Julio Vallana/De la Redacción de UNO
El karate o “después de muerto, un paso más”
Para el practicante de cualquier técnica, arte, deporte o disciplina conocer el lugar donde se originó es una meta por demás motivadora y no siempre con posibilidades de lograr. Eduardo Barrios es karateca y en su momento obtuvo su graduación de tercer dan donde surgió este arte marcial, la japonesa e histórica isla de Okinawa, en Japón. El luchador recordó aquella experiencia, destacó la vigencia de los valores de la disciplina y cuánto le sirvió para superar el alcoholismo, entre otras complicadas instancias de su vida.
De Berazategui a Sauce de Luna
—¿Dónde naciste?
—En Bernal –provincia de Buenos Aires– y luego vinimos a Entre Ríos.
—¿Hasta qué edad estuviste en allí?
—Hasta los 7 años.
—¿Cómo era el lugar?
—No recuerdo. Vivía en Berazategui –pasando Bernal y Florencio Varela. Lo que recuerdo es que pasando el rulo de Florencio Varela había una rotonda hacia la 14 y a diez cuadras de allí vivía con mi padre.
—¿Cuál era su trabajo?
—En la fábrica Rigolleau. Cuando se separaron, mi madre se quedó en Buenos Aires y nosotros nos vinimos a Sauce de Luna. Yo me quedaba en lo de una tía y no me dejaban salir ni a la vereda, por la inseguridad.
—¿A qué jugabas?
—Me gustaba mucho el fútbol. Jugaba en el fondo de mi casa con mis compañeritos y cuando venía mi padre, en la canchita del barrio.
—¿Otro juego?
—No, no; la bolita, cosas así… lo que hace un chico normal de siete años.
—¿Por qué se mudaron a Sauce de Luna?
—Porque mis padres son de allí. Cuando se casaron se fueron a vivir a Buenos Aires y nunca pude saber la verdad de cuál fue el motivo de la separación. Ya fallecieron los dos.
—¿Sufriste el contraste del cambio de lugar?
—Sí, bastante. Lo superé cuando vino mi abuela paterna. Era campo y un pueblito muy chiquito; ahora hay asfalto en la entrada.
—¿Qué actividad desarrollaba allí tu papá?
—Era policía, luego lo trasladaron a un destacamento sobre la ruta que va hacia Villaguay y me llevaba todos los fines de semana, mientras me criaba mi abuela. En Sauce de Luna fue una infancia linda e inolvidable, donde estuve hasta los 17 años. Mis dos hermanas se vinieron a estudiar y trabajar a Paraná.
—¿Algún personaje del pueblo?
—No me acuerdo… el loco Nieves, que andaba con baldes con agua. Como no había mucha agua corriente había que buscarla de un caño público. Este hombre la acarreaba a los vecinos y le daban una moneda.
—¿Tenías alguna vocación definida?
—No, lo único que quería era tener un trabajo seguro y progresar, pero no me gustaba estudiar, por lo que tuve serios inconvenientes con mi papá. Solo fui hasta primer año. Cuando nos vinimos a Paraná mi viejo se juntó con una señora, se formó otra familia y tuve más hermanos. Al retirarse se fue a vivir a San Benito y cuando cumplí 18 años ingresé a la Escuela de Policía, donde me recibí como agente, estuve en varias dependencias y di Defensa Personal en la Escuela de Concordia y en la de Oficiales de Paraná.
Maestros importantes
—¿Cuándo comenzaste a practicar karate?
—A fines de 1975, con Roberto Castañeda. Un amigo me invitó e hice un año de judo, con el profesor Vivas –en Echagüe– aunque no me convenció –sin desmerecer la disciplina porque es muy buena. Comencé a averiguar quién hacía karate y compraba revistas. Me lo recomendaron a Castañeda –en calle Bavio– y comencé las primeras prácticas.
—¿Por qué adoptaste el karate?
