Daniel Caraffini / De la Redacción de UNO
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Confusión y debate sobre la misión de la escuela
No está demás decirlo, más allá de que es una verdad de perogrullo: la caída de la calidad educativa constituye una problemática social que atenta contra el progreso de una comunidad y la generación de igualdad de oportunidades para todos.
Si bien es válido reconocer que las lecturas de carácter cuántico constituyen una medida afín a la percepción neoliberal económica, las estadísticas oficiales permiten confirmar un estado de cosas que todos parecen ver en la realidad cotidiana. Para eso existen las mediciones: para que los organismos públicos puedan disponer acciones que revierten situaciones como deterioro de la calidad educativa, deserción, repitencia, entre otros indicadores.
De acuerdo con los últimos registros del Ministerio de Educación de la Nación, aproximadamente uno de cada cuatro jóvenes tiene sobreedad escolar en todo el país, y Entre Ríos no está exenta de esa situación; en la Secundaria, una proporción similar no alcanza a pasar de grado.
En términos de calidad educativa, los estudios oficiales demostraron en los últimos años los inconvenientes en aspectos básicos de alumnos de Primaria y Secundaria, como las Matemáticas o la comprensión lectora. Esta tendencia fue corroborada –cuestionamientos iniciales por medio, hasta su aceptación posterior por parte de las autoridades– por la evaluación internacional PISA, que ubicó al país en el lugar 59 sobre 65 países examinados. Estos problemas en las trayectorias educativas se arrastran hasta la universidad: en ese ámbito, desde hace años se observan las diferencias notables y lamentables entre educación pública y privada, ese abismo que distingue estamentos sin paros docentes, con jornada escolar completa y variada oferta curricular, y escuelas envueltas en complejas situaciones sociales, carentes de infraestructura, y en las que su personal denodadamente lucha por la contención y retención de niños en el ámbito escolar.
Según el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), el 19% de los adolescentes en los primeros años del Nivel Medio y el 41% en los últimos años no asisten a la escuela o están atrasados respecto de su edad.
Como contrapunto, tan cierto como la merma de la calidad educativa es el incremento de la matrícula escolar en los últimos años, a partir de las exigencias establecidas en la Asignación Universal por Hijo. Una acertada medida asistencial para garantizar derechos básicos de los niños a la alimentación, a la salud, a la educación. Sin embargo, en lo conceptual, parece haber quedado confundido junto con la contención, como una continuidad con aquel rol a fines de los 90 y principios de siglo, en que las escuelas eran el lugar para recibir la ración de comida diaria.
La entrega de netbooks fue otra decisión que permitió a los sectores más postergados el acceso a bienes culturales y a la tecnología.
No ha sido menor tampoco la inversión educativa, aunque seguramente no es la que se requiere para un proceso de mejoras.
En este cuadro de situación, de claroscuros y opiniones cruzadas, el anuncio de medidas como la eliminación de aplazos o la admisión de alumnos en el grado que corresponda a su edad, aunque no hayan cursado los anteriores, la no repitencia en Primaria, entre otras anunciadas y descartadas en horas por la polémica en provincia de Buenos Aires –aunque la flexibilización de la Primaria es una estrategia del Consejo Federal de Educación que integran las 24 provincias–, muestra no tanto una falta de planificación, sino más bien un estado de confusión general en torno a la misión de la educación, defecto que no corresponde solo a un Gobierno, sino a un país que oscila y vacila en sus proyectos colectivos a largo plazo, y constantes cambios de leyes educativas. Y esa confusión envuelve a los educadores para estar al frente de las aulas; a los educandos que muchas veces no comprenden bien hacia dónde los transporta la educación, que no entienden los códigos de convivencia y el rol de la enseñanza; y a los padres, que pretenden que la escuela aporte tantas cosas por sí sola, que hoy no bastan.
La escuela ya no es la misma que décadas atrás. Sin embargo, en la tarea pendiente actual de la escuela inclusiva de nuestro tiempo reside una de las misiones de siempre: que pueda ofrecer educación para crear igualdad de oportunidades para todos.













