Descubriendo Entre Ríos
Lunes 24 de Septiembre de 2018

La vida comunitaria no se da por muerta frente al individualismo

El reverdecer de la cooperación desde raíces más hondas y duraderas que el capital concentrado, fuente de fragmentación.

Como cuna del cooperativismo, Paraná puede ser una vía para la recuperación de economías superadoras del egoísmo moderno, economías que se desarrollaron por siglos antes de la instauración del sistema de competencia, individualismo y propiedad privada.
Esas economías de la antigüedad y del futuro se sostienen en principios de reciprocidad y comunidad que no pasan de moda, no pertenecen a un grupo ni a una época, y dan pistas ciertas a aquellos que se muestran hoy resignados al "sistema único" imperante.
Varias culturas arraigaron en el actual territorio del litoral por siglos. Una de las que han permanecido con su idioma íntegro y sus raíces bastante sanas es la guaraní, en la cuenca de los ríos Paraná y Uruguay.
Los guaraníes tuvieron influencias en vastas regiones, con grupos en el sur entrerriano cuando el arribo de los europeos, y dicen algunos autores, incluso, que los europeos jesuitas llegaron para evangelizarlos y terminaron absorbiendo su cultura.
Si el fútbol nació entre los guaraníes, que jugaban con una pelota elástica y con los pies, no es un antojo, entonces, afirmar que probablemente en Entre Ríos se jugó a la pelota mucho antes que en Europa, más habituada con el juego de manos. De la misma manera, al conocer los fundamentos de la economía de reciprocidad, que practican los guaraníes, es lógico suponer que esa modalidad (señalada por algunos como la economía del futuro), fuera la base de la vida cotidiana en nuestro territorio, si consideramos que distintas naciones tenían aquí principios comunes, como en una intersección.
"Puesto que en la economía de reciprocidad el objetivo primero e inmediato es el bien del otro, la economía de reciprocidad destruye de modo inmediato la pobreza en el mundo", dicen Bartomeu Meliá y Dominique Temple.

Por el ombligo
Ha quedado el idioma en el Paraguay y aledaños, y han quedado aquí centenares de vocablos que usamos a diario (Guayquiraró, morajú, Paraná, Paracao, pindó, ñandubay, isoca, Ibicuy...). Es obvio entonces que también quedan riquezas intangibles como la reciprocidad, y que se manifiestan en ámbitos impensados del campo y la ciudad.
La reciprocidad ha sido y es cultivada en diversos lugares del mundo. En nuestra región nos viene por vía directa, como la sangre materna por el ombligo.
Vemos puntas de la madeja cuando escuchamos el uso de la expresión "hermano" en nuestro territorio, cuando analizamos la tan generalizada gauchada, y cuando el trabajo se expresa en una fiesta como ocurre en las yerras, en las cosechas vecinales, o en la construcción de la losa de hormigón armado en la casa con auxilio de amigos, vecinos, parientes. Lo mismo en la literatura tan del litoral, que entiende al ser humano en el paisaje: en la isla, el monte, el río, el cardal.
"No es aventurado postular una continuidad entre el guaraní antiguo, el guaraní moderno y la sociedad paraguaya, y aun la latinoamericana", se lee en un texto de Meliá y Temple. Nosotros los entrerrianos estamos obviamente en lo que llaman Latinoamérica, pero más: somos en gran medida esa sociedad paraguaya, aunque una historia de menosprecios, persecuciones y genocidios encadenados trate de ocultarnos esa raíz. (Sumemos a ello nuestra condición de "paraguayistas y yerbócratas", por haber rechazado el genocidio del Paraguay en las rebeliones de Basualdo y Toledo).