—Porque es más explosivo y espontáneo, en cambio en el yudo tenías que tomarlo (al oponente) y entrar en lucha. El karate es a distancia. Todas las disciplinas son positivas pero depende de cómo se entrena y enseña. Puedo ser muy bueno pero no tengo la docencia para transmitir. Es una vocación que hay que sentir y a mí me gusta transmitir mis conocimientos. Entrenaba mucho y llegué a primer dan con los sensei (Roberto) Castañeda y (Shoei) Miyazato (creador de la Escuela Miyazato Shorin Ryu Shidokan) en Córdoba. Cuando me quise independizar para enseñar no hubo acuerdo con mi profesor, me retiré de la escuela y me vinculé en Buenos Aires con el profesor Julio Brinkmann –quien había creado su propia escuela y de la cual fui el primer representante en Paraná. Él –que había sido secretario privado de Miyazato– fue el primer cinturón negro de yudo y karate en Argentina.
—¿Qué elementos esenciales aprendiste de estos maestros?
—La enseñanza y la formación fue positiva. Soy un agradecido de quienes me ayudaron. Gracias al karate y la fuerza mental y espiritual conseguí varios objetivos y pude superar experiencias muy malas. Tuve el hábito de tomar alcohol a partir de que perdí a mi padre y me parecía que el mundo se derrumbaba. Pero hace nueve años que gracias a Dios no pruebo una gota, por el deporte, el karate y la disciplina. Lo importante es levantarse cuando te caés y retomar la escala de valores. Tengo una hermosa familia.
—¿Cuándo lograste una técnica bastante depurada?
—Todos me decían que era bueno pero lo importante es descubrirse uno. Sin menospreciar a Castañeda, el profesor Brinkmann –ya fallecido– me dio mucha enseñanza.
—¿Dos o tres claves?
—Me marcaron el camino… eran unas charlas interminables, con dos personas muy especiales. Castañeda me transmitía lo que le había inculcado sensei Miyazato. Brinkmann viajó mucho, estuvo en Francia y varias veces en Okinawa, era muy reconocido y un referente en Argentina. Tenía su propia personalidad y pensamiento, era su vida, su filosofía… (se emociona, llora y se interrumpe la charla). Por ahí este aspecto se ignora pero cuando se toma con seriedad es una forma de vida. No podría estar sin hacer karate o alguna disciplina deportiva. Si me lo quitan, me matan.
—¿Cuál fue el mejor momento en cuanto a entrenamiento y desarrollo técnico?
—En 1987, cuando viajé a Okinawa.
¿Competir o no competir?
—¿Competías deportivamente en aquella época?
—En aquel tiempo –como todo okinawense– la Escuela Miyazato no entraba en competencia.
—¿Cuál era el objetivo primordial?
—Pulir la técnica y la parte espiritual y mental. En ese tiempo no entrábamos en competencia, aunque ya venía el boom del arte-deporte. Brinkmann me evaluó la categoría de primer dan, con varias correcciones que me tuvo que hacer, entrené dos años, me gradué segundo dan y comencé a entrar en competencia.
—¿Qué opinás del aspecto deportivo de las artes marciales?
—Es un mal que al karate le hace bien porque se difunde la disciplina, la escuela y las condiciones de los alumnos, pero le hace mal porque se deforma la técnica, ya que no es depurada, van al choque y “sale cualquier cosa.” La Escuela Miyazato trabaja más en la perfección de la disciplina y en ese tiempo no competían, todo lo contrario de sensei Brinkmann.
—¿Tu primer combate?
—En Capitán Bermúdez, con un (luchador de) kenpo karate.
—Practico esa disciplina. ¿Cómo te fue?
—No discrimino otros estilos. Hacíamos el karate okinawense y era muy estático, mientras que el de Brinkmann y el del instructor Miguel Ramos era más dinámico.
—Supongo que en ese combate fue marcada la diferencia por lo dinámico, explosivo y versátil del kenpo.
