Un lugar que acobija a quienes viven dentro de su propio mundo

El Hospital Escuela de Salud Mental de Paraná tiene 52 años. Está ubicado sobre calle Ambrosetti, rodeado de nuevos barrios y clubes. Numerosos cambios se realizaron y repercuten positivamente en el imaginario social de la zona
20 de septiembre 2015 · 09:00hs
Lucila Tosolino/ De la Redacción de UNO
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Es media mañana y está sentado en el piso, bajo un lapacho rosa que se alza en el patio. Ajeno al presente, aislado de la realidad que lo rodea, en su propio mundo.

“Lo raro es que todos los días a las diez y media de la mañana se ponen a chillar. No sé por qué chillan a esta hora. Me gusta escuchar su cantar”, cuenta el hombre de unos 50 años en referencia a los pájaros que musicalizan la jornada.

Se levanta y limpia la tierra de sus pantalones verde musgo. Un paso, dos, tres y frena. Ese es el ritmo que impone el caballero en dirección al pabellón de internación de hombres del Hospital Escuela de Salud Mental de Paraná. Cuatro, cinco, seis, continúa con su andar, y luego descansa en un banco de cemento vacío, frío.

A metros, una mujer, que lleva un pulóver estirado gris, un jogging violeta y una vincha infantil haciendo juego, reposa su delgado cuerpo sobre otra silla de ladrillos. Sacude pelusas imaginarias de su ropa.

“Estoy bien. Estoy bien”, asegura y tiende la mano, saluda y sonríe con pocos dientes.

La entrada al predio del hospital es por calle Ambrosetti. Por la zona circulan numerosos autos, camiones y colectivos, cada tanto algún vehículo ingresa a la institución. El patio que se extiende alrededor de las instalaciones es placentero; césped cortado, algunas flores, murales multicolores con dibujos llamativos. La edificación es excelente. Todo está limpio, cuidado, paradisíacamente ordenado. Rompe con el estigma que impone el imaginario colectivo de que aquí, en un hospital de salud mental, hay caos, gritos, personas “locas” vagando con chalecos blancos. Todo propio de siglos pasados. Por el contrario, la escena permanece tranquila.

En el pabellón de mujeres una dama está sentada sobre la cama de su dormitorio con una revista sobre su regazo, la ojea sin mucho interés y cada tanto interrumpe su lectura para mirar por la ventana. El día se presenta con cielo despejado y una tierna brisa, clima que anticipa la primavera que llegará en cuestión de horas. Un oso de peluche “saluda” desde una estantería de madera, la señora se para, lo saca de su lugar y se vuelve a sentar con este a su lado, ahora ella tiene compañía.

“Acompañame por acá por favor, tenés que ir a control”, dice gentilmente una enfermera a la paciente de pelo blanco corto, jeans azules y blusa roja. Tiene unos 70 años y omite el pedido de la empleada del hospital. Con el oso de peluche en una mano y un ejemplar de Gente en la otra, prosigue con la cuasi-lectura.

“¿Eh? ¿Eh? Estoy bien. Usté no moleste. Quiero seguir leyendo”, contesta.

“Vamos por favor. Luego salimos a pasear al patio “, insiste la mujer de uniforme blanco impoluto.

A los 15 minutos se ve a ambas caminando por el verde predio. La vieja que ronda los 70 broncea su piel trigueña con el sol de las 11. Las arrugas que bordean sus ojos casi almendra se triplican cuando sonríe.

***

Algo de historia

El Hospital Escuela se inauguró el 23 de marzo de 1963. A lo largo de todo este tiempo, experimentó numerosos cambios que significaron una importante vuelta de página para la concepción de la salud mental. Se trata de una serie de prácticas que se implementaron en la institución y repercutieron positivamente en el imaginario social.

Antes, el gran predio de calle Ambrosetti estaba ubicado en los límites de la ciudad, alejado del centro de Paraná, incluso se podría decir que fuera de zonas pobladas. Ahora el hospital está rodeado de nuevos barrios o clubes como la sede El Plumazo o El Golf del Club Atlético Estudiantes (CAE) o La Tortuguita del Paraná Rowing Club (PRC). Al lugar se puede acceder en colectivo urbano y el ingreso está pavimentado, lo que facilita la circulación.

