La idea de un proceso de autonomía de las naciones menos desarrolladas pasaba, y pasa mucho más ahora, por el acceso a la tecnología de medicamentos. No se trata de ninguna novedad en ninguna parte del mundo, y menos aún en un país como el nuestro donde los laboratorios medicinales internacionales han tenido un rol central en las últimas décadas, como fue el de apuntalar el derrocamiento de un presidente hace poco más de 50 años.
Vacuna rusa: cuesta acordar la prioridad
Por Carlos Matteoda
(Télam)
Vacuna rusa Sputnik V
(Télam)
Ningún gobierno medianamente equilibrado va a intentar modificar esa situación en esta coyuntura; sino más bien, deberá preocuparse por conseguir el suministro de las vacunas que garanticen la menor mortandad posible. Argentina lo hizo a través de algunas variantes, dentro de las cuales se encuentra la vacuna rusa. No es la única, pero hasta el momento es la más avanzada de esas posibilidades. Esa vacuna, por si hace falta recordarlo, es necesaria para enfrentar a un virus que mayormente mata a los débiles, a los enfermos y a los viejos, y especialmente a todos esos grupos si son pobres.
La discusión de una sociedad madura –si se puede entender como madurez esa mirada que busque el bienestar de la población y el acceso justo a los medios para preservar la salud– debería estar enfocada en cómo proteger a esos sectores, además, por supuesto, de cuidar el empleo y la educación, entre otros aspectos básicos.
Sin embargo, hemos asistido a discusiones insólitas y a planteos malintencionados, que junto a algunos yerros comunicacionales provocan confusión, desconcierto y pesimismo.
Se ha llegado a discutir si la vacuna “soviética” contiene un chip que permitirá al enemigo rojo contar con toda la información nuestra que ya la dimos gratis y mansamente a Google, Facebook, Instragram y Whatsapp. Se ha dicho que la discusión (mundial) sobre si aplicar una o dos dosis del medicamento, era un recurso político de clientelismo. Y sin aportar un solo dato.
Nadie duda por supuesto de lo razonable que es pretender información acerca de tal o cual vacuna, o de cualquier política pública; pero debe reclamarse desde un punto de igualmente serio. Muchos de los grandes medios de comunicación parecen no haber entendido ese punto.
Es cierto que el gobierno nacional deja flancos para esa mala intención, a veces es contradictorio en la información que brinda; aunque tiene a su favor que la situación es inédita y ningún país la pudo resolver todavía. Los mismos que hace tres meses editorializaban sobre la conveniencia de dejar que todo el mundo se contagie para adquirir la inmunidad de rebaño, o que elogiaban la postura de Trump y de Bolsonaro, hoy reclaman desde un purismo periodístico-político e epidemiológico asombroso.
Resulta claro que el pueblo argentino –para quienes eligen pensar al ser nacional como un sujeto colectivo– tiene dificultades para establecer cuáles son las prioridades acerca de las que debe haber un acuerdo que esté por encima de divisiones partidarias, mediáticas y de las provocadas por los negocios. Se podría pensar que preservar la vida de las personas es tal vez la más importante de esas causas comunes, pero cuesta ponerse de acuerdo.
No somos capaces de preservar de la dinámica habitual de la política ni de la puja por intereses económicos un aspecto que central de nuestra realidad. Y por eso nos acostumbramos a ver contradicciones de todo tipo, justificadas en todo caso por razones de marketing y alejadas de cualquier atisbo de virtud.
Así estamos arrimándonos al año de convivir con la pandemia en la Argentina, con problemas que hace un año ni siquiera imaginábamos; pero discutiendo los nadie si nos pondríamos la vacuna rusa o no, como si las pulgas tuvieran la posibilidad de comprarse un perro; o nosotros de viajar a Miami para que nos pongan la dosis yanqui, de avivados nomás, como hacen las elites de este país.
Está claro que mientras no seamos capaces de establecer esas prioridades estaremos dispuestos a seguir apuñalando el mar, de agrietados nomás que estamos, y dispuestos a dar siempre las batallas equivocadas en beneficio de otros, que nos dicen de qué discutir.