—No pude hacer nada; fue un balance totalmente negativo, pero positivo al fin. Cuando me quería mover (mi oponente) ya me había entrado tres veces, porque el karate que yo hacía era muy ortodoxo. Ninguna persona se va a poner bien de frente para darme el foco de ataque, porque el oponente es un ser pensante y quizás tiene más técnicas que las que uno conoce y más competencia. Desconocía este tema. Por eso insisto en que la disciplina del karate es una cosa y el arte-deporte, otra. Lamentablemente, sin menospreciar, conozco profesores de karate o que dicen ser instructores que venden humo y engañan a la gente. Dicen “karate kobudo”, cuando el karate es una disciplina y el kobudo, otra. El kobudo es el manejo de armas. No conozco un profesor de karate que se haya hecho rico enseñando. Quien lo practica lo hace como un cable a tierra, porque le gusta la disciplina o por la inseguridad.
Llegar a la cima
—¿Cómo surgió la posibilidad de viajar a Okinawa?
—Seleccionaron 180 cinturones negros para un Mundial inter escuelas y a mí me preparó Miguel Sánchez –de Rosario– quien era muy amigo de Brinkmann. Todo artista y practicante marcial quiere tocar la cima, y por eso quería llegar a la fuente del karate, Okinawa. Al bajar en el aeropuerto de Tokio no lo podía creer y me largué a llorar.
—¿Cuánto duró esa preparación especial?
—Cuatro meses a fondo. Los jefes que tenía en la Policía me ayudaron mucho, especialmente Rómulo Hernández, y también el por entonces ministro de Gobierno, doctor Negri. En esa oportunidad organicé en el club Olimpia el primer torneo abierto de artes marciales de Entre Ríos, al cual asistieron Brinkmann y Sánchez.
—¿Cómo fue la estadía en la isla?
—Vivíamos en un hotel al lado del mar, y almorzábamos y cenábamos en la base más grande de Asia. La Escuela Brinkmann pertenece a la escuela de Fusei Kisi, un profesor décimo dan en ese tiempo. Además estuve en el dojo de Akira sensei –el profesor de Miyasato– y en otros. Tengo fotos con el último descendiente de los samurái.
—¿Percibiste diferencias esenciales?
—El argentino tiene condiciones naturales para el karate y lo que ellos tienen es el desarrollo de la parte mental y espiritual, al igual que los chinos y coreanos. Se destacan en eso; es otra forma de vida. Igualmente tienen un gran respeto por las personas mayores, a quienes nombran “sensei” (maestro). Es difícil adaptarse a su cultura porque somos argentinos. Los okinawenses son bastante cerrados y para ir a un dojo hay que tener una buena recomendación ya que no entra cualquiera, no es como acá. El karate no está tan comercializado mientras que en Argentina se paga derecho de examen, por la filial… un montón de cosas.
—¿Y en cuanto al combate con los orientales, específicamente?
—Ahí es cuando se sacan conclusiones en cuanto a si me enseñaron bien o mal. Estaba bien preparado y seguro de mis conocimientos. Obtuve una katana (sable japonés) como primer premio al mérito deportivo.
—¿Cómo continuaste tras esta experiencia?
—Mi padre había muerto antes de ir a Japón y cuando volví tuve problemas en la Policía, y comencé a tomar. Se me juntó todo.
Otro combate con mucha voluntad
—¿Cuándo tocaste fondo con el alcoholismo?
—Cuando me di cuenta que estaba perdiendo todo: la familia, los hijos, no entrenaba… Fue un “clic” y dije: “Hasta acá llegué y no tomo nunca más.”
—¿Solo o fuiste a Alcohólicos Anónimos?
—Solo; hace ocho años y dos meses.
—¿Qué te sucedió el día que lo decidiste?
