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Diálogo Abierto

"Tengo que cuidarme, pero mi corazón continúa en la gomería"

Entrevista a María Premaries, gomera. De la costura a las ruedas; albañil y madre. Muchas horas de oficio y riesgos en la gomería. El "uno a uno" e inversiones

Lunes 12 de Julio de 2021

María Premaries se ganó a fuerza de tesón, energía física y oficio el título de “la primera gomera de Paraná”, y para quienes transitan o estacionan en la gomería La Milagrosa no es novedad verla desarmar neumáticos con destreza, y manipular pesadas herramientas y máquinas. También es reflejo de una actitud muy distinta de la de quienes han visto socavado e incluso no conocen, por las prebendas, el facilismo y gobiernos incapaces de generar alternativas dignas a generaciones que se suceden, el valor del trabajo, y la dignidad y autoestima que genera.

Capítulo I: niñez y trabajo

—¿Dónde nació?

—En Sauce de Luna, cuando era Departamento Villaguay, donde estuve hasta los seis años, cuando vinimos a Paraná.

—¿Cómo era el pueblo en su niñez?

—No recuerdo nada porque me trajeron desde muy chica.

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"Tengo que cuidarme, pero mi corazón continúa en la gomería"

"Tengo que cuidarme, pero mi corazón continúa en la gomería"

—¿Volvió?

—Sí, cuando mi hermano trabajaba en la línea de colectivos y estaban libres los colectivos los fines de semana, se lo prestaban, pero no recuerdo mucho. Donde nosotros vivíamos eran todas taperas y campo. Ahora no sé.

—¿A dónde vinieron?

—A calle Rondeau, en la segunda cortada al fondo, viniendo desde Almafuerte y pegando con el tapial de Cotapa. Lindo barrio, de cortadas que nacen en Rondeau y llegan hasta ese tapial.

—¿Qué visión tenía del centro de la ciudad?

—¡Noo… éramos de salir muy poco! Para nosotros era lejos e íbamos muy poco.

—(Interviene el esposo, Carlos Kapp). A veces íbamos a la peatonal.

—¿Había un límite del lugar que no podía trasponer?

—M. P.: Íbamos a hacer mandados al supermercado sobre Almafuerte y nada más. No nos dejaban salir porque no era como ahora.

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"Tengo que cuidarme, pero mi corazón continúa en la gomería"

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—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?

—Mi papá trabajaba donde se hacían los camiones jaula para transportar las vacas, mi mamá era costurera de la Intendencia y de Paranatex, y nosotras la ayudábamos a coser en casa, lo cual hice hasta que me casé.

—¿Lo hizo desde niña?

—Sí, desde chica, siempre trabajando.

—¿Quiénes fueron sus ancestros que llegaron a Argentina?

—Mis bisabuelos, que no conocí, como así tampoco a la mamá de mi papá, quien falleció cuando yo tenía 16 años.

—¿A qué jugaba?

—A las muñequitas, les hacía ropa.

—¿Personajes del barrio?

—Todos vecinos tranqui, de diez, y nunca hubo ningún problema.

—No me refiero a vecinos problemáticos sino pintorescos.

—Toda gente laburadora y educada: mecánicos, uno que tenía un corralón…

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"Tengo que cuidarme, pero mi corazón continúa en la gomería"

"Tengo que cuidarme, pero mi corazón continúa en la gomería"

—¿Así que aprendió el oficio de costurera tempranamente?

—Sí, iba a la Escuela Magnasco por la mañana, salía y, además, iba a cuidar un nene y a la tarde cuidaba una nena, al lado de casa, y así… Y una de mis hijas también lo aprendió.

—¿Cuántos hermanos tiene?

—Siete, y yo soy la última, la más chiquita (risas).

—¿Qué imaginaba hacer cuando fuera mayor?

—No pensaba en nada porque solo la ayudaba a mi madre. Antes los padres te decían “tenés que ayudarnos a trabajar a nosotros”.

—¿Leía?

—Más o menos (risas).

—¿Qué le gustaba hacer?

—Me casé joven cuando lo conocí a él (señala al esposo), yo tenía 16 años y él 19, a los 18 tuve a mi primera hija, y crié a mis cinco hijos en la gomería.

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—¿Dónde lo conoció?

—En el barrio, porque trabajaba en Cotapa.

—¿ “Revoloteaba” por su casa?

—Claro, yo vivía pegado al tapial (risas). Nos conocimos en un baile de Universitario y al otro sábado nos comprometimos en el Club Argentino Juniors. Aunque ya nos habíamos visto cuando hacía mandados, lo veía ir y venir.

—¿Saltaba el tapial?

—(Risas).

—C. K.: Fue una vida no como la de ahora, porque había cultura, trabajo y tu viejo te decía “o estudiás o trabajás”. Optamos por trabajar: ella hizo una suplencia en el hospital, tuve tres trabajos y fuimos creciendo paso a paso. Nunca tuvimos planes sociales; y agradezco a Dios que tuvimos salud. Cuando venís de abajo es jodido.

