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Producción. La UTT, Minhoca y La vaca rumbera apuestan a cambiar paradigmas

Más agroecología para parar la olla con alimentos sanos

Tres experiencias de agroecología en Entre Ríos que comprueban que se puede producir sin químicos. ¿También pueden ofrecer productos más accesibles?

Viernes 23 de Abril de 2021

La inflación de marzo fue del 4,8%, lo que implica una variación interanual del 42,6% y del 13% en lo que va del año. El alza de precios impacta de lleno en los alimentos: el valor de la Canasta Básica Alimentaria se incrementó 48% en los últimos 12 meses. Según la estimación del Indec, una familia de cuatro integrantes necesitó el mes pasado 25.685 pesos solo para comer. Ante este contexto inflacionario al que hace tiempo no se le encuentra solución, vale preguntarse cómo construir circuitos alternativos de producción y comercialización que permitan a las familias parar la olla y, por qué no, hacerlo con productos saludables. Quienes producen con las técnicas de la agroecología en Entre Ríos aseguran que no es una quimera.

La experiencia de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) avala esa posibilidad. “¿Cuáles son los motivos por los cuales los consumidores nos eligen?”, se pregunta Christian Acosta, delegado de la UTT en Concepción del Uruguay. Y se responde: “Porque las mismas familias de Entre Ríos avanzaron en tener conciencia de que necesitan tener producciones saludables. Era una demanda de la sociedad pero no había dónde satisfacerla”.

En Concepción del Uruguay la organización tiene su Almacén de Ramos Generales, al que proveen entre 40 y 45 familias productoras. Cuando lo abrieron hubo desconfianza, porque ya existían muchos “almacencitos orgánicos o agroecológicos” de dudosa trazabilidad. Pero luego esto fue cambiando: “Hemos ido avanzando en la certificación participativa, con instituciones, con grupos de consumidores que van a las quintas y conocen a quienes trabajan la tierra. A partir de ahí se fue haciendo un respaldo de confianza comunitario, de que las producciones de UTT son efectivamente agroecológicas o bien están en transición, según sea el caso”.

El otro motivo por el cual les compran es por los precios, no solo los de venta al público, sino también porque hay cada vez más conciencia de que los montos que van a quienes producen son mayores que en los circuitos tradicionales. “Cuando una familia elige comprarnos a nosotros sabe que un porcentaje mayoritario del valor de venta va al productor efectivamente”, relata Acosta en diálogo con UNO.

“Lo agroecológico no puede ni debe ser más caro que lo convencional”, sentencia, pero aclara que también hay que hacer saber a la comunidad que en lo convencional el productor se lleva el 12% o el 13%, mientra que en lo agroecológico está por encima del 50% dentro de las estructuras de las comercializaciones directas de las organizaciones campesinas. “Entonces, ahí hay una relación justa con el productor y una relación justa con el consumidor”, subraya.

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Pero para hacer más accesibles estos alimentos saludables se necesitan cambios de fondo que solo el Estado puede llevar a cabo, porque hoy el productor está condicionado por un paquete tecnológico que lo obliga a que su estructura de costos esté dolarizada. “Un ejemplo muy concreto: los productores batateros de Feliciano, para poder llevar adelante la siembra, por lo general, requieren que el acopiador de Chajarí les adelante el dinero para la compra de semillas, insumos y demás; a partir de ahí queda atado a una estructura de comercialización obligatoria con ese acopiador. La semilla está en dólares, igual que los agroquímicos, el nylon, la cinta de riego. A eso se suma que el combustible sube a cada rato. Para poder cambiar el proceso inflacionario en la producción de alimentos hay que desacoplar la producción del dólar y la única forma es con la agroecología, donde nosotros vamos a la preparación de bioinsumos a costos en pesos, muy por debajo de lo que vale un insumo para una producción convencional”, relata Acosta. Y agrega que eso requiere de políticas activas del Estado, porque el productor solo no puede cambiar de un día para el otro de un modelo convencional a uno agroecológico y tener resultados positivos.

