Miradas
Martes 29 de Mayo de 2018

Liquidación por cierre definitivo

Cuando decidí escribir esta columna de opinión, automáticamente empecé a garabatear un registro de locales históricos, emblemáticos de Paraná, que en los últimos meses cerraron sus puertas. Me impresionó ver que en cinco minutos tenía una lista demasiado extensa, demasiado triste, sobre todo si se piensa en todas las familias que perdieron su sustento económico tras la baja definitiva de persianas.

La idea me rondaba hacía tiempo, conforme iba viendo carteles agónicos de cierre definitivos o nos llegaba un dato a la Redacción y teníamos que salir corriendo a ver qué pasaba porque los trabajadores de tal o cual comercio habían llegado esa mañana a ocupar sus puestos de trabajo y los esperaba un frío e irreverente cartel de cierre. No se le puede encontrar a un letrero de cierre connotación positiva alguna, pero es tan violento e ingrato enterarte por un escrito escueto y un candado que en la empresa a la que tantas horas dedicaste "prescinden de tus servicios", como si uno en el día a día no dejase mucho más que el mero trabajo, como si en la rutina laboral uno no pusiera su impronta, su voluntad y pertenencia, como si uno no dejase un pedacito de su vida y de su historia en cada jornada laboral.

El 7 de agosto de 2017 llegamos con mi compañera a la estación de servicio Esso de la esquina de calle Cervantes y Buenos Aires, en Paraná. No me olvido más los rostros desencajados de los nueve empleados que habían quedado en la calle y que se habían enterado minutos antes de que la estabilidad económica de su familia ya no existía. Estaban ahí, sin saber qué hacer, ni siquiera se podían consolar unos a otros, les faltaba el aire, y a nosotras, ante semejante imagen, también. Algunos tomaban el teléfono y hacían lo que parecía más difícil, comunicárselo a sus familias.


Antes habían sido los empleados del hotel Alvear. Chiapino Lanas, en el caso de El Gato con Botas hubo madres que les compraron zapatos a sus hijos, e hijos que luego les compraron a los suyos en el mismo lugar pasando por ese negocio al menos tres generaciones, Santiago Deportes, Dacol que abrirá sus puertas sólo en verano (de chica tengo el recuerdo de pasar por la cuadra, frente a la plaza 1° de Mayo y recorrer con las manos la cortina de cadenas tan característica). El comedor Petra, una sucursal de la heladería Bahillo en peatonal San Martín, una de las casas de telas Manet, la casa de electrodomésticos Rizzi, la librería Códice en peatonal, Santiago Deportes, la sucursal de la librería Kláxika también en peatonal.
Hace unas semanas colocaba los carteles de liquidación por cierre definitivo la juguetería Big Factory; había abierto sus puertas en 1989 como juguetería Rataplan, con la simpática figura del tamborcito. Por más de 17 años he pasado por esa esquina y observado sus vidrieras, o la he mencionado como punto de referencia. No pude dejar de sentir el enorme vacío que dejará su ausencia en esa, su esquina. El Diario de Paraná, que aunque no anunció su cierre, si despidió 57 trabajadores y pase lo que pase a futuro, su fachada no es la misma en los últimos años, tampoco lo eran sus páginas ni sus contenidos. El videoclub Paraná, tan nombrado durante años, hoy se reconvirtió en un drugstore, y en esto también hay que entender que las transformaciones imponen nuevas alternativas.

"Ahora a los niños de más de 6 años o incluso más pequeños, no le llevan más juguetes, y se opta por más electrónicos o tablets. Toda la parte de electrónica le quitó a la juguetería. Antes –ejemplificó– vendíamos muñecas Barbie hasta los 12 años; hoy a esa edad las nenas no juegan más con muñecas, sino que van a bailar", dijo a UNO días atrás María Cristina Rouco, propietaria de Bog Factory.

Claro está que hay cambios en los hábitos de consumo, pero se da también una innegable estrepitosa caída de ventas desde 2017 y profundizada en los últimos meses. Fácil de advertir también, y pongo como ejemplo mi listado (en el cual seguro faltarán negocios), que no discrimina rubros.

El cierre definitivo de numerosos negocios se transformó en una constante. Los propietarios se ven obligados a tomar esta decisión de dejar de atender al público para no seguir trabajando a pérdida. Se nota más en la peatonal San Martín por la concentración de comercios, y pega con más fuerza por el alto costo de los alquileres de los locales, eso sumado a los impuestos, a los incrementos de los costos y la baja en las ventas producen un combo letal.

Todos duelen, pero hay cierres que punzan con mucha fuerza la identidad y dejan un gran vacío. Hay lugares, espacios comunes, ya sea comercios, esquinas, paisajes, galerías, monumentos o hasta bancos de plaza que hablan más de Paraná y su idiosincrasia que el mapa de Google o cualquier libro de Historia en el que puedan citarla.

Aún así comercios tradicionales, con más de 30 o 40 años en el mercado, bajan sus persianas definitivamente y dan paso a la nostalgia, al recuerdo por parte de los ciudadanos comunes. Paralelamente, para empleados de años significa volver al ruedo, patear la calle para entregar currículum y esperar ansiosos que suene el teléfono. Con mezcla de orgullo y tristeza, pedirán pidan referencia, trabajé por 20 años en tal o cual lugar, pero el futuro los encuentra así; esperando que nuevas persianas se levanten, con la bofetada diaria de los carteles callejeros que matan su esperanza: "Liquidación total por cierre definitivo".

Comentarios