La Selección Argentina de fútbol que disputó la Copa del Mundo Brasil 2014 tal vez no haya enamorado al pueblo futbolero, pero sin embargo emocionó. Despertó este sentimiento al superar la barrera de los cuartos de final después de 24 años al dejar en el camino a Bélgica, el seleccionado europeo que se presentó en el torneo como una de las posibles sorpresas.
Todavía lo lamentamos
Por Matías Larraule
De esa manera el combinado dirigido por Alejandro Sabella se aseguró disputar el máximo de siete encuentros. También desató el festejo masivo a lo largo y ancho del país cuando el remate enviado por Maximiliano Rodríguez decretó el pase a la final al despedir a Holanda en semifinales.
Argentina estuvo presente en el mítico estadio Maracaná, escenario del juego decisivo, del partido que todos los participantes aspiran protagonizar. La cercanía con la sede llevó a la Albiceleste a sentir el masivo respaldo de su hinchada. En Río de Janeiro Argentina fue local en las tribunas, donde contó con el respaldo de 30.000 almas que se burlaban del anfitrión de la fiesta. “Brasil, decime qué se siente, tener en tu casa a tu papá”, fue el hit de esa Copa del Mundo. Luego los compatriotas se sintieron más patriotas que nunca al entonar con euforia el Himno Nacional Argentino.
En la previa del encuentro nos ilusionamos con la vuelta olímpica y con invadir las calles del país. Presagiamos el mejor desenlance. Proyectamos un sinfín de imágenes y festejos pospartido. Pero esas postales se esfumaron cuando el italiano Nicola Rizzoli estableció el inicio del partido. Ahí ingresó el temor. El miedo a perder.
En el campo de juego el team de Sabella realizó un gran papel. Neutralizó en la zona media a Alemania, el seleccionado que venía de humillar a Brasil al propinarle un histórico golpe en semis al golearlo por 7 a 1.
Más de un corazón se detuvo por un instante cuando Gonzalo Higuaín quedó cara a cara con Manuel Neuer. El Pipita falló en la definición cuando estuvo de frente al arco, pero luego fue víctima de una clara infracción del uno germano que el juez ignoró.
Los 90 minutos finalizaron en tablas con marcador cerrado. La definifición y el nerviosismo se extendía por media hora más. El trámite era equilibrado, pero antes del cierre del primer período adicional los europeos capitalizaron un desacople defensivo. Mario Götze, que ingresó desde el banco, fue el verdugo al empujar la redonda al fondo de la red cuando se jugaban 13 minutos del primer chico del suplementario. Golpe a la ilusión Albiceleste.
Argentina gozó de 18 minutos para digerir el mal trago, pero no logró igualar el juego. Como sucedió en Italia 90 los teutones volvieron a levantar el trofeo más deseado: la Copa del Mundo.
Ayer se cumplieron seis años de esa historia. Una final que recordamos por la cercanía en el tiempo. Que revivimos ante la abstinencia de fútbol en el país. Un resultado que todavía lamentamos. Una herida que al amante de la redonda le cuesta cicatrizar, más allá de que en los años siguientes el romance con la Albiceleste se enfrió.