Producir en la vereda

Cina Citera, ingeniera agrónoma, lleva adelante junto con un grupo de personas la granja agroecológica “La vaca rumbera”, que nació hace 20 años en Sauce Montrull y que a pesar de varias vicisitudes, sigue adelante. Allí hoy hay producción de huevos, pollos, hortalizas y frutales. Por el momento, la mayor parte es para autoconsumo. Cosechan zapallos plomo gigantes, calabazas, hierbas aromáticas y medicinales. A su vez, con su marca “Verde que te quiero”, ella tiene registrados tres productos en Manos Entrerrianas: cúrcuma, una mezcla de arroz y legumbres y mix de semillas. La cúrcuma es de elaboración completamente propia, en forma artesanal.

Como la pandemia le impidió durante un tiempo ir al campo, llevó adelante una huerta domiciliaria, en la puerta de su casa. Las verduras crecen literalmente en la vereda, en una esquina de la zona del hipódromo de Paraná. Así, lleva a la práctica la idea de producir alimentos en cualquier pedazo de tierra. “Hay una nueva generación de gente que se está iniciando en la producción, porque hay muchos con interés de hacer sus propios alimentos. Eso es algo que tenemos que ir fomentando. Yo lo tengo comprobado: tengo una huerta en la vereda, de donde vendí verduras. El que tenga un pequeño espacio puede tener algunas verduras”, asegura Citera a UNO.

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Para que los alimentos agroecológicos sean más accesibles a los consumidores hacen falta políticas que permitan incrementar la oferta. Son las leyes del mercado, afirma la experimentada ingeniera agrónoma. “Al haber tan poca oferta de productos agroecológicos y mucha demanda, el precio puede ser un poco más alto”, admite, al tiempo que reclama una serie de medidas que permitan corregir esta tendencia. “Estamos bastante lejos de producir con facilidad agroecológicamente, porque la gran mayoría está haciendo un cultivo abandónico: tenemos algunos inconvenientes productivos, que hacen que la producción no sea en calidad y en cantidad como a lo mejor hay en otras producciones. Acá en la zona de Paraná había muchos hortelanos pero eran del tipo convencional. Ahora, la conversión a un trabajo sin agroquímicos es bastante difícil”, explica.

Citera considera que en la provincia de Santa Fe hay programas de reconversión productiva que de este lado del río están ausentes: “Y eso que hemos andado, pero en Entre Ríos y sobre todo en Paraná estamos siempre lentos, como tortuga. La idea del agrónomo en general es que no se puede producir sin agroquímicos, cosa que no es verdad. Tenemos que cambiar nuestro paradigma productivo y también de consumo. Y que haya políticas activas. Acá están trabajando en cambiar la ley de plaguicidas y la ley de agroecología está más muerta que viva. No tenemos una ley de fomento, no tenemos una ley de apoyo. Para que los consumidores sepamos que un producto es agroecológico necesitamos una certificación. Los que yo vendo tienen el sello, pero en las verduras no tienen la certificación, que es costosa. En la legislación de agroecología pretendíamos que hubiese una certificación participativa, de asociaciones de consumidores y productores, junto con organismos del Estado y de la docencia”.

Servicios ecosistémicos

“La agroecología es una revolución más que una ciencia y viene a cuestionar quién produce, para qué producimos, qué comemos y proponer cómo hacerlo”, dice Germán Rearte, convencido. Él es parte de Minhoca, un establecimiento rural agroecológico familiar, situado en Tabossi, que lleva adelante junto a su madre, Amelia Uzin, en el campo que originariamente era de sus abuelos. Rearte no tiene dudas acerca de que la agroecología sí puede ofrecer alimentos más baratos, pero considera que hay que hacerse dos preguntas: ¿cuándo puede ocurrir eso? Y lo más importante, ¿qué es lo que la agroecología trae a la par de la producción?

“Los alimentos agroecológicos, ya hay algunos estudios que lo demuestran, tienen muchísimos más nutrientes que los alimentos tratados químicamente. Ana María Primavesi decía: suelo sano, planta sana, cuerpo sano. Esa cadena se rompió hace mucho tiempo, La industrialización de la alimentación hizo que perdiéramos esa conciencia. Perdimos el sentido común. Y hoy con la pandemia eso está totalmente de manifiesto: la salud humana está deteriorada y el coronavirus muestra que hay mucha gente que está con problemas cardíacos, diabetes, presión arterial, síndromes metabólicos, un montón de enfermedades que tienen que ver con una alimentación. Y hay un sistema de salud, a través de los medicamentos, que permite que esos cuerpos sigan vivos mientras no pase nada. Pero en cuanto aparece algo como un virus desconocido, no hay tiempo para que la medicina dé respuesta, chau”.