—¿La dejaban ir a bailar?

—M. P.: Iba con mi mamá o con mi tía, y las primas.

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—¿Cómo fue la “aproximación”?

—Antes era con el “cabeceo”, y yo salí al toque (risas). Nos seguimos viendo en los bailes y comenzó a venir a mi casa.

—C. K.: Había horarios; mi suegra apagaba la luz y tenías que irte, aunque estuvieras “off side”.

—¿Qué pasó cuando le dijo a su mamá que tenía novio?

—M. P.: Tranqui, el drama fue cuando le dije que nos estábamos por casar (risas). Le pidieron los documentos porque él tenía edad para ir al servicio militar.

—C. K.: Ella no sabía que yo era exceptuado por ser clase 1956, así que se me armó un quilombo. Para llegar a la casa de ella tenía que ir con Gendarmería (risas).

Capítulo II: juventud y trabajo

—¿Continuaron en el barrio cuando se casaron?

—M. P.: No, hicimos una casa en lo de mi suegra, en calle Francia y Salinas, y luego comenzamos a construir acá (Blas Parera y Zuviría).

—C. K.: Trabajaba en Cotapa, cuando salía venía a cargar bolsas de material, ella me ayudaba y mientras estaba embarazada de mi primera hija, pusimos una gomería en Blas Parera casi Almafuerte.

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—¿Ahí comenzó con el oficio de gomera?

—M. P.: No, cuando vinimos acá (Blas Parera y Zuviría). Teníamos un compresor chico, hice una suplencia de tres meses en la cocina del Hospital San Martín, y con lo que gané nos alcanzó para comprar el primer compresor grande. Cuando teníamos la gomería allá, yo iba, miraba cómo trabaja y hacía algunas tareas livianas, y cuando él iba a la Policía, me quedaba a cargo de la gomería.

—C. K.: Después de Cotapa ingresé a la Policía pero era feo y me las tuve que aguantar, me fui con la última jerarquía y me sirve por la obra social.

—¿Qué fue lo primero que aprendió?

—M. P.: A armar y desarmar con la palanca, martillo y bajatalones, porque antes no había máquinas, todo era con la fuerza propia y manual.

¿Cómo era esta zona de Blas Parera cuando llegaron?

—Todas calles de tierra y el terreno era un pozo, así que tuvimos que rellenar. Mi suegro nos ayudaba porque era albañil.

—C. K.: Hace un tiempo hubo alguna gente que afortunadamente se fue, porque no podías sentarte afuera o estar en la terraza, porque andaban a los tiros.

—¿Cuándo cambió el lugar, urbanísticamente?

—M. P.: Con el asfalto, hace unos 30 años. Antes, adelante era todo tierra y pasaba una canaleta, e hicimos una playa para estacionar.

—¿Por qué eligieron este rubro?

—C. K.: Cuando era chico trabajaba en la calle vendiendo churros y sándwiches; un día me senté en una gomería que trabajaba las 24 horas y ahí comencé a aprender el oficio, que es sucio y pesado, pero gracias a él cumplí un objetivo.

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—¿A qué se refiere el nombre de La Milagrosa?

—M. P.: Por el barrio y la capilla; mis hijas fueron todas a la (Escuela Virgen de la medalla) Milagrosa.

—¿Qué le decían los clientes cuando comenzó?

—Llegaban, preguntaban por el gomero y les contestaba que “la gomera soy yo”. Me miraban con cara de “no queda otra”. La primera experiencia cuando quedé sola fue con un camioncito al que había que cambiarle las seis cubiertas. Preguntó por el gomero, le dije que la gomera era yo, le cambié las cubiertas y no podía creer.

—¿Alguno se iba?

—No, no.

Capítulo III: trabajo

pesado y más “liviano”

—¿Cuál fue el primer gran cambio tecnológico?

—La máquina de desarmar y armar cubiertas, hace 30 años. También tenemos una “chanchita”, para calzar los talones cuando las gomas están aplastadas. Le mandás 100 libras de golpe y calzan. Y la titocera para poner y arreglar las gomas cuando, por ejemplo, se rompen al costado.

—C. K.: La máquina arma y desarma hasta una goma de camión 750x16. Si tuviera que comprar una nueva hoy, no puedo. Con las gomas grandes se hace mucha presión porque las de camión tienen 14 telas, mientras que en las de auto son entre cuatro y seis.

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—¿Usted desarmaba manualmente las cubiertas grandes?

—M. P.: Sí, sola, a martillo y palanca, como las de los camiones del Transporte Imperial, que tenían aros. Había que aflojar las tuercas, golpear los sapos para que afloje la goma y después recién sacar, porque si aflojás una tuerca y no golpeás el sapo para que afloje, puede saltar el sapo, por la presión que tiene.