—Fue un sábado a la noche y me dije: “¡Qué preparado que estoy y qué viveza tengo; me estoy autodestruyendo y autoeliminando!” El alcohol te mata. No me interesaba nada y me sentía vacío. A pesar de todos los errores que cometí, soy creyente y le pedí a Dios. Hasta el día de hoy no tomo nada y recuperé mi escala de valores. Tengo una nieta de 8 años que la veo entrenar y le dije que será mejor que el abuelo. La única receta para dejar de tomar es la voluntad y volver a ser la misma, o mejor, persona que fuiste, porque tenés más conciencia, años y experiencia. Todas las experiencias malas, al fin, son buenas, para no cometer el mismo error. Se puede dejar de tomar y la única receta es no frecuentar los lugares y la gente donde ibas.
Siempre un paso más
—¿Alguna vez te probaste en la calle?
—No, si bien tengo un temperamento fuerte; es una lucha conmigo mismo. Pero entrenando, entrenando y entrenando uno pule ciertas cosas. El karate se practica en la casa, en la calle y en el dojo, no a las trompadas sino mental y espiritualmente, trazándose objetivos y superando obstáculos de la vida. El karate te da esa fuerza. Como dicen los orientales: “Después de muerto, un paso más.” Siempre una más.
—¿Qué te aportó en ese sentido?
—Me ayuda muchísimo. La persona que sabe no hace alarde porque sabe que hay mucha gente mejor, tal vez con la gran diferencia que en muchos casos que no se descubren a sí mismos.
—¿Siendo policía lo aplicaste en algún incidente o procedimiento?
—Muy poco, en algún procedimiento, pero siempre se trata de evitar porque se maneja con el Código Procesal Penal. Siendo policía tuve una mala experiencia (fue exonerado tras una condena por apremios ilegales). Todos tenemos derechos y deberes, y la persona civil –por más que sea un delincuente– es un ser humano. Para eso está la Justicia. Si golpeó a una persona sería un desubicado y abusivo.
—Pero es un recurso efectivo de disuasión.
—Es más recurso para reducir a la persona aunque hay mil maneras. En la defensa personal y en el karate los movimientos se encadenan.
—¿Qué diferencias observás de tu época de policía y de la actual, trabajando en el rubro de seguridad?
—Lo que noto es la gran inseguridad, lamentablemente. No quiero entrar en temas puntuales pero antes el delincuente tenía más códigos. Estuve mucho tiempo en Investigaciones y cuando trabajábamos teníamos un mapa del delito en la ciudad, y del 91 a la fecha Paraná ha crecido mucho. Ahora también hay mucha tecnología, elementos y personal, pero el delito sigue creciendo.
—¿Puntualmente a qué te referís cuando señalás los “códigos” de los delincuentes?
—Todas eran personas mayores, que no robaban una rueda de un auto, no arrastraban a una señora de edad y la quebraban para sacarle una cartera, ni te robaban los broches de la ropa tendida. Muchas cosas de este tipo. La Policía era respetada, cuando ahora, pobrecitos, veo que en la calle nadie los respeta. Me da pena porque pasé por ahí.
—¿A partir de qué momento se origina este proceso?
—Cuando comenzó la democracia no fue tal sino un libertinaje y a cualquiera le da lo mismo. Si andás de noche te das cuenta que no hay ningún respeto, la gente anda exaltada y no sé si es por la cuestión económica –que a todos nos afecta. En la Cinco Esquinas se bajó un tipo y mató un guardia cárcel, por una infracción de tránsito. Hay un desprecio total por la vida.
—Señalás 1983 pero en el lapso que va de ese año a la fecha la problemática no tuvo siempre las mismas características.
—Lo que veo como ciudadano común es que antes veías un uniformado y era un señor policía, y la gente confiaba, ahora no lo respetan, no confían, ni nada. Es un desastre y no podés salir con tu familia después de las diez u once de la noche. Y hay zonas donde no se puede entrar.
—¿Qué es lo que más te llama la atención de los perfiles delictivos actuales?
