bolsas de residuos y botellas –ya que no todas flotan. Algunas vienen con flit, nafta, otros productos químicos, sedimentos, arena, portland… Todo esto es malísimo para los peces y para la vida del lecho. Cuando llueve toda la Naturaleza se lava, los residuos van a parar a las salidas de los arroyos de campo y de ahí al río. Todo esto viene desde hace 30 años y el problema se extiende desde el Amazonas.
—¿Qué te interesa investigar?
—En cuanto a buceo profesional lo relacionado con construcciones subaquas. Cuando me recibí de científico descubrí a personas muy útiles, me entusiasmé y estamos haciendo estudios y vacunas.
—¿Cómo funciona y qué fines tiene la Asociación Amigos del Puerto?
—Hay pescadores, profesionales y políticos que ponen 20 pesos por mes, con el fin de trabajar en la preservación de las especies. Hemos hecho limpiezas del río porque no queremos trampas mortales para los peces, tales como las bolsas de basura que no flotan. Hacemos estudios del agua y estamos preparando una embarcación para los incendios, porque la isla se quema y no viene nadie, salvo cuando ya apagamos el incendio. Necesito gente con estado físico porque es lo primordial en cualquier actividad riesgosa y peligrosa. El teléfono celular tampoco sirve, porque distrae. El día de la tormenta estuve haciendo salvataje de los vecinos y pescadores.
—¿Qué otros factores hay que considerar en el nuevo escenario climático, con relación al río?
—Antes no existía ni El Niño ni La Niña; ahora se está esperando El Niño. Las crecientes rompen y socavan construcciones subaquas. Estamos haciendo estudios con el Conicet sobre el río Paraná en este sentido pero no nos están haciendo mucho caso en cuanto a las advertencias, basadas en estudios minuciosos.
—¿Qué precauciones y medidas se debieran tomar en cuenta?
—La Municipalidad tienen que mejorar el sistema de recolección de residuos para que no tape las cañerías, hacer una inspección con prueba hidráulica de la bajada de todas de las barrancas del Parque Urquiza, porque hay cañerías que están rotas en varios lugares, en medio de la barranca. Entonces el agua en vez de seguir su curso se desvía hasta que rompe, con el agravante de las vertientes y otros factores. Hay que abrir las bocas de tormenta y meterse –con instrumentos especiales– para detectar las fisuras y repararlas. No sé si lo harán porque no sé si saben que se puede hacer. Y sobre el río hay filetes de correntada que están pegando sobre el puerto y otros sectores, provocando socavamientos. Lo que pasa es que las obras de río son muy caras. Pero se están dejando de lado cosas que son muy importantes.
Un “museo” que nació de las profundidades de las aguas
Además de un sitio acondicionado especialmente donde se disponen relucientemente las piezas del pequeño “museo” de Centurión, todo su taller y el coqueto espacio que mira al río ofrecen detalles que obligan a preguntar por ellos.
—¿Cómo fuiste armando tu pequeño museo?
—Regalaba piezas hasta que pensé en los museos que había visto y en lo que podía hacer. Así que me compré la máquina de pulir, me especialicé y comencé a pulir mis piezas. Aquí no hay nada bélico, salvo una pieza de un submarino de la Segunda Guerra Mundial. De las Malvinas también tengo muchas piezas porque los ingleses me contrataron para reflotar sus barcos hundidos, pero no me sirven porque son muy nuevos. Estas piezas son desde 1420, 1780, tengo algunas de 1900 –aunque no las quiero poner–, incluso tengo pedazos de galones incendiados…
—¿Cuál es tu pieza preferida?
—Las ruedas de cabillas, porque mi padre era capitán y cuando le sacaban fotos aparecía detrás de ellas.
—¿Y ese barril sobre el cual estás trabajando?
—Estamos extrayendo un galeón de 1720 en la zona de Montevideo –sobre el río de la Plata. Entre sus materiales y componentes –como parte de un arreglo económico– me tocó este barril de bronce, para pólvora, que cargado pesa 101 kilos. No he visto otro igual. Tiene sus balas correspondientes, de forma ovalada con punta, para que hicieran más daño.














