Diálogo Abierto

Inclusión y convivencia para erradicar el asistencialismo

Entrevista con Laura Buson, psicopedagoga. Hockey y plenitud. Apana, experiencia determinante. Miedo, desconocimiento y prejuicios. La inclusión verdadera

Martes 17 de Mayo de 2022

Transitando el último tramo de su carrera profesional, la licenciada Laura Buson, directora de la Asociación Paranaense de Síndrome de Down (Aspasid) recuerda la primera relación con el mundo de la discapacidad, ni bien comenzó la carrera de Psicopedagogía, que influyó para siempre en cuanto a la orientación hacia esa realidad. Igualmente analizó las miradas sociales sesgadas, la falta de instrumentación de la legislación vigente y cuestionó las políticas asistencialistas, destacando la necesidad de la convivencia y la inclusión en todos los ámbitos.

Hockey o felicidad plena

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en la casa de mis abuelos, calle Santiago del Estero, a la vuelta del Cóndor, donde viví hasta que comencé la facultad en Rosario, estuve un año y volví.

—¿Cómo era el lugar en tu infancia?

—Un barrio tranquilo. Me crié en el club (Estudiantes).

—¿A qué jugabas?

—Al hockey sobre césped, que todavía juego, y también hacía patín.

—¿Cuándo comenzaste?

—A los cinco años, jugué hasta los 18 y volví después de muchos años, aunque ahora estoy un poco trabada por los horarios. También jugué al golf, pero es el deporte que con mayor disciplina y seriedad tomé en la adolescencia, y lo único que operaba como límite. Siempre consideré muy importante al deporte.

—¿Pensabas ser profesional?

—¡Sí, me hubiera encantado pero… bueno… estaba familiarmente lo importante de estudiar y hacer una carrera! No sé si hubiera podido dedicarme, más allá de que jugué en el seleccionado entrerriano.

—¿Cuál fue la época de mejor performance?

—Durante la secundaria, teniendo 15 años, cuando quedé seleccionada para el equipo de Mayores de 18. Fue un logro.

—¿Formadores importantes?

—Horacio Rognoni y Copete Burgos, el entrenador físico, una dupla maravillosa en lo deportivo, disciplinario y humano. También me acuerdo de Estelita Balcar y Liliana Rodríguez. Otro referente con quien trabajé es Martín Vich, con quien el año pasado tuvimos una experiencia hermosa dando hockey para personas con discapacidad en Talleres. Tiene muchos valores como persona, jugador y entrenador.

—¿Un partido memorable?

—Con el club, en un torneo de campeones de Primera, en Rosario, cuando quedamos terceras a nivel nacional. Era chiquita.

—¿Qué significó la referencia de Las Leonas?

—Tenía como referencia de mi puesto a Cecilia Rognoni, me gustaba mucho la forma aguerrida de Mechi Margalot, y Karina Masotta, Ayelén Stepnik…

—¿Cuándo retomaste?

—Luego de varios años volví a entrenar en Rowing, y con un par de ex jugadoras lo trajimos a Patronato a Roque Rognoni, luego lo llamaron del Hockey, nos cambiamos y jugué dos años.

—¿Sentías otra vocación?

—El hockey marcó mi infancia y adolescencia, el palo, el club y viajar eran la felicidad absoluta, hasta hoy.

—¿Otros juegos?

—Andaba en bicicleta, corriendo y andando en patín por la calle, salvo a la siesta.

Padres, odontología y sangre

—¿Qué materias te gustaban de la secundaria?

—¡No! Iba al comercial…

—¿Leías?

—Poco y nada porque mi vida transcurría en el club; el interés se despertó en la facultad.

—¿Qué actividad profesional desarrollan tus padres?

—Mi mamá, ama de casa y trabajó de todo un poco, y mi papá es ingeniero.

—¿Sentías otra vocación?

—La profesión me llegó por sorpresa; comencé Odontología pero me descomponía por la sangre.

—¿Fue por mandato familiar?

—Sí, mis padres siempre me dijeron que me “veían como odontóloga”. Estuve un año y me volví. Me gustaba la Psicología pero dudé; en el Teresa de Ávila estaba Psicopedagogía, era parecido, comencé, a los cinco meses me tocó una observación del rol docente en Apana (Asociación de Padres y Amigos de Niños y Adolescentes Aminorados), vi a los chicos y dije “es esto”, me encantó y ese año me quedé allí. Terminé la observación y pedí quedarme ad honorem como pasante.