“Durante siglos las enfermedades de salud mental fueron mal vistas. Así como cuando alguien tenía lepra y se decía que era castigo divino y se lo alejaba de la ciudad, de la población. Hoy las cosas son diferentes. Los tiempos cambian y la sociedad también. Antes me daba vergüenza venir cada tanto a hacerme atender en un consultorio externo del hospital. Hoy por hoy viajo en colectivo sin problemas”, comenta una mujer de 53 años. Insiste en que hay “resabios”, en que perduran algunas personas que “siguen discriminando, pero son lo menos”. La carrasposa voz de la dama, que fuma y se pasea activamente cerca de la canchita de fútbol, anuncia que hace unos nueve años visita este lugar y que “es impresionante cómo creció. Tanto en lo edilicio como en la organización y en el trabajo interno”.

En diálogo con UNO, Jonathan Gieco del Área de Comunicación del Hospital Escuela de Salud Mental (HESM), relata: “En la historia de la salud mental hubo muchos cambios de paradigma. En un principio el paradigma era de corte legal o judicial donde la salud mental no era vista como una enfermedad que debía ser asistida desde salud. Con el tiempo eso fue cambiando hasta llegar al paradigma sanitario donde la salud mental se concebía como un problema neurológico, perteneciente a la medicina y la psiquiatría”.

A partir 1968, en el hospital se forma una comunidad terapéutica sumamente innovadora para la época, la cual apunta a una asistencia del paciente desde diferentes disciplinas vinculadas a la salud, lo que implicaba una participación más activa de los enfermeros y una nutrida oferta de talleres ocupacionales para los pacientes.

“Fue el paso de un modelo internista y reclusivo a otro en el que los pacientes tuvieran voz y voto, decisiones en conjunto a través de asambleas. Para la época fue un intento de promoción de la salud, de puertas abiertas, y preservación de derechos”, cuenta Jonathan.

El diálogo transcurre en el pasillo de los consultorios externos. Los bancos de madera blanca con hierro negro están mayormente vacíos, fríos. Son pocas las personas que aguardan su turno. Mientras algunos lo hacen, Gieco les ofrece un libro para leer, para “pasar el rato”. Es viernes 18 de setiembre, y se realiza en todo el país el 13º Maratón Nacional de Lectura organizada por la Fundación Leer con el lema Entre el libro y el lector, un camino de lecturas. En respuesta a esta convocatoria, la Biblioteca Itinerante José Hernández del HESM, junto a una mesa de revistas del Área de Comunicación, sale a los corredores de la institución y muestra otra manera de sacarle provecho al paso de las agujas del reloj.

El mueble cuadrado, de cuatro patas marrones, exhibe numerosos títulos de la literatura universal perfectamente acomodados. A su lado, un carrito de supermercado también expone más ejemplares de libros, revistas y folletos. “Todas las lecturas son válidas, especialmente cuando la espera amenaza con convertirnos en pacientes. Por el contrario, la lectura nos activa y nos pone en acción”, señala el integrante del Área de Comunicación. En ese momento dos jóvenes estudiantes de Terapia Ocupacional se acercan a hablar con él, tienen que hacer un trabajo práctico y les urge información.

Enseguida, quien irrumpe la charla por unos segundos es María, una habitué del lugar. La señora de unos 60 años saluda, cuenta que está cultivando lechuga amarga y plantines en la huerta del hospital, se retira. Su pelo corto y negro azabache es lucido junto a un look relajado, deportivo. Es divina, de esas personas con las que se podría mantener un diálogo dinámico, entretenido, lleno de anécdotas.

Gieco retoma su relato. Agrega que luego de la experiencia con la comunidad terapéutica sucedieron una serie de circunstancias sociales, culturales, económicas y políticas que llevaron por otros caminos las prácticas del hospital. “Ya por el 70, vinieron las épocas críticas y se retrocedió a estrategias de internación aplicadas en diferentes casos. Con la llegada de la democracia empezaron a recuperarse las prácticas que habían sido coartadas durante la última dictadura cívico-militar y, luego, el avance del neoliberalismo volvió a impactar en el hospital, ya que recortaron recursos, apoyo a la institución y despidieron gente. En los últimos 10 años se recuperaron cargos profesionales y la posibilidad de que los usuarios tengan acceso a cargos de empleo comunitario, capacitación laboral y la remodelación edilicia que se trató de una reforma histórica”, explica.

***

El nombre

“Hola. Buenos días. ¿Te puedo pedir un coche al Hospital Escuela de Salud Mental, el que está ubicado en calle Ambrosetti. Es a nombre de Diario UNO, por favor”, llama la cronista, una vez terminado su recorrido por la institución.

