Valeria Girard / De la redacción de UNO
Volvió el Gran Japón, un bar con mucha historia
“Seguís andando por acá, regando con tu esencia este proyecto que arranca para volver a meterse en la gastronomía de esta ciudad”, las letras en manuscrito se amontonan en un papelito blanco que acompaña un cuadro cercano a la barra, en el cual se rescata una nota periodística hecha a Toto Echeverría el fundador del Gran Japón.
Maximiliano Echeverría no tiene recuerdos propios del negocio de su abuelo, pero son tantas las anécdotas que escuchó sobre el mítico lugar que aún hoy se asombra e intenta dimensionar tamaña responsabilidad que tomaron con su amigo de toda la vida, Nahuel Córdoba, cuando se lanzaron a reflotar el viejo proyecto, y brindarle, por supuesto, un toque de modernidad.
Maestro rural, Juan Bernardo Toto Echeverría llegó a Paraná para ejercer la docencia, pero una vez acá se dedicó al comercio. En la década del 50, con su socio lograron comprar a dos japoneses el edificio donde, por tantos años, funcionó el bar, en General Urquiza 1031. “Por eso le puso el Gran Japonés, no tenía que ver con la comida que se servía”, relató a UNO el nieto de don Echeverría. El lugar tenía espacio para 200 personas y en sus épocas de esplendor llegaron a trabajar 43 empleados y 14 mozos.
Junto a La Posta del Olivo, en calle Andrés Pazos, los Supersa en calle 25 de Mayo, el Gran Japón era uno de los negocios más importantes de la época. “Hoy hay 60 pizzerías. En ese momento Paraná tenía el 20% de la población que tiene ahora, por eso se convirtieron en lugares tan emblemáticos”, dijo Maximiliano.
La confitería Ideal, el plaza Hotel, la juguetería Varela y el bar café se sucedían en una mirada panorámica sobre el sector céntrico de la capital entrerriana. Montado casi a mitad de cuadra, frente a la juguetería, el bar y café Japón tendía sus mesas de café al frente y varias mesas de billar y de cassín al fondo.
Cada aroma esconde un recuerdo, es por eso que, a veces sin saber, amamos un olor determinado y otras veces lo odiamos. Es como que nuestra mente hace una serie de asociaciones entre una persona o cosa que nos encanta y su olor. ¿Son los mismos cocineros?, preguntó un distraído al pasar. La pregunta causó un poco de gracia y a su vez emoción. No lo son, pero los nuevos captaron la esencia.
La clientela del Japonés no puede escapar a los recuerdos, encendidos por el olor a cebolla rehogada y carne de la fugazzeta, un solo resoplar de nariz y las imágenes se agolpan. No soy de Paraná, pero cada vez que nombré el bar, a una exclamación le siguió una anécdota. Hasta un taxista, en esas charlas que surgen de la nada, me contó orgulloso que ahí iban con su padre, e incluso con sus amigos a la salida de la escuela.
El objetivo de los dueños del nuevo local, ubicado en la esquina de Malvinas y San Martín, es homenajear a don Echeverría y, a su vez, captar distintas generaciones. “Hay paranaenses de 30 o 40 años que, si bien no formaron parte de la clientela del Gran Japón, escucharon anécdotas de sus padres y abuelos, y quieren tener su propia experiencia”, dijo Nahuel.
La tradicional fugazzeta rellena
El restó abrió hace dos meses con las características del viejo bar recuperadas. La pregunta de los paranaenses que se van enterando de la apertura es común: ¿Hacen la tradicional fugazzeta rellena?
La fugazzeta rellena de carne era la especialidad de la casa. Por eso Echeverría y Córdoba rastrearon a uno de los pizzeros que había trabajado con su abuelo. “Nos dio una mano con las recetas y logramos, sobre todo con la fugazzeta, acercarnos a lo que la gente está esperando volver a probar. Por lo menos, los viejos clientes que nos han visitado, nos dicen que el sabor es prácticamente el mismo”, dijeron.
Los parroquianos del viejo bar se dividían entre quienes disfrutaban de un cafecito y los que preferían el chopp. “Vamos de a poco”, explicaron los consultados. La idea está. A futuro también proyectan montar un espacio para el arte y la cultura; con exposiciones, ciclos acústicos y de cine.
Todos los detalles de la casa son una invitación a disfrutar de charlas agradables. Las copas que se esconden detrás de los farolitos chinos. Fotos antiguas. En una esquina aguardan los juegos de mesa, otra de las peculiaridades del viejo local traídas al presente. “Los pibes más chicos son los que se enganchan, sobre todo con el ajedrez”, contó Maximiliano. Los artilugios que evocan al pasado no opacan los que de alguna manera te regresan al presente. Paredes con tonos vivos, partes del techo y del decorado que simulan recortes de diarios y banderines de colores son algunos de los detalles.
No son los mismos cocineros, aún así más de uno debe sentir que está masticando historia, de esa que se trasmite de boca en boca.