—¿Qué era lo más pesado?

—Las gomas de tractor y las de los camiones del Ejército.

—¿Cuál ha sido la principal evolución de los neumáticos?

—Que antes tenían cámaras y ahora no, así que hay que emparchar las cubiertas por dentro. También viene una mechita que se pone con una aguja y permite hacerlo sin desarmarla.

—¿Cuáles son los accidentes propios del oficio?

—Se me reventó una goma de moto cuando la estaba inflando, porque tenía roto el talón, pero nunca me sucedió nada, gracias a Dios. Ahora hay artículos seguridad, como los barbijos y para taparte los oídos, pero antes no había nada.

—C. K.: Me saltó el aro de una goma de camión, que lleva 90 libras, pero gracias a Dios estoy vivo. Estaba inflando, el aro pegó en el cabezal del compresor y caí contra el portón. También con una cubierta de moto y otra vez casi no lo cuento porque se me vino un camión encima. Además, nos quedaron zumbidos crónicos en los oídos, por el compresor y la pulidora, y a mí, además, por el trabajo en Cotapa.

—¿Qué horario trabajaban cuando comenzaron?

—M. P. Prácticamente estábamos las 24 horas, porque a veces nos necesitaban y venían a buscarnos a casa para ir a la gomería.

—C. K.: Trabajábamos con los camiones brasileros o los semi de Transporte Imperial, pero ese trabajo pesado hoy no lo hacemos. Ahora soy el único que vulcaniza las gomas rotas.

—¿Qué le gusta hacer cuando no trabaja en la gomería?

—M. P.: Cocinar.

—¿Una especialidad?

—Hago de todo: desde un asado a la parrilla o al horno, hasta fideos o ravioles caseros.

“Como no hay plata, en vez de

arreglar, inflan las cubiertas”

María, de gustos sencillos, describe el disfrute por su oficio y la relación con los clientes, más allá de que por estos días debió disminuir la intensidad de la actividad por razones de salud y para preservarse del frío. Además, se refiere a cómo ha repercutido el confinamiento y la crisis económica en lo específico del negocio, y la relación de éste con el estado deficiente de las calles.

—¿Qué comentan las clientas cuando la ven?

—Que cómo puedo aflojar las tuercas de las ruedas y ellas no. Así que les digo “si no te dan las manos, para qué tenés las patitas, ayúdate de algún forma (risas)”.

—¿Y los hombres?

—Todo normal, después de 45 años ya no hay diferencia.

—¿Cuál fue la mejor época, desde el punto de vista económico?

—Ya tenemos todas las herramientas necesarias, así que las mantenemos.

—C. K.: Con (Carlos) Menem crecimos mucho porque había mucha actividad, mientras que hoy no podés hacerte de nada. Por ese entonces existía el recapado; una goma costaba, por ejemplo $ 5.000 y el recapado $ 2.500. Hoy no se recapa más y las gomas de alta gama cuestan $ 25.000. ¿Quién tiene esa plata? La gente no tiene para moverse y está cerrando sus negocios. Hay que dejarse de planes y dar trabajo, porque me están sacando a mí para crear un plan, y eso no es viable. Hay que apoyar y dar crédito para herramientas al que labura.

—¿Cuándo desapareció el recapado?

—M. P.: Cuando costaba lo mismo comprar una cubierta que recaparla. Ahora las únicas que se recapan, en Crespo, son las de camión.

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—¿Cómo influye el mal estado del asfaltado de las calles?

—Se rompen muchas cubiertas y por eso las traen para vulcanizar, ya que, además, no se consiguen usadas. Las nuevas cuestan $ 11.000 o más y las de camioneta $ 28.000.

—¿Qué se nota cuando hay crisis económica?

—Como ahora no hay plata, inflan las gomas y siguen, salvo que agarre un vidrio y quede en llanta. Inflan y siguen, inflan y siguen… lo más que pueden.

—¿Qué pasó durante el confinamiento?

—Solo cerramos dos semanas, y mantenemos la distancia con el cliente. Pero no andaba nadie en la calle, como algunos días de ahora. En las mejores épocas reparaba 20 cubiertas por día y ahora entran tres o cuatro autos, y algunas motos.

—¿Pensó en dejar el trabajo?

—No me dejan salir al frío, pero me escapo porque mi corazón está allá (risas; señala el salón de la gomería); ahora están trabajando dos nietos y mi yerno, y mi hija me da una mano con la limpieza y los mandados.

—C. K.: Andaba con presión alta y tenemos que cuidarla.

—¿Por qué disfruta tanto?

—M. P.: Me encanta trabajar y charlar con los clientes, no puedo estar sentada mirando el techo. Crié hasta mis hijos mientras reparaba las gomas, incluso estando embarazada. El corralito para los gurises lo hacía con cubiertas.

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