“¿Adónde quiere que la busque el móvil señorita?”, pregunta una voz masculina al otro lado de la línea.

“Al Hospital Escuela de Salud Mental. Está al lado de la sede El Plumazo del Club Atlético Estudiantes”, contesta la periodista.

“¡Ah, usted me habla del Roballos. Me hubiera dicho antes que allí hay que buscarla!”, indica el operador de la empresa de taxis y finaliza el diálogo con un simple: “Ya se lo mando”.

Sin Chaleco es el boletín mensual de distribución gratuita del HESM. En el ejemplar de agosto de 2015, se publicó una nota de Soledad Escoubué del Área de Comunicación, quien cuenta que a fines de 2010 el Hospital Neuropsiquiátrico Doctor L. Antonio Roballos, cambia de nombre por Hospital Escuela de Salud Mental.

“Este cambio no es casual, no es arbitrario. Significa dar lugar a una redefinición de prácticas que desde hace tiempo se vienen sosteniendo, con la idea de pensar un centro orientado hacia el proceso de formación de profesionales de la salud mental”, indica uno de los párrafos, y sigue: “Significa manifestar en una nomenclatura una militancia por la reforma hospitalaria dentro del campo de la Salud Mental, que desde los años 60 se viene pregonando”.

De esta forma, el HESM viene a sumarse a un movimiento que intenta desestigmatizar la locura, el manicomio, el imaginario que se generó alrededor del Roballos en Paraná. “Es por eso, que desde hace unos años, esta institución además de ser un hospital, es un centro formador de profesionales con vocación en el campo de la Salud Mental. ‘Hospital-Escuela’, viene a describir mejor una práctica que se ha sembrado en esta institución desde ya hace un tiempo”, agrega Escoubué.

Los tacos de una muchacha hacen sonar las baldosas beige, limpias, del pasillo de consultorios externos. La joven eleva lo cotidiano del lugar a la categoría de extraordinario por su vestimenta llamativa, la cual rompe con el desfile interminable de uniformes blancos y verdes, típicos de hospital. Con zapatos altos y un look despampanante, quizás propio de un sábado por la noche y no de un viernes por la mañana, la estudiante de Psicología explica que antes de fin de año termina con sus prácticas en la institución. “Me encanta este lugar, es fascinante y está muy bien organizado y acondicionado”, arremete y agrega: “Vengo bastante durante la semana y a diario se ven practicantes, pasantes, tesistas, residentes y estudiantes que encuentran un espacio de formación teórico-práctica en el campo de la salud mental. Es buenísimo que un lugar como este te brinde la oportunidad de incluirte en el campo siendo estudiante, ya sea de Medicina, Psicología, Trabajo Social, Acompañamiento Terapéutico, Enfermería, Terapia Ocupacional, Comunicación Social, Bioingeniería y demás”.

***

Desmanicomialización

En la nota de Soledad Escoubué, la autora explica que la transformación hospitalaria radica principalmente en la “desmanicomialización”, entendida como un proceso que necesita producir cambios profundos en la comunidad construyendo una nueva cultura para con lo diferente.

En el HESM, desde hace tiempo se viene trabajando en diferentes formas de tratamiento al malestar psíquico. Distintos dispositivos clínicos alternativos que combinan el arte, lo lúdico, la literatura, el deporte, la comunicación, la salud mental. Algunos de ellos son: La Bisagra: la radio abierta y andariega, Talleres de cocina: “Delicias Caseras”, “La Perla”, Productos de huerta “Mundo Natural”, talleres de artes plásticas, entre otras actividades y grupos terapéuticos que suponen un trabajo desde lo grupal, poniendo el acento en la restitución y fortalecimiento del lazo social.

La importancia de estas alternativas al tratamiento es notable dentro de la institución, ya que permite tanto al equipo de profesionales, como a los usuarios del hospital poder abordar el malestar de otra forma. Sosteniendo diferentes instancias terapéuticas, permiten considerar al ciudadano como una parte “activa” en su proceso de tratamiento, y no ya como mero paciente.

De esta manera, quienes asisten al hospital son considerados usuarios, no pacientes. Los síntomas que se evidencian entre ellos varían, pero las historias convergen: mujeres o varones experimentan ese momento crucial en que el mundo cambia. Nada vuelve a ser lo mismo y es allí en donde deben estar acompañados.