Como los lirios
Meliá se esfuerza en explicar que jopói no es trueque, entre los guaraníes. En esa cosmovisión no se actúa esperando un beneficio personal. A no confundir.
Lo mismo decía mucho antes de los isleros entrerrianos y argentinos el oriental Marcos Sastre: "En los campos y en las islas del Paraná, del Uruguay y del Plata, como en los pueblos antiguos, el huésped es siempre acogido con respeto y alegría, servido y obsequiado con perfecto desinterés. Diréis que es de su propia conveniencia el ejercicio de la hospitalidad, para cuando llegue el caso de tener a su vez que reclamarla... Mas no es esta la hospitalidad del isleño argentino; él os recibe con el cariño de un hermano, de un padre; os introduce al seno de su familia, sin preguntaros quién sois; os cede su propio lecho; os sienta a su mesa con regocijo; parte con vos, sin admitir recompensa, sus escasas provisiones; y todo esto lo hace él, lo hacen su esposa y sus hijos con tan buena voluntad y tanto gusto, que os encontraréis contento y feliz y no podréis dudar que aquellos corazones gozan, al serviros, de la más pura satisfacción. He ahí la verdadera hospitalidad, la virtud inspirada por el Cielo". Eso se lee en El Tempe Argentino.
Cuando conversamos hoy con jóvenes y no tan jóvenes de la ciudad y el campo advertimos una declinación severa de la actitud cooperativista en los entrerrianos. Eso puede llevarnos a un error de interpretación: que la sociedad vaya perdiendo la confianza entre vecinos no equivale a una destrucción definitiva de lazos y modos.
Así como se va desnaturalizando lo comunitario también puede observarse la permanencia de una antigua savia en resistencia, un tanto oculta, que se manifiesta a la manera de esos lirios autóctonos de Paraná llamados tres puntas, o lirios del bajo, florecidos donde parece no haber nada, porque los bulbos están bien plantados en lo profundo, a salvo de sequías y heladas.

Paisano y paisaje
Un paisano entre nosotros es un campesino. Un hombre del pago. Paisana una mujer del pago. O una persona de vida urbana pero que conserva rasgos campesinos.
En el campo y en las comunidades pequeñas nadie pasa al lado del otro sin saludar, por caso. Eso se pierde en las ciudades grandes y resulta imposible en multitudes.
Paisano está relacionado en su raíz con país y con paisaje. En el fondo conocido de estas palabras está el vocablo del latín pagus: aldea, campo, lugar. Y entre nosotros, en el cono sur del Abya yala (América), el pago es el lugar donde nacimos o estamos arraigados.
Al decir "mis pagos" expresamos algo de orgullo sano, de nostalgia, de reverencia, y ahí están el ser humano y el resto de la naturaleza. Por eso el pago, visto como lo vemos acá en el litoral argentino oriental, y muy particularmente entre los panzaverdes, tiene una hondura comunitaria. Persona, sociedad, monte, río, pájaros, lomas quizá; artes, historia, modos de hablar y otras relaciones, pero no como una suma sino como un mundo integrado. Sin explicar detalles, cuando el paisano dice "mis pagos" está hablando de la simbiosis de su comunidad y el resto de la naturaleza, es decir: interpreta la expresión biodiversidad como el conjunto y dentro de ese conjunto, la cultura. Eso es una comunidad.

