Hoy por hoy
Miércoles 10 de Enero de 2018

Una muerte absurda

Hace tres años, buscando salir de la zona de confort y experimentar nuevas sensaciones, viajé a La Cumbre, provincia de Córdoba, para volar en parapente. Al contacto con el piloto lo hice a través de Internet, no sin antes investigar un poco acerca de si era o no una actividad segura.
El sitio donde se practica esta disciplina es en Cuchi Corral, a ocho kilómetros, un escenario privilegiado que ofrece paisajes majestuosos en la serranía. Allí hay todo un grupo de instructores experimentados y avezados, acostumbrados a dejar su cuerpo pendiendo en el aire sostenido por una inmensa vela que manejan a voluntad desafiando la gravedad. En ese lugar trabajan en equipo y muchos de ellos se dedicaron a la competencia en su juventud, por lo que conocen a rajatabla los reglamentos y los protocolos para evitar incidentes, accidentes y tragedias.
Me habían advertido que si el viento no era el adecuado no se podía volar, y a pesar de mis ansias lo entendí. Sin conocer en lo más mínimo a quien le iba a confiar mi vida durante 15 o 20 minutos, me sentí a salvo: estaba en manos de profesionales y no había porqué alarmarse. Antes del despegue, dos personas controlaron que todo estuviese bien enganchado y que el equipo permaneciera correctamente colocado.
No obstante, a pesar de mi convencimiento previo y mi valentía de entonces, durante los primeros minutos en el aire sentí miedo: entre el cielo y la tierra estaba mi ser, supeditado a cualquier contingencia. Por instantes sentí arrepentimiento y se me cayeron un par de lágrimas, hasta que me relajé y empecé a disfrutar de la vista privilegiada que me ofrecía estar sujeta al parapente, desde una perspectiva distinta. Y tras el aterrizaje, abracé fuerte al instructor, como si él me hubiese salvado.
La muerte de Natalia Vargas en Loma Bola, Tucumán, me llenó de tristeza e impotencia. A ella nadie pudo salvarla. Negligencia, descuido, desidia, o lo que sea arrastraron a una muerte absurda y cruel a la joven médica que vivía desde hace tiempo en Alemania y había viajado a su tierra natal para pasar las Fiestas con su familia.
Ahora habrá que repasar qué fue lo que falló en el protocolo de seguridad que se debe seguir ineludiblemente en una actividad que insume no dejar nada librado al azar y en eso tendrá que intervenir la Justicia. Aunque no haya habido dolo en este hecho existe una responsabilidad del piloto y de todo un sistema que se articula para que una tragedia semejante ocurriera. A pesar de que ahora muchos de los que tenían que velar por la seguridad de una pasajera tratan de desligarse del tema, Juan José Vargas, el padre de la víctima, denunció en medio de su dolor: "No ha habido asistentes y el piloto se ha olvidado de verificar que mi hija estaba prendida. Es una cadena de corrupción, de delincuentes que solo lucran con este deporte".

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