“Un día le hizo ‘click’ y todo cambió”, asegura una joven de 29 años. Ella tiene a un familiar internado en el pabellón de hombres. El sujeto que acompaña a la muchacha es su tío, tiene unos 45 años y es incansablemente activo. Mientras ella habla con UNO, este se pasea de un extremo al otro por la canchita de fútbol en donde no rueda la pelota. “Nunca se cansa, le gusta mucho caminar por el predio, sobre todo a la mañana”, aclara la sobrina del usuario del HESM.

Al lado de la canchita de fútbol, se alzan unas mesas cuadradas de cemento que hacen juego con unos bancos del mismo material gris. En una de estas está sentada una pareja. La chica y el chico toman mate y cada tanto se besan, evitan brindar testimonios. En un momento comienzan a reírse, les causa gracia una mujer que canta Volver de Carlos Gardel desde una terraza que da al patio. La dama, de unos 60, lleva un vestido mangas largas y entona acertadamente el tango. Debe haber sido una gran artista por su dulce y armoniosa voz. Por unos segundos revive del pasado al presente la pieza de El Zorzal, luego se calla, desaparece y no se vuelve a saber más nada de la cantante. Una lástima.

***

Internados y no


“¿Me puedo llevar este libro para leer mientras espero?”, pregunta a Gieco un sujeto, que aguarda su turno en el pasillo de consultorios externos. El joven integrante del Área de Comunicación, que está a cargo de prestar los ejemplares asiente. El hombre elige La isla del tesoro, del escocés Robert Louis Stevenson. Vuelve al banco que reposa frente a la puerta con un cartel con el número seis, abre la novela de aventura y se adentra en sus líneas. “Estas son las cosas que hay que destacar, que mientras alguien espera para ser atendido, se puede leer tranquilo. Estas situaciones rompen con el estigma que muchas veces se le atribuye a estos lugares”, señala Jonathan, y agrega, a modo de opinión personal, que la ley nacional de Salud Mental Nº 26.657, sancionada a fines de 2010, viene a legitimar una serie de prácticas que se venían haciendo al interior de la institución. “Se trató de una conquista”.

En una habitación rectangular de paredes blancas y lisas, detrás de un escritorio con numerosas carpetas apiladas, se encuentra Gustavo Díaz, titular del Departamento de Estadística. Él explica que llevan un conteo diario de las personas que se acercan a la institución. “Hay gente que se acerca a una consulta psicológica ambulatoria en los consultorios externos. Si bien el número va variando, en agosto, 1.976 personas realizaron consultas”, apunta el profesional. Respecto a quienes están internados, señala que se divide en el pabellón de mujeres, hombres y gerontopsiquiatría, en donde conviven ambos sexos. “En el pabellón de mujeres hay dos salas, en agosto se registraron 24 internaciones. Mientras que en el pabellón de hombres, también con dos salas, se registraron 25”. Además cuenta que en la unidad de gerontopsiquiatría, durante agosto, estuvieron internados tres varones y seis mujeres. “Esto deja como promedio general un total de 64 personas internadas en agosto”, finaliza.

De esta manera se entrevé que son pocos los pacientes internados en el nosocomio. Quien está hace tiempo, es el abuelo de un muchacho que omite su nombre –igual que las otras personas consultadas por UNO-. “Hace varios meses que está acá. Le gusta, lo atienen bien”, afirma el nieto y le da una palmada en la espalda al viejo. Este lleva una boina, lentes de vidrio grueso y marco negro. Juntos pasean por el patio, debajo del lapacho rosa. El sujeto que vive en el hospital viste una bombacha de campo, una chomba y unas alpargatas. “Le gusta vestirse así, lo hace para recordar el campo en donde nació, cerca de Gualeguaychú”, agrega el joven, de 29 años que luce un look “rolinga”: jeans gastados, zapatillas tipo botitas y una remera estampada. Luego se despiden, desaparecen, el gran predio queda casi desértico. Es acá en donde resulta inevitable una pregunta: ¿Quién dice quién está “cuerdo” y quién no? Una vez, el director de cine español Jacinto Benavente dijo: “Si la gente nos oyera los pensamientos, pocos escaparíamos de estar encerrados por locos”.

***

Festejo por el Día de la Primavera

La comunidad del Hospital Escuela de Salud Mental celebrará la llegada de la primavera el lunes a las 10 en el Club Pucará de Paraná.

En la jornada habrá diversas actividades recreativas, juegos, shows, música de DJ y compartirán un almuerzo. El evento es abierto a todo público.

 
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