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La seguridad, entre la ideología y la realidad

El debate no debe caer en la grieta, se debe defender el buen policía y se debe cuestionar al que no cumple. Siempre se deberá criticar al que delinque

Sábado 23 de Noviembre de 2019

En la Argentina se viven problemas graves, como son los sociales vinculados con la pobreza, la falta de trabajo, el aumento del consumo de la droga y la inseguridad.

Hoy en muchos lugares aún se camina con miedo a que venga un delincuente y de una, para robarte un celular te pegue un tiro te lesione o te mate. Queda la sensación de que esto ocurre por la falta de oportunidades, la desocupación, la pobreza, la legislación, y muchas otras razones más que válidas. Lo que se debe mantener como política de Estado –creo humildemente– es la idea de apoyar a los actores que se encuentran combatiendo al delito.

El Código Penal es muy claro y establece cuáles son los límites que tiene un uniformado a la hora de portar un arma de fuego para defender a la sociedad. Este eterno debate que se vive en la Argentina se debe terminar aplicando la ley, ni más ni menos.

No se necesitan posturas ideológicas para atarle o liberarle las manos a un uniformado. Con solo capacitarlo, enseñarle en su formación lo más esencial vinculado a obligaciones y derechos, a tener una visión sobre la perspectiva de género, la violencia de género, Derechos Humanos y por sobre todo apoyarlos a ser buenas personas, es decir no caer en las garras de la corrupción y otras debilidades. En Europa o Estados Unidos la delincuencia sabe que es un delito grave atacar, herir o matar a un policía.

En la Argentina siempre se cae en la maldita grieta ideológica de los que impulsan la mano dura o el garantismo extremo. Insisto, solo se debe cumplir con la ley, sin ningún tipo de prejuicios. El abuso de armas, el exceso en legítima defensa o bien el homicidio con los distintos tipos de agravantes están tipificados.

No hay que inventar ninguna historia o relacionar hechos puntuales con el pasado.

Es doloroso para una familia tener que velar a una persona ultimada, pero deben tallar las circunstancias. Un policía que saca su arma arbitrariamente y abate a una persona que no estaba haciendo nada, es un claro homicidio.

Si el uniformado debe intervenir en un hecho delictivo, donde se pone en riesgo a un tercero o al propio efectivo, debe evitar llegar al peor resultado, pero si ante esto debe priorizar la vida, se lo habilita al uso del arma. ¿Cuál es el límite? Es lo que se debe establecer judicialmente y no ideológicamente.

No se debe permitir el asesinato como modalidad de control de la calle, como tampoco preferir matar a un policía antes que a un delincuente.

Se debe desterrar el concepto de que hay un derecho de agredir, atacar, lesionar y hasta matar a un uniformado por el solo hecho de que está preparado para esa contingencia.

Se olvidan de que ese “milico” tiene familia, hijos, un presente o un futuro.

La persona que sale a delinquir sabe que desde el momento que pisa la calle con esa idea, sale a provocar la suerte o la desgracia. Él no tiene el derecho a hacer sufrir a otra persona por un hecho delictivo, y nadie tiene el derecho de quitarle la vida.

El problema se da, cuando –en este ejemplo– el que avanza con un delito se resiste a ser puesto a disposición de la Justicia. Ese es el momento más complejo, cuando el uniformado debe cumplir con su función, y en el territorio siempre va a recibir una reacción violenta para evitar la detención. En esa milésima de segundos es cuando al uniformado se le pide calma, experiencia, prudencia a la hora de sacar su arma.

Esa calma, prudencia y respeto por el otro muchas veces la persona que está jugada a no querer quedar detenida atina a todos los actos para salvarse de la aprehensión, incluso hasta matar a otro. Ese conflicto se vive a diario en las calles, y se debe resolver analizando todo el suceso, con testigos, con los dichos de los participantes y pericias, pero nunca partiendo de una visión ideológica.

Tal vez el que sufrió alguna vez un delito en carne propia sería interesante escucharlo cuando imprevistamente pierde todos los derechos a manos de una persona que lo único que quiere es quebrantar la ley.

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