Lucio Ortiz
Enviado especial a Brasil
Carandiru, la leyenda entre fútbol y caos
El complejo penitenciario de Carandiru, en San Pablo, fue conocido porque explotó como un barril de pólvora. Una rebelión el 2 de octubre de 1992 acabó en la muerte de 111 de los detenidos marcó la historia del presidio.
Tenía la fama de violento y guardaba tras sus murallas una intensa actividad futbolística cuando “rodaba la bola” sobre una cancha de tierra muy dura. Tenía su propia FIFA (Federación Interna de Fútbol Amateur) que como ejemplo de la homónima de Suiza, era todopoderosa en el presidio.
Sus dirigentes tenían circulación liberada por los distintos pabellones y tenían autoridad para excluir a los internos indisciplinados. Había campeonatos organizados, cada pabellón tenía torneos internos y los vencedores eran los que enfrentaban a los demás pabellones.
Los partidos eran duros, muy disputados sobre el campo plano, donde los más talentosos dejaban su marca. Las pelotas eran hechas por los propios internos y así tenían garantía de reposición porque los guardias, cuando la pelota pasaba la muralla, la devolvían con un tajo.
Los domingos eran días esperados porque una selección interna recibía la visita de afuera que, generalmente, integraban ex internos.
A los partidos los dirigía la mayor autoridad del penal y los presos aprovechaban para llamarlo “ladrón”.
La historia
La masacre fue causada por un motín de prisioneros en el pabellón 6 del penal. No hubo negociación con los reclusos antes de la incursión en el lugar de la Policía Militar al mando del coronel Ubiratan Guimaraes, porque las fuerzas internas no habían podido controlar a los reclusos.
Murieron 111 presos. 102 perecieron por disparos de los policías y 9 por puñaladas de otros reclusos antes de que comenzaran a disparar.
Los sobrevivientes afirmaron que la policía también tiró a los reclusos que ya se habían rendido y a los que intentaban esconderse dentro de sus celdas, por lo que es posible que el número de muertos fuera superior al que fue divulgado.
La prisión de Carandiru fue demolida el 89 de diciembre de 2002, poco después de que se grabara una película que reconstruía los
hechos de la masacre.
En junio de 2001, el coronel Guimarães fue inicialmente condenado a 632 años de prisión por 102 de las 111 muertes en la masacre (6 años por cada homicidio y 20 por cinco tentativas de homicidio). Al año siguiente, fue elegido como diputado estatal de San Pablo después de dictada la sentencia condenatoria, durante el trámite de la apelación de dicha sentencia.
La apelación fue realizada el 15 de febrero de 2006 por la Junta Especial del Tribunal de Justicia, que lo integran los 25 magistrados más antiguos del estado de San Pablo.
La junta reconoció por 20 votos contra dos que la sentencia condenatoria dictada por el jurado contenía un error, y aceptaron el argumento de que sólo estaba siguiendo órdenes.
Esta revisión terminó por absolver al demandado, lo cual causó indignación en varios grupos de derechos humanos, que acusaron el hecho de ser un “paso atrás” de la Justicia brasileña.
El 10 de setiembre de 2006, el coronel Guimarães fue asesinado en un crimen sin aparente conexión con la masacre. En la pared del edificio donde vivía fue pintado con aerosol “así se hace, así se paga”, que hacía referencia a la masacre de Carandiru.
Una historia real que marcó un antes y un después en las cárceles de máxima seguridad en Brasil.











