Eliezer Budasoff/De la Redacción de UNO
El silencio y los lugares comunes
Exactamente a las 3.18 de la madrugada, en medio del silencio más absoluto que haya escuchado alguna vez en el centro de esta ciudad de más de 1 millón de habitantes, la Policía comenzó a iluminar la fachada de un edificio que estaba sobre bulevar Oroño, a casi 100 metros de lugar de la explosión.
Enfrente de ese edificio, detrás de las telas que cubren la playa de estacionamiento del supermercado La Gallega, el equipo de rescatistas iniciaba un nuevo sondeo con equipos para tratar de identificar el ruido de la respiración o los latidos del corazón de alguna de las posibles víctimas que podrían hallarse bajo los escombros.
El trabajo de búsqueda, me explicó uno de los excombatientes de Malvinas que había acudido a ayudar, alterna sondeos con trabajo pesado: periódicamente se hace un sondeo, para el cual se necesita el máximo silencio posible, y después se vuelven a encender los generadores y se avanza con la remoción de escombros y la búsqueda con perros entrenados.
A las 3.18, unos minutos después de que se exigiera a los presentes un silencio total para iniciar un nuevo sondeo, se comenzó a escuchar un ruido proveniente del edificio ubicado en Oroño 230: en plena madrugada era posible oír el murmullo de un televisor o una radio que provenía de un departamento del tercer o cuarto piso, y era necesario apagarlo porque interfería con la búsqueda de sonidos vitales.
Después de tocar el portero, ingresar al edificio, golpear puertas y hablar con los vecinos, la Policía identificó el departamento. Allí no había nadie: habían dejado encendido un aparato para simular la presencia de gente, una costumbre habitual para disuadir posibles robos.
El murmullo terminó cuando pudieron cortar la fuente de energía de ese departamento, pero un hecho tan pequeño permitía comprender, de un modo directo, lo complejo y delicado de la tarea que sobreviene a la tragedia, la fragilidad a la que deben aferrar sus esperanzas los familiares de las personas que siguen desaparecidas, y la importancia del silencio.
Durante el día no me había acercado a la zona de la explosión por el mismo motivo que las autoridades solicitan a la gente no acercarse en una situación así: aquél que no tiene una función precisa, ni familiares o gente querida involucrada, interfiere con las tareas. Me acerqué al lugar cerca de las 2.
Unas 60 o 70 personas en total se distribuían en pequeños grupos por la zona, entre la esquina vallada de Salta y Oroño y el estacionamiento del supermercado: voluntarios civiles que repartían bebidas calientes, bomberos que descansaban o esperaban su turno, policías, personal médico, técnicos, excombatientes de Malvinas, unos pocos periodistas, y familiares y amigos de personas desaparecidas que miraban sin descanso la actividad de los rescatistas detrás de las telas.
En la esquina de Salta y Oroño tres chicas tomaban mate sentadas en el cordón: Stefi, Flor y Victoria eran conocidas de Florencia Caterina, una de las entonces desaparecidas, identificada por los medios como “estudiante de Bellas Artes de 27 años”, aunque ya se había recibido. Ellas se habían acercado para ayudar como voluntarias en la red solidaria. Sabían que Florencia vivía en el séptimo piso del edificio que se derrumbó, y que al momento de la explosión posiblemente estaba durmiendo.
El de Florencia Caterina era uno de los pocos nombres que yo conocía: Rosario, dentro de bulevares, funciona igual que Paraná, o que cualquier ciudad pequeña con alma de pueblo. Todo el mundo se conoce, o tiene conocidos en común en ciertos ámbitos, y varios amigos habían difundido su foto en Facebook.
Después de hablar con las chicas seguí las actividades de los rescatistas desde lejos, recorrí la zona, vi a familiares alejarse para que los otros no vieran su llanto, esforzándose por sobreponerse a lo peor de las dudas. Me fui a las 3.30, cuando habían iniciado un nuevo sondeo: tenía información suficiente para el reporte radial que me habían solicitado, y no había nada nuevo que se pudiera decir más allá de un estado de situación.
No pretendía hablar con los familiares: la experiencia del dolor es intransferible, cualquiera que haya sobrellevado un dolor importante lo sabe.
Ayer, poco después de mediodía, leí que Florencia Caterina había sido la décima víctima fatal identificada. El escritor Emmanuel Carrère dice que hay lugares comunes, fórmulas del lenguaje, que no dejan de ser precisas para expresar sensaciones reales. La expresión “se me heló la sangre” es una de ellas, dice. Cuando no se quiere caer en lugares comunes, pienso, lo único sensato que tal vez podemos manifestar los extraños en medio de una tragedia, es el silencio.