"Lah casah"
El paisano entrerriano no vuelve "a casa", a "mi casa", vuelve a "las casas", o mejor dicho, "lah casah", con la ese aspirada. Es como decir a la casa de uno y de muchos, de los abuelos y los nietos; vuelve al pago, a varias casas juntas, la ranchada, pero con estos árboles, estos trinos, estas presencias espirituales, estos sonidos, recuerdos, gustos, sueños, y estas fiestas.
Hay un feliz sentido de pertenencia: allí la casa no es la propiedad mía: yo soy un hijo de las casas, un deudor del pago, un miembro del paisaje vivo.
La chamarrita Pa' las casas, que cantan Los Hermanos Cuestas, dice como al trotecito: "A mis pagos voy, a mis pagos voy, ayer pagaron, la dischalada por fin se terminó. Me vuelvo pa' las casas y si Dios quiere voy a llegar, me vuelvo pa' las casas, pa'l mediodía ya voy a estar".
Con alta sencillez, sintetiza lo que no podría quizá un ensayo: "Se despiertan las aves llenando el cielo con su pregón, se despiertan las aves llenando el cielo y mi corazón... Y en el tajamar zambulle un macá, y en el barro amasa el hornero su ilusión".
El paisano, maravillado con los seres cotidianos que lo habitan, se va empapando de sí mismo con la madrugada, en el recreo de la zafra del maíz, y comparte con las aves sus propios anhelos. Todo eso se resume en la expresión del título: "Pa' las casas", sinónimo aquí de rancho, pago, comunidad. Ser humano en el paisaje.
El cantante no dice "me vuelvo pa' las casas" como está escrito, porque eso no se comprendería entre los panzaverdes. Las casas ¿de quién? ¿Qué casas?
La pronunciación honda y con sentido se escucha "me vuelvo pa' lah casah", como invitando a la humanidad toda al reencuentro. "Lah casah", o "laj casa", no mira el título de propiedad ni el individuo sino el paisaje, la querencia, no es cantidad sino cualidad, y celebra esa comunión que nada podría empañar.

Más que lo humano
Identidad no equivale a aislamiento, al contrario: es desde un lugar, que conocemos y comprendemos el universo y valoramos lo propio y lo extraño, e intercambiamos saberes, modos, pareceres. La ciencia ha menospreciado por mucho tiempo el lugar, el pago, pero las organizaciones sociales, los clubes, los artistas, los trabajadores, mantienen vivo el amor al pago, a la idiosincrasia, a veces cayendo, claro, en chovinismos porque el equilibrio no siempre es sencillo, pero casi siempre haciendo de esa relación un modo de conocer y amar.
Dice Arturo Escobar: "Casi toda la teoría social convencional ha hecho invisibles formas subalternas de pensar y modalidades locales y regionales de configurar el mundo". Y luego: "A diferencia de las construcciones modernas con su estricta separación entre el mundo biofísico, el humano y el supernatural, se entiende comúnmente que los modelos locales, en muchos contextos no occidentales, son concebidos como sustentados sobre vínculos de continuidad entre las tres esferas. Esta continuidad está culturalmente arraigada a través de símbolos, rituales y prácticas y está plasmada en especial en relaciones sociales que también se diferencian del tipo moderno, capitalista. Los seres vivos y no vivos, y con frecuencia supernaturales no son vistos como entes que constituyen dominios distintos y separados –definitivamente no son vistos como esferas opuestas de la naturaleza y la cultura– y se considera que las relaciones sociales abarcan más que a los humanos".
Y bien, es lo que irradia la chamarrita con letra de Rubén Cuestas y música de Julio López (si no nos equivocamos).
"Lah casah" bien podría considerarse sinónimo de tekohá o tekoá, que entre los guaraníes designa el lugar donde la familia ampliada desarrolla su modo de ser, comparte el vivir bien y bello dentro de la naturaleza, con los árboles. Y el modo de ser, ñanderekó, es comunitario, es una relación de reciprocidad.

De Martiniano a Mingaché
Dos procesos simultáneos se dieron ante nuestras narices, la destrucción de la cultura campesina y la destrucción de la cultura urbana, pero no está todo dicho.

