Miradas
Domingo 30 de Septiembre de 2018

Cuando la maternidad pasa factura

En la Argentina, los hombres realizan 1 hora 33 minutos de labores sin paga al día, frente a 4 horas 17 minutos de las mujeres.

Para muchas, Jacinda Arden, la primer ministro de Nueva Zelanda, es un ejemplo perfecto del empoderamiento de la mujer.

Se convirtió en la primer ministro más joven y la segunda líder mundial en dar a luz mientras está en el cargo. Y por si eso no fuera suficiente, hace una semana, se convirtió en la primera persona en llevar a su bebé a la reunión de la Asamblea General de la ONU. Su marido, un presentador de televisión, también viajó con la bebé y la cuidó durante la asamblea.

Quizás su ejemplo –que fue noticia por lo atípico– sirva para poner sobre el tapete cifras sobre la desigualdad de condiciones en la que hombres y mujeres compatibilizan vida familiar y desarrollo profesional.

Los estudios demuestran que las mujeres cobran menos que los hombres ya desde el inicio de la vida laboral, pero que esa diferencia se agranda mucho más a las edades en las que con mayor frecuencia se opta por la maternidad –un fenómeno es lo que los expertos han dado en llamar la "factura de la maternidad"–, que conlleva para las mujeres de más de 35 años toda una serie de consecuencias laborales, como una mayor dificultad de encontrar empleo, reducciones de jornada y, sobre todo, estancamiento laboral: en igualdad de condiciones académicas y al inicio de las carreras profesionales, la brecha apenas existe, pero a partir de los 30 años, cuando la mujer decide ser madre, se orienta a ocupaciones compatibles con las cargas familiares.

Tal situación hace que la trabajadora pueda mantener el salario base, pero pierde los pluses relacionados con los horarios o una mayor dedicación.

Además, a partir de los 35 años el salario de las mujeres aumenta –si lo hace– muy poco respecto a la entrada al mercado laboral, porque tenemos menor proyección laboral. Si se mide en exclusiva la brecha salarial de género, en Argentina es de un promedio del 20%, de acuerdo a un informe realizado por la Superintendencia de Riesgos del Trabajo.

Las llamadas "tareas reproductivas" o tareas domésticas, que van desde la limpieza del hogar, pasando por hacer las compras, cuidado de niños, ancianos y enfermos, están distribuidas de manera desigual en todo el mundo: en los países en desarrollo, los hombres realizan menos de dos horas por día de trabajo no remunerado, mientras que las mujeres se adjudican unas cuatro horas, de acuerdo a datos de la OIT.

La proporción se mantiene en los países desarrollados. Pero en la Argentina, los hombres realizan 1 hora 33 minutos de labores sin paga al día, frente a 4 horas 17 minutos de las mujeres. En tanto, la jornada de trabajo remunerado alcanza las 5 horas 15 (en promedio) para los hombres, y las 2 horas 45 minutos para ellas. Además, según datos del Indec, el 88,9% de las mujeres y el 57,9% de los varones realiza trabajo doméstico no remunerado, según un informe publicado a principios de año por la agencia Télam.

Si bien es necesario un profundo cambio cultural, en nuestro país no vendría mal una iniciativa concreta desde el Estado. En marzo, antes de que se desatara el infierno financiero, la gestión Cambiemos había prometido presentar un proyecto de ley para eliminar la brecha salarial, tomando demandas históricas de la mujeres, pero la misma no es otra cosa que pura demagogia Pro.

El claro ejemplo a seguir es el islandés. A través de una ley entró en vigor el pasado 1 de enero, estableció que la diferencia salarial por género es ilegal tanto en empresas privadas como en públicas de más de 25 trabajadores. Para ello, el gobierno someterá a auditorías a las compañías, estableciendo sanciones para las que incumplan la medida y exigiendo a todas un "certificado de igualdad salarial".

Esto se suma a una ley aprobada en el año 2000 por el Parlamento de Islandia, concediendo a cada progenitor tres meses de licencia por maternidad y paternidad intransferibles. El cometido de la ley fue permitir que los hombres se hicieran también cargo de sus hijos y que las madres pudieran integrarse en el mercado de trabajo. Doce años después, la licencia aumentó a cinco meses intransferibles para cada uno.

Pero de Islandia estamos lejos, en el mapa y en la legislación.

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