Apana y un vínculo

—¿Por qué?

—Me gustaba lo que hacía la maestra. Hice un vínculo con tres alumnos en particular: Leo, Paula y Alan, a tal punto que los fines de semana hacía programa con ellos.

—¿Cómo fue esa primera aproximación?

—Algo pasó que me gustó y me alentó en la carrera; luego muchos años hice consultorio y docencia en escuelas de educación integral y como maestra orientadora integradora, y también como preceptora en la Escuela Centenario, para pagarme la facultad.

—¿Qué imaginaste poder hacer en el universo de la discapacidad?

—Me imaginé como docente pero a medida que transité la carrera me gustó el consultorio.

—¿Qué enfoque general predominaba en la carrera?

—Brindaba un abanico de teorías y yo acordé y sigo con la corriente psicoanalítica, que no era la dominante. Eran dos títulos: profesora en Educación Especial y la carrera de grado, licenciatura en Psicopedagogía. El profesorado tenía una orientación hacia lo que hoy son las escuelas de Educación Integral y como maestra orientadora e integradora. En cuanto a la parte clínica hay un abanico inmenso: desde la orientación vocacional, recursos humanos, gerontología, discapacidad, etc. El consultorio me encanta e hice hasta 2014.

—¿Por qué adheriste a la corriente psicoanalítica, especialmente en el trabajo en discapacidad?

—Por la cuestión de la subjetividad y lo que implica ir formando la identidad, los procesos psíquicos y simbólicos que construyen a la persona, por sobre las teorías conductuales y cognitivas. Mi tesis fue sobre (Donald) Winnicot, un psicoanalista de niños.

—¿Cuándo notaste el primer desfase entre lo académico y la realidad?

—En el consultorio me pasaba que no había una receta sino que cada niño era totalmente distinto a lo que puede decir un libro, más allá de la generalidad. Y dando clases, cuando la carpeta didáctica era una cosa y algunos días había que cambiar todo.

—¿Un caso?

—Recuerdo a todos los pacientes que tengo.

—Me refiero a uno que te hizo replantear cuestiones.

—Dos o tres casos que fueron muy movilizantes…

—¿Por qué?

—Cuando trabajás con niños en situaciones difíciles o que no la pasan bien, moviliza mucho, lo cual me sigue pasando, y me hace pensar y actuar. Igualmente cuando entré aquí (Aspasid) me marcó y cambió en el modo de poner en práctica la autonomía.

Aspasid, autonomía y convivencia

—¿Qué etapas marcarías en lo que ha sido tu carrera?

—Pasar del aula al equipo técnico fue un reacomodamiento en lo docente, y el ingreso acá me modificó la forma de ver un montón de cosas, por la mirada que tenemos de la discapacidad. Es algo que se fue construyendo diariamente, con la impronta institucional de que lo más importante es la palabra de la persona, para quien se busca la autonomía y que sea artífice de ese proceso de convivencia. Después de muchos años de compartir vas armando una mirada distinta de la de antes.

—¿Qué desaprendiste?

—Los modos de… la mirada estructurada, en cuanto a que los tiempos y modos no tienen que ser según una receta.

—¿Te funcionó?

—(Risas) Creo que sí, más allá de que diariamente quiero cambiar algunas cosas. Equivocarse y no tener todo tan en claro no es tan grave, ya que ese huequito que queda sin saberse te lo enseña o muestra el otro. Así se pueden construir un montón de cosas.

—¿El acento sobre la autonomía no está instalado como eje en las instituciones y escuelas por las que pasaste?

—Se apunta a eso pero hay particularidades en los integrantes de las instituciones. Hay sobreprotección por los miedos y resulta difícil poner en práctica la autonomía. El miedo te paraliza. Acá lo vemos como un proceso que realiza el propio joven con su decisión en cuanto a lo que le gusta y quiere hacer, lo cual hay que respetar y darle herramientas para manejarse lo más independiente y autónomo posible. Es un proceso difícil por la mirada del otro, más que por las capacidades de cada uno. Por eso me gusta hablar de convivencia, ya que todos tenemos alguna barrera que nos impide hacer algo o hacerlo del mismo modo que el otro. Hay que entender los tiempos y tener paciencia.

