Una crónica desesperada tras la huella del sultán y su templo

Afirmaron que Sultanino había muerto. Se consultó a lectores empedernidos, coleccionistas de discos y en el cementerio. El hombre con su barba blanca, a los 73 años, aún anda de parranda  
21 de septiembre 2014 · 08:18hs

Pablo Felizia/ De la Redacción de UNO

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“Sultanino ha muerto. Lo enterramos hace un tiempo en el cementerio israelita. Las cosas que quedaron de él las sacamos a la calle. Estaba todo lleno de tierra y no servían para nada. Para qué agregar más”. Esa fue la única respuesta que hubo detrás de un quiosco extraño y cerrado en Monte Caseros al 600 de Paraná. Aunque parecía una proclama de Nietzsche, el portazo que sonó después, dejó al mediodía en silencio. En un comercio de la esquina hacía más de un año que no lo veían y una vecina de la cuadra no quiso hablar.

La consulta urgente a varios colegas no dio resultados. Algunos llevaban un tiempo largo sin cruzar al vendedor de libros y discos; a uno de los personajes queridos de la ciudad.

La reacción fue inmediata, casi desesperada; había que corroborar. Lectores inflexibles afirmaban haberlo visto caminar por Buenos Aires y Urquiza semanas atrás. Algo no estaba bien: coleccionistas de música en vinilo carecían de pruebas empíricas que demostraran el hecho con certeza.

Levín, así se presentó, es el cuidador del cementerio israelita y a las 15 del viernes ya trabajaba en el lugar. Miró las tumbas y las lápidas; nunca dejó de hacerlo. “Yo no lo enterré”, dijo, y enseguida agregó: “¿Sultanino es el hombre de barba blanca, el librero? Sí estuviera acá lo sabría porque los conozco a todos”.

Dos horas después y tras el rastro de adictos a historias en páginas amarillas, el amigo de un periodista aportó un número de teléfono celular. Fue cosa de llamar y esperar. Del otro lado atendió alguien como si recién hubiera despertado de la siesta y a juzgar por lo vivo de su voz y como dice la canción tan popular, Rubén Medina –Sultanino– aún está de parranda.

 

Un pequeño lugar en el mundo

En monte Caseros al 600 había un garage y una escalera caracol que terminaba en estanterías y pilas de libros; en el fondo, un galpón cuidaba la colección de discos. Fue el penúltimo templo del sultán. Se supo que aquella persona que atendió detrás del quiosco cerrado y pegó el portazo, no es de esas que se caracterizan por la amabilidad y el respeto hacia los demás.

Ayer por la mañana, Rubén Medina abrió las puertas de su actual y pequeño lugar en el mundo. Una habitación en Uruguay al 200 con los últimos lotes de su colección. Hay de todo, como siempre. “Qué loco. Estoy vivo”, fue su primera reacción y entre risas, cuando conoció la historia. El 30 de octubre cumplirá 74 años, nació en Buenos Aires en 1940 y cree, casi seguro, que fue por el 53 cuando llegó a Paraná para no irse nunca más.

Leía mucho, tanto que no sabía dónde poner los libros. Los guardaba, instalaba alguna estantería y le buscaba la vuelta. Decidió entonces llevarlos a su primer local de ropa y zapatos porque había más espacio. “Empezó a caer gente que me preguntaba si los vendía y se los llevaban. Después compré para vender y me dediqué a esto”, dijo mientras levantaba un parlante caído, fácil de adaptar a un tocadiscos.

Rubén es casado y tiene dos hijas, una de ellas se fue a España, allá por 2001. Los últimos tres lugares donde ofreció su colección al público fueron en peatonal San Martín 716, Monte Caseros 198 y Monte Caseros al 600. Ahora, la habitación de Uruguay al 200 es un espacio para cuidar lo que le queda a la espera de algún comprador que quiera hacerse de su tesoro o de gran parte de este.

Durante 30 años le vendió a estudiantes y amantes de la música. “Ni te das una idea la cantidad de lectores que hay. Una vez un señor me compraba clásica, era joven y se sabía la historia de cada compositor. Vivía en la isla y era pescador”, contó y enseguida confirmó un mito: hace varios años atrás, Alejandro Dolina llegó hasta las puertas de su local, charlaron un rato, se llevó algunos libros, discos y prometió volver con una camioneta para poder cargar títulos y vinilos; ese último detalle aún nunca pasó.

 

Entre los Stones y el chamamé

Sultanino, al voleo, calculó que tuvo más de 2.000 libros. Pero se detuvo frente a la pila que le queda. “Capaz que más”, agregó. En cada mudanza tiró mucho, los dejaba en la calle y quienes pasaban se llevaban un poco. Entre su colección, el de mayor valor fue una biblia del año 1700. Tenía ilustraciones y se la vendió a un amigo a un precio accesible. “De discos tuve colecciones enteras. Los Stones, los Beatles; tenía todo el tango, clásica y chamamé”, contó.

Aún le quedan dos reproductores de discos que andan y bien. Los quiere vender y aguarda con esperanza. “Es que no existen más, y por ahí hay alguno que le interesa”.

Devuelta para su casa se quejó por la cuesta de Uruguay que tiene que subir cada vez que llega hasta la habitación donde cuida sus libros. De camino contó que cuando tenía la tienda de ropa y zapatos, en la época de Martínez de Hoz, no pudo comprar más mercadería argentina. Parte de lo que entraba era de Italia y en Nápoles había un negocio o una industria textil que se llamaba Sultanino. “Decidimos con mi mujer ponerle ese nombre al negocio, total ellos ni se iban a enterar”. En la mañana de ayer, había cientos de paranaenses por la calle. Algunos lo reconocían con la mirada y seguían su andar. Rubén Medina está flaco, se lo ve contento y a juzgar por su humor, más vivo que nunca.

 

El jazz, Atahualpa y el libro como mejores compañeros

Muchos libros de los que vendía Sultanino traían una hoja adentro con un comentario de un lector anterior y cuyo destinatario era un desconocido del futuro. Eran pequeños escritos y salutaciones. También se podían encontrar primeras o últimas páginas escritas con el mismo sentido. Eso permitían y logran los libros usados, el canje, la compra y la venta.

En la colección de Rubén Medina, había de todo: desde el Estado y la Revolución de Lenin, hasta Mi Lucha de Hitler; desde literatura argentina hasta clásicos internacionales; textos raros de encuadernaciones antiguas y colecciones de principio de siglo. Algo de todo eso aún le queda. “Tengo ganas de venderlo como lote. A lo mejor alguien de Santa fe o de acá cerca, esté interesado, lo puedo vender barato. Todavía no tengo un valor, tendría que pensarlo”, dijo.

Lo que vendió casi todo es la colección de revistas. Llegó a tener años completos del Gráfico y Humor, entre otras. “Hay gente que es lectora pero todavía le tiene miedo al libro. No se familiarizan y es tan práctico; lo llevas a cualquier lado, te sentás frente al ríos y lo leés, cuando vas en el colectivo, antes de irte a dormir. Es lo más compañero de uno”, fue la sabia definición de Sultanino. Hoy y como siempre, escucha todo tipo de música. Es amante del Jazz y para él, como para tantos otros, Atahualpa es un genio. “Al que le gusta la música, le gusta todo. Esos que dicen yo solo soy un heavy metal, no sé, ojalá abran más la cabeza”.

No se sabe cuál será el futuro de la pila de libros y discos que todavía tiene. Los quiere vender; mientras tanto, alguien siempre aparece a hurgar en su nuevo templo.

 

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