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La “Rubia Moreno”, capitana

Serie: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo.

Domingo 21 de Diciembre de 2014

Carlos Saboldelli / Especial para UNO
csaboldelli@hotmail.com

 

Las luchas faccionarias que durante muchos años y en forma armada  intentaban definir supremacías  en territorio nacional tienen muchas facetas. Los análisis de sus derivaciones políticas, su trascendencia y preponderancia histórica y sus consecuencias en la realidad del poder quizás quedarán para otra oportunidad.
Lo cierto es que alejándonos un poco de aquellas convicciones aparecen personas cuyas capacidades y presencias fueron dejadas de lado, olvidadas o insertadas en los ocasos por la historiografía y los historiadores.
Ya lo hemos dicho y es cierto, ante la falta de documentos veraces que consoliden al historiador buenas son las apreciaciones cultivadas en lo colectivo que apoyen al escritor; y algo de eso puede haber en una historia como esta: La “Rubia Moreno”, pulpera y capitana de los ejércitos de Santiago del Estero en la época de unitarios y federales.

 

 

Hubiera sido varón

 


Hacia el año de 1840 aproximadamente un matrimonio de vasco franceses instaló un negocio común en la zona seca de Santiago del Estero. Un negocio común era algo para todo uso, lo que llamaban de ramos generales y que incluía el único espacio en el cual el gaucho y los arrieros hacían de los caminos un oasis.
En ese ambiente feraz y hosco, hostil y agreste la familia Moreno dependía del funcionamiento de aquella pulpería para sobrevivir, y en eso andaban cuando la maternidad llegó en aquel solaz de febo intenso y polvo en los vientos. Como quien fuera de aquellos años, los Moreno ansiaban un varón. Tal vez sea cruel o suene desacertado pero en muchos casos la idea era esa: prolongar la estirpe, continuar con el sostén familiar, cuidar la hacienda, defenderse armado de las contingencias. En general, todas tareas que parecían exclusividad de los hombres y quizás sus únicas aspiraciones en el transcurso de la vida.
Pero bueno, una cosa son los deseos y otras las imposiciones del destino que uno está lejos de poder disponer. Por eso es que en el hogar de los Moreno nació una niña pálida y blanca, bien sana y de gritos penetrantes…dicen que el propio jefe de familia se santiguó a los santos en la invocación de protección y bonanza. Por las dudas nomás, y descargando de alguna forma sus deseos bautizó aquella niña con nombre de varón y solicitud del cielo: Santos.

 

 

Viviendo en la frontera

 

La Santos Moreno se crió entre aquellas rudimentarias condiciones de vida. Con el ejemplo de carreros y otros gauchos fue creciendo en la convicción de sobrevivir a esas agrestes condiciones. De chica le ensañaron a cazar animales en el monte, a percibir la presencia del temible puma y a eludir acciones indebidas. Dicen que maneaba hacienda y que podía administrar la pulpería, los bienes y hasta la existencia de toda su familia con la potencia de sus convicciones inalterables.
Sin dudas que aquel deseo viril de su padre había sido respondido de la mejor manera por el trazado divino: una mujer joven, vigorosa y bellísima.
Dicen (y solo dicen) que cuando entraba en la pulpería se hacía un silencio casi marcial, ante el respeto y la imponencia de aquella joven rubia que taconeaba en los tablones. Como quien dice una mujer que se hacía respetar.
¡Como para no hacerlo! La joven “Rubia Moreno” vestía como bien dice la zamba que rememora su nombre: falda roja de poncho tejido, vincha colorada y puñal de cabo en la cintura.

 

 

La batalla de El Pozo de Vargas

 


El carácter de la “Rubia Moreno” era el de un típico líder. Su palabra era escuchada y la confianza en sus propuestas permitía la realización de muchos objetivos y mejoras para el pueblo. Después de todo, la autoridad de ser la administradora de la pulpería y el respeto ganado en la fortaleza hacían de ella algo más que una mujer hermosa: una capitana.
En aires de revolución, en 1867 el caudillo Felipe Varela encabezaba uno de las últimas revueltas federales. Derrotado Urquiza, vencido el Chacho y con los principales jefes federales a la defensiva, la expedición de Felipe Varela no dejaba de ser una esperanza bélica.
¿Para qué vamos a hablar de eso? Lo cierto es que la gran batalla conocida como de “El Pozo de Vargas” estaba a punto de suceder, justamente en el federal Felipe Varela y el representante de las fuerzas nacionales Don Antonino Taboada que no era otro que un santiagueño combativo.
Entre ellos, en la tropa organizada venia entre el tumulto y las bestias un destello rojo y amarillo cuya voz de mando era el tronar de los escarmientos: la “Rubia Moreno”.
No solo ella sino que toda su familia se habían asimilado a las huestes de su caudillo, quizás sin más concepto político que su propia lealtad a Taboada o vaya uno a saber por qué. Pero si que ella, al mando de algunos soldados regulares, enfrentaba con temeridad las contingencias de la batalla y de la guerra.
La batalla del Pozo de Vargas comenzó cercano el mediodía. Las huestes federales cansadas y poco pertrechadas imponían lo mejor que tenían; un coraje terrible. Al principio, parecía suficiente para enfrentar a los santiagueños pero recordemos que el gobierno federal había comprado Rémíngtones; y esa diferencia era literalmente mortal.
Los federales fueron diezmados, rechazados y obligados a la dispersión de las derrotas. Así contado hubiera parecido que la “Rubia Moreno” podría regocijarse de esa batalla, de ese día casi con gloria. Ocurre que en el parte de difuntos, figuraba su propio padre como muerto a degüello.

 

 

Al final nomás

 


Ella había empeñado todo en esas expediciones. Pero la guerra tiene esas cosas, siempre pero siempre es más lo que se pierde que cualquier retribución. Sumida en la miseria y con el ocaso sobre la melena de trigo, aun tuvo tiempo de otras valentías. Porque a medida que ingresaban niños desamparados, huérfanos o mutilados a la pulpería que atendía aún, se ocupaba de arroparlos y alimentarlos. Y también (ya que estaba) los hacía bautizar y en muchos casos, hasta tenía que ponerles nombre a esos pobres infelices. Asi se fueron diluyendo sus últimos bienes, sus últimos afectos y su apenas recordada historia
Muchos decían que ella tenía la dureza de una mujer sin corazón. ¿Quién puede objetar eso, con la vida que hemos visto? ¿Acaso podía permitirse  la debilidad de las sensaciones o el fresco arrullo de algún recuerdo romántico? Nadie supo de ella algún amorío o algún retoño; tampoco la sensación de un reposo ni el encanto tibio del deseo. Vaya uno a saber, como si fueran esas las condiciones para ser  una mujer capitana.

 

 

 

Rubia Moreno (Zamba)

 

Rubia Moreno, pulpera gaucha de falda roja, vincha y puñal.  No había viajero que no te nombre por el antiguo camino real.

Hecha entre el ronco, bramar del dulce solo se oía su voz mandar. Eran sus ojos dos nazarenas
bravas espuelas en el mirar.

Rubia Moreno guarda mi pueblo a orillas del río natal.  Tu nombre heroico como figura,  como figura de cuño real.

Juntito al vado, tu rancho amigo alzaba al cielo su banderín por los carriles de cuatro vientos
venia el alerta de algún clarín

¿Tuviste amores?..., ¿tuviste celos?...  Rubia pulpera sin corazón. Eras más brava que las leonas de los juncales del Albardón

 

 

 

* Serie: Caciques, cautivas y algunos héroes sin recuerdo: Serie realizada en exclusiva para Diario UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros).

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