—¿Cómo opera el miedo de la familia?

—Hay que llegar a un acuerdo y mostrar que hay un montón de cosas que se pueden hacer. Un ejemplo simple y rutinario es el traslado por la vía pública, en colectivo o caminando, sobre lo cual hay mucho miedo a que se pierdan, le hagan algo u otras situaciones. Pero cuando la familia ve que hay compañeros que lo hacen, y el trabajo hecho para lograrlo, lleva a la confianza. Y si se pierde, tiene la capacidad para preguntar cómo llegar. Cuando esto ocurre, es maravilloso, por la autonomía y la libertad que logra, pues estamos hablando de jóvenes y adultos, no de niños. Para quienes queremos que en el futuro puedan conseguir un trabajo u otra actividad de intercambio social. Para eso, tiene que tener esas libertades y otras prácticas fuera de la institución, y estamos mucho afuera, ya sea en la radio (88.7 La Red Paraná), clubes y otros espacios.

—¿El aprendizaje en el ámbito de la discapacidad es…?

—En realidad en cualquier ámbito tiene que ver con el deseo. Si no hay deseo de aprender, no hay aprendizaje, por más herramientas que se den.

Recuadro

“Hay enormes falencias

en las políticas públicas”

Buson señala los prejuicios sociales todavía arraigados y enfatiza en la necesidad de que las políticas públicas se orienten según un concepto de convivencia y no asistencialista. “Las personas con discapacidad tienen que tener voz real y la inclusión debe ser en todos los ámbitos”, enfatizó.

—¿Qué prejuicios persisten?

—Un montón al igual que la falta de cumplimiento del cupo de cuatro por ciento establecido (por la Ley 13.865), el que “no van a poder” y el “como si”, que me genera molestia por la subestimación. Hay que explicarles cómo, sea en un trabajo, un deporte o en cualquier ámbito. El poder mostrar es importante para derribar prejuicios.

—¿Qué otras falencias se evidencian en las políticas públicas?

—Son enormes: la ley de Discapacidad se está reformulando y esperemos que cambie en cuanto a la protección de derechos, que se tome en serio la Convención Internacional de las Personas con Discapacidad, se derriben los paradigmas de sobreprotección y haya una nueva mirada de convivencia e inclusión, o como se quiera llamar. Pero que las personas con discapacidad tengan voz real en un montón de cuestiones, como por ejemplo la accesibilidad, y que pueda ser aplicada en los ámbitos de trabajo, educación y salud, sino se está siempre con la mirada asistencialista o de beneficencia, lo cual es tremendo. Una ciudad accesible, por ejemplo, no tiene que ver con una rampa, que ayuda a muchas otras personas, sino con un montón de cuestiones relacionadas con la convivencia.

—¿Por qué la tendencia de infantilizar eternamente a las personas con discapacidad?

—No sé… volvemos al concepto del miedo y también al desconocimiento, y cuestiones subjetivas que cada uno revisará o no.

—¿Algún anuncio?

—Los jóvenes están en la sexta temporada del programa radial Facheros y picantes (Radio 88.7 La Red Paraná), también tratando de producir contenidos digitales, construyendo el invernadero para el vivero, y en los talleres de snacks saludables, con productos muy ricos, y el de trabajos en madera y pintura en tela. Además del espacio de orientación vocacional y ocupacional, y educativo múltiple, y en junio comenzaríamos prácticas educativas en el Vivero Municipal. Los ejes conceptuales son ciudadanía, identidad, autonomía y educación sexual integral.

—¿Qué aprendiste por haber trabajado dedicada a este colectivo?

—No sé qué hubiera pasado si no hubiera estado en Aspasid y me hubiera dedicado exclusivamente al consultorio, pero acá aprendí el significado real, u otro, de la palabra convivencia, de respetar al otro, y aprender y recibir mucho más de lo que siento que di. Llegar y encontrarme con la palabra o el abrazo que necesitaba por parte del algún joven, ya que todos tenemos nuestras cosas y llegás chinchuda, preocupada o triste. Me ha pasado en otros lugares pero acá son tantos años que me marcaron. Al igual que por lo genuino de algunas cosas, lo que hace que al final del día, más allá de cualquier cuestión, el balance personal siempre es positivo. Hoy me quedo con eso.

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