Germán Rearte entiende, en ese sentido, que “la salud es un servicio ecosistémico de la agroecología”, porque cuerpos sanos significan un ahorro. Para fundamentarlo pregunta: “¿Cuánto menos tendría que invertir un Estado si no tuviera que estar corriendo atrás de respiradores?”

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Germán Rearte, de Minhoca, apuesta a los beneficios de la agroecología.

Germán Rearte, de Minhoca, apuesta a los beneficios de la agroecología.

Otro “servicio ecosistémico” es el ambiental. Para este productor entrerriano es “totalmente insostenible” seguir deforestando para producir alimentos para cerdos, biodiesel, etanol, madera. “Parte de eso va a una alimentación que fomenta una cadena de suelos no sanos, plantas no sanas y cuerpos no sanos. Además de que entre el 30% y el 40% del cambio climático está en manos de la agricultura. Sin embargo, la agroecología es capaz de frenar el cambio climático, porque uno de sus fuertes es que es capaz de atrapar la materia orgánica, el carbono de la atmósfera y pasarlo al suelo en forma de fertilidad. Con muy poco de aumento de la fertilidad de todo el suelo del planeta se termina el cambio climático”, sentencia.

Finalmente, suma su crítica al sistema oligopólico de producción, distribución y venta de alimentos existente. “Hoy una harina convencional puede costar 40 pesos en una góndola y una agroecológica puede estar en 70 pesos. Pero, más allá de que son dos harinas totalmente diferentes, los valores no son reales. La alimentación en Argentina la manejan muy pocas empresas. Al ser dueños de toda la cadena de alimentación pueden manejar las ganancias y las pérdidas de todas las cadenas y elegir eventualmente perder en harina, pero ganar en transporte, por ejemplo”, explica, A eso agrega que los precios de referencia están “en una burbuja financiera” y eso hace que no se pueda saber el valor real de las cosas. Por el contrario, asegura que la agroecología trae de la mano un “sinceramiento” de cómo se produce el alimento y cuáles son los insumos que se necesitan para producirlos, cuando hacen falta.

La UTT: de almacenes, ferias y verdurazos

La UTT es una organización gremial de base que en Entre Ríos nació en junio de 2019, con una docena de familias productoras de los departamentos Gualeguaychú, Uruguay y Paraná. Actualmente comprende a alrededor de 120 en toda la provincia y, además de esas tres jurisdicciones, hay bases constituidas en Diamante, Colón, Villaguay y Feliciano. En cada base hay un grupo de productores que eligen sus delegados y una mínima estructura de organización.“Nuestro principal punto de venta es que el compañero o la compañera pueda tener el mayor margen de ganancia y eso se logra con la venta directa”, describió Christian Acosta. Otra parte se vende en el Almacén de Ramos Generales que tienen en Concepción del Uruguay, en ferias y en los llamados “verdurazos”. Y otro poco se coloca en otros almacenes, mayoristas y supermercados.

Trabajan sobre la planificación productiva, esto es, con definiciones sobre qué producir. Es así que con el tiempo se fueron incorporando productos que antes no estaban en los planes, como cebolla, papa, zanahoria, morrón, tomate, berenjena, brócoli, coliflor o pepino. “En la última tanda de cebolla se hicieron 2.500 bolsas y casi 1.800 de zanahorias”, cuenta orgulloso el delegado de la Unión de Trabajadores de la Tierra. “Estos son datos que no existían en producciones agroecológicas”.

Es la asamblea de productores la que define los precios a que se deberá vender cada uno de los alimentos durante un periodo de tiempo que por lo general es de varios meses.

“Hay que ayudar a formalizar las estructuras de comercialización para los pequeños productores, sin matarlos impositivamente. Hay muchas familias que autoconsumen de su huerta y tienen apenas un excedente para hacerse el mango”, define Acosta.

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