En las vidas urbana y campesina se cultivaba la amistad, el espíritu de servicio. “Aunque sea algo de yerba, / dice mamá que le preste- / y corrían por los ranchos / los paquetitos del trueque”, dice el poeta Oscar Martínez de Paraná, en memoria de una costumbre del barrio pobre. Sin dudas ese trueque debe esconder un mar de fondo en la antigua y nunca muerta reciprocidad.
La cultura campesina fue atacada por el desarraigo, como resultado de los empujones de la economía de escala y las máquinas; la urbana por el amontonamiento sin treguas de aquellos desterrados, un flagelo que impide la lógica oxigenación social y los ritmos naturales. A menor sociedad rural, más hacinamiento urbano.
A su destrucción se suma un tercer daño: la destrucción de la sinergia entre ambos modos. No por completo, claro, pero destrucción al fin. Las dos sociedades, como el día y la noche, como el invierno y el verano, pueden alimentarse mutuamente, en una relación de pares opuestos complementarios. Pero la clase dirigente, en los distintos partidos gobernantes, ha perdido el centro y por eso presta poca atención o ninguna a ese proceso de deterioro, al tiempo que busca con afán y sin resultados alguna solución para la indigencia, la violencia y las adicciones que enferman a las villas. O crea ilusiones en torno de la vida rural, con planes que ocultan la verdad con propaganda. Y la verdad es el éxodo, la verdad es la concentración de la propiedad y la tenencia de la tierra y de los negocios.
Martiniano Leguizamón cuenta de la minga, que reunía en estos pagos el trabajo más fatigoso con las más bellas expresiones de juego, beberaje, humor, guitarras, pericones, amoríos, fiesta en suma. Dice que con la llegada de las máquinas, “al renunciar a los procedimientos primitivos y rutinarios se han borrado casi totalmente esos rasgos de desinterés, ese desdén altanero y bizarro por las riquezas”, que caracterizaba al criollo. “Ya no hay mingas en mi tierra!”, se lamenta Leguizamón. “Ya no resuenan en las noches de verano bajo la trémula claridad de las estrellas, las músicas, las danzas y los cantos con que se festejaban las felices faenas de la tierra”.
Su tono es de nostalgia y resignación, pero en pleno siglo XXI encontramos síntomas de comunidad antigua y vigente en las reuniones en torno del barrio, el club, el trabajo, la agrupación estudiantil, el sindicato a veces; el grupo musical, el deporte, la asamblea ambiental, los centros de estudio, la cooperadora de la escuela o el hospital, la cooperativa de agua, la huerta familiar, por ejemplo.
En este orden, la yerra y las carneadas como reunión festiva para el trabajo, sin más interés que el de compartir; la rueda en torno del fuego, el fogón; la rueda con el mate en el centro.
Allí campea la reciprocidad, allí la vertiente de ese mundo que no excluye, que no acumula en unos para despojar a otros. Digamos pues que el desdén por las riquezas, que vio Leguizamón, no ha muerto.
En mi Larroque natal, un grupo de ecologistas dio hace pocos años con el viejo nombre de un arroyo, Mingaché, e imaginó que por alguna vía ignorada estaban recibiendo un mensaje por la comunidad, la reunión, la minga, para el estudio de los modos nuestros y la protección del paisaje. ¿No hay allí un renoval?
País, paisano, pago, paisanaje: ahí vuelvo cuando vuelvo “pa’ las casas”, a una trama que incluye fibras diversas en la biodiversidad, y entre esas fibras está el árbol, el pez, la canción, la amistad, el silencio, la comunidad. El pago no traza una frontera entre el ser humano y la naturaleza, al contrario, recupera una unidad que la educación formal suele fragmentar para los estudios, sin cuidarse de los resultados: el conocimiento dividido y por eso engañoso.
En una milonga sencilla y redonda, Argentino Luna (Rodolfo Giménez) resumió el sentido: “mire que es lindo mi país, paisano,/ si usté lo viera como yo lo vi:/ un cielo limpio repartiendo estrellas,/ la madre tierra acunando el maíz”.
Cielo y estrellas, Pachamama y semilla, y no puede estar más presente allí la humanidad. El maíz es un símbolo, y sabemos de antiguas tradiciones que hablan de nuestra especie hecha de maíz, pero además pocos cultivos manifiestan la simbiosis de la semilla y el agricultor con las manos abiertas. Jopói: manos abiertas mutuamente, actitud propia del mundo paisano.
De ahí la gauchada, el apretón de manos, la palabra, la disposición para estar al servicio del otro con la certeza de que el otro respira la misma cultura y responde del mismo modo.



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