Juan Manuel Kunzi / De la Redacción de UNO
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Andar en skate no es un delito
“Andar en skate no es un delito” es un eslogan que tiene vigencia, en todo el mundo, desde hace unos 40 años.
La consigna fue llevada adelante por millones de adolescentes que, alrededor del planeta, pedían que los dejaran patinar (andar) más que nada en espacios públicos.
En Paraná, cuando los domingos cerraban los supermercados, era la mejor oportunidad para practicar un rato hasta que llegara el guardia de seguridad que estaba de turno.
Siempre fue así. Los primeros skaters de la ciudad eran mirados por muchos como extraños personajes y para otros tantos, como referentes a los que había que imitar.
Pero era difícil. Los padres querían otra cosa para sus hijos. Es más, fueron muy pocas las chicas que se subieron a una tabla en los comienzos. Alcanzan los dedos de las manos para contarlas.
Con el tiempo la industria fue creciendo y a fines de los 90 las marcas mundiales ya tenían comerciales en las cadenas televisivas de música o deportes. Comenzaban los Juegos Extremos por ESPN y en MTV las bandas presentaban sus videos con historias de skaters que, casi siempre la pasaban mal. Eran los perdedores maltratados por jugadores de fútbol americano. Los antihéroes que siempre tienen un lugar reservado en la historia.
En Argentina llegaba la crisis social y financiera del 2000. Las tablas y las zapatillas importadas pasaron a costar tres veces más. Además se palpitaba en las calles un sentimiento antiextranjero más fuerte. Muchos fueron los que volvieron (de repente) al respeto por lo natural y lo regional. Como el skateboarding conquistó el mundo a fines de los 70 desde la costa oeste de los Estados Unidos siempre fue mirado como un elemento colonizador. El año pasado se conoció el documental que filmó el cineasta alemán Marten Persiel llamado
“This Ain’t California”. Persiel, que también es skater, aseguró en diferentes entrevistas que “en los 80, antes de la caída del muro de Berlín, la comunistas Alemania del Este –también conocida como República Democrática Alemana– consideraba el skate una amenaza. Este nuevo entretenimiento provenía de Estados Unidos, y por tanto representaba un peligro. Por eso, la Stasi (el Ministerio para la Seguridad del Estado) empezó a monitorear a la comunidad skate para destapar cualquier acción ilícita.
Esa misma paranoia se trasladó a esta parte del planeta. En el camino, algunos dejaban de andar y otros volvían. Cuando la economía argentina comenzó a mejorar nació la industria nacional del skate y se establecieron algunas instituciones que apoyan el crecimiento del deporte. Se miró el “ejemplo Brasil” que construyó skateparks y plazas de skate por todos lados para mantener a los adolescentes lejos de las adicciones y la violencia que azotaban al gran país del sur.
En Argentina, el gran paso lo dio la gestión de Mauricio Macri. Hoy el gobierno tiene el programa Buenos Aires X que potencia la práctica de los deportes alternativos y continúa construyendo pistas. Lo siguió el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, y los socialistas primero en Rosario y luego en Santa Fe capital. La onda expansiva llegó este año a las municipalidades entrerrianas que comenzaron a inaugurar sus parques.
Los skaters que están llegando a los 40 años miran el presente, analizan el pasado y sueñan con un futuro aún más perfecto de lo que imaginaban.
Con centenares de miles de niños y niñas arriba de sus tablas es evidente que el skate no es un crimen. Ahora el desafío es pensar a las ciudades para que ellos las puedan transitar libremente. En el país, las más adelantadas, ya lo están haciendo.