—Me llama poderosamente la atención la cuestión del flagelo de la droga. En eso hay un giro de 180 grados porque antes encontrabas a una persona en estado de ebriedad pero ahora no sabés la reacción que puede tener quien está con los efectos de cualquier droga. Ahora, tal vez, una persona te mata y mañana no se acuerda.
La defensa personal
—¿En qué medida –con este perfil de delincuentes– un arte marcial es garantía de defensa personal?
—Quien practica un arte marcial también es un ser humano y hay que ser inteligente. Si una persona se te viene con un cuchillo y no estás seguro de evitar ese ataque, tratá de usar las dos piernas y correr. Y si te viene con un revólver y no estás a distancia para reducirlo –aunque hay muchas técnicas– tenés que considerar el momento y el factor sorpresa. Tiene que ser un movimiento espontáneo. Por eso hay que entrenar no sólo lo físico sino lo mental. Los orientales primero practican lo mental y lo espiritual, y luego lo físico. Aunque, por supuesto, si estás bien entrenado, el riesgo se reduce mucho, teniendo claras las condiciones de la situación. Hay que ser un ser pensante. Si estás seguro de tus conocimientos hay que aplicarlos.
—Hay cierta tendencia de que en poco tiempo y fácilmente se puede adquirir capacidad de lucha o defensa.
—En una cena le pregunté a un sensei cómo era el tema –con todo respeto por todas las disciplinas– de Pakua. Me explicó que se trabaja con recambios: se van tres, entran tres, se van tres, entran tres… y así. No hay continuidad. Distinto es el karate, que no es fácil pero tampoco imposible de aprender. Hay que entrenar, poner mentalidad de aprender y establecer objetivos. ¿Quién falla si los chicos van sólo dos o tres meses? La parte pedagógica, el instructor o profesor. Si hacés las clases monótonas, el pibe se va. Insisto, hay vendedores de humo: es fácil ponerse un cinturón y contar en japonés, pero no se mueven con los alumnos, entonces no los incentiva. ¿Cómo le puede decir a un alumno que toque el techo con la cabeza si él no lo hace?
—¿Qué opinás de las artes marciales mixtas?
—Soy respetuoso. Tengo un alumno –Eduardo Vieyra– quien da clases de vale todo en el club Comunicaciones. Soy tercer dan y tengo 55 años, pero estoy sanito entero; haciendo karate no tengo una distención de ligamentos, rotura, quebradura o desgarro. Me pongo a hacer vale todo o artes marciales mixtas y no sé cuál es el objetivo de golpearse sin una técnica definida, y lesionarse. ¿Cuánto estás para recuperarte si te lesionás un ligamento? ¿O si se te quiebra el tabique de la nariz, la mandíbula o un brazo? Es un producto comercial que es un boom.
—¿Cuál fue la mejor etapa de desarrollo en nuestro país?
—Pienso que en 1987 y 1989, cuando fue un boom y había grandes competidores.
Okinawa y las manos vacías
En Okinawa, a veces bajo la hegemonía china, otras como reino independiente o bien bajo el control de Japón, dentro de su largo historial estuvo vedado el uso de las armas.
Según información proporcionada por el Centro Okinawense en Argentina, aproximadamente en el siglo XV nació un sistema de defensa personal típica del lugar, y posteriormente esos sistemas se fueron perfeccionando hasta adoptar la forma actual de karate, en sus distintos estilos o “escuelas.”
Entre 1920 y 1940 se inició el proceso de difusión hacia otras regiones de la isla principal del Japón, y con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial en el ámbito mundial, por intermedio de los grandes maestros que emigraron al exterior.
Actualmente –en sus distintos estilos– es practicado en el mundo por entre 30 y 40 millones de personas en más de 100 países. Es el más importante legado que dio Okinawa al mundo, y al ser la cuna del Karate es la meca de todo los practicantes de este arte de las manos vacías.










