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El hábito no hace al monje ni la pluma al chamán

Hay frivolidad en algunas aspiraciones narcisistas disfrazadas de chamanismo. Abundan ínfulas de protagonismo, más que la búsqueda espiritual. Con disfraz se disimulan las apariencias

Jueves 06 de Noviembre de 2014

Gustavo Fernández / Especial para UNO
gusfernandez@yahoo.com.ar

 

 

 

 

Las correrías de dos mexicanos por tierras argentinas realizando “ceremonias” donde el objetivo es darle un “nombre indígena” a los alumnos, previo estipendio, me llevaron a reflexionar sobre la frivolidad de algunas aspiraciones narcisistas disfrazadas de chamanismo. Porque tiene más que ver con algunas ínfulas de protagonismo más que con la búsqueda espiritual, el disfraz con que algunos buscan disimular sus apariencias.
Porque ciertamente, no es otra cosa el creer que porque te dan un nombre de connotaciones ancestrales estarás un paso más cerca de encontrar verdades –o alcanzar la sabiduría- que si continúas orgulloso/a de tu nombre de pila. Ya perdí la cuenta el número de veces que –por ejemplo, en ese “atanor” que es el Temazcal (y no solo por la temperatura)- practicantes con aspiraciones de chamanes, que ingresan con su “bolsa chamánica” de siempre desconocido contenido y, según cuentan, objetos de poder legados por sus Ancestros o por el Maestro que los “iniciara”, y de la que no se han separado en todo el día, remitiéndose a ella como ídolos dadores de conocimiento por el mero hecho de estar abrazado a la misma en todo momento, salen disparados, confundidos y sacudidos por la experiencia abandonando como Pulgarcitos todo lo que entraron al inipi, recordando que los árabes enseñaban aquello de “lo único importante en la vida es lo que una persona puede salvar consigo mismo en un naufragio”. Quizás y espero, habiendo aprendido que es la manera en que se remontan las experiencias (las de un temazcal y las de la vida) y no los coloridos objetos que se exhiban lo que hablan del verdadero Camino recorrido.
Ah, y el nombre… Pasa seguido. Alguien que se me presenta –no podía ser de otra forma- con una frase estereotipada del tipo “Soy-Chocholisti-Humapuchtli-pero-mis –padres-eligieron-que-en-este-plano-me-llamara-Juan-Pérez”. Dicho, claro, en posición hierática y voz de barítono. No muy distante del “maestro chamán” que se presenta como más chamán si porta poncho, túnica y cinta con pluma. Y frente a un público que está convencido que se es más chamán si se tiene la piel cetrina, cabello largo, preferentemente oscuro, y pasaporte amerindio. Sin comprender que esto es una forma de “racismo al revés”, que supone el conocimiento asociado al aspecto, la vestimenta, la identidad racial y, por extensión, excluye de ese conocimiento a quien no vista y luzca de la misma forma.
Y también, aquellos que insisten en querer una “experiencia mística” con “plantas sagradas” (ayahuasca, peyote, San Pedro…) como necesaria e imprescindible vía de acceso a las percepciones sutiles. Que no está mal como experiencia, pero proponerlo como condición única y excluyente es disfrazar de espiritualidad el esnobismo de drogarse un poco y tener algo de lo que alardear en reuniones sociales.
El verdadero Camino, la verdadera Búsqueda, tal vez vaya por otros andariveles. El de probarse y foguearse en la vida cotidiana, el ejercicio de la Voluntad y la solidaridad. El de enfrentar los miedos y las propias miserias para ser chamán de uno mismo, antes que de los demás. Porque un verdadero “hombre-medicina” o “mujer-medicina” comprobará en sí mismo, primero, aquello que comparta luego con los demás. Y que, sin duda, será algo, mucho más, que la venta de un “packaging”. Ah, por cierto. Tochtli Huitzilopochtli, para servirles.

 

 

 

La definición de la actividad que genera controversias

 

 


En Wikipedia no se ponen de acuerdo para definir al chamán. Pero surgen algunas afirmaciones. Por caso, que el chamán es un individuo al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de esta, de manera que no responden a una lógica causal. Esto se puede expresar finalmente, por ejemplo, en la facultad de curar, de comunicarse con los espíritus y de presentar habilidades visionarias y adivinatorias. Es el término usado para indicar a este tipo de persona, presente principalmente en las sociedades cazadoras y recolectoras de Asia, África, América y Oceanía y también en culturas prehistóricas de Europa. En algunas culturas se cree también que el chamán puede indicar en qué lugar se encuentra la caza e incluso alterar los factores climáticos. El término proviene del sustantivo en idioma tungu (de Siberia) shamán (‘el que sabe’), y este del verbo sha (‘saber’).
Cumplen un papel central en las comunidades cazadoras y recolectoras, como depositarios de sabiduría. Su don es recibido por herencia, ocasionalmente por vocación, pero suele exigir siempre pasajes de iniciación, consistentes en largos ayunos, retiros y, en ciertos casos, ingestión de alucinógenos. Suelen ser elegidos por familias y anteriormente por los espíritus (elección divina), y deben someterse a un riguroso entrenamiento. Entre sus funciones están comunicarse con los espíritus para corregir los errores de la comunidad a la que pertenecen, por lo cual también restauran la armonía entre el hombre, su mundo espiritual y el mundo físico.
No se atribuye a los chamanes el papel de sacerdotes, ya sea porque está asignado a otros individuos o porque no existe una clase sacerdotal. En este caso, toda la religiosidad tiene su centro en la figura del chamán, el único intermediario con los espíritus. El chamán convierte a los espíritus de la naturaleza y de los hombres en sus familiares. Con todo, el prestigio del chamán en la tribu deriva muy directamente de su poder de sanar.

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