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Sin milagro y sin luna de miel

"... empezará el discurso vinculado con la necesidad de bajar los decibeles, para ayudar al próximo gobierno. Posponer los reclamos, los pedidos de mejoras salariales, de impulsar la producción sin medidas de fuerzas en el Estado o el sector privado..."

Domingo 29 de Septiembre de 2019

Se inició la parte final de la cansadora campaña electoral para presidente en la Argentina. En medio de una fenomenal crisis provocada por el gobierno de Mauricio Macri, este empresario caprichoso intenta ahora el manotazo de ahogado para buscar el balotaje y así llegar a la reelección.

La gente ya lo castigó en las PASO de agosto, por lo que no debería cambiar mucho el panorama el 27 de octubre. Lo que sí se siente es que la crisis no tiene piso y el resultado ya está cantado: Alberto Fernández será nuestro próximo presidente. Así y todo, es legítimo que Macri pretenda seguir con su proyecto, y será respetable que obtenga una cantidad de votos que lo posicione como la principal fuerza de la oposición a partir del 10 de diciembre.

Peor que esto no le podía ir al Presidente. Un caos la economía, el sufrimiento de la clase media y en especial de los sectores más vulnerables del país.

Si bien es cierto que el gobierno de Cambiemos recibió de parte del kirchnerismo una país destrozado, paralizado, sin reservas, con indicadores de pobreza e inflación descontrolados, el balance de la gestión de Macri es pésimo.

Agravó todos indicadores: recibió un 30% de pobreza y lo está dejando con casi el 40%; a la inflación que escondía el gobierno de Cristina, la blanqueó y la llevó al 50% anual; las reservas están al límite y no hay posibilidades de generar divisas. Solo el campo aporta –como siempre– el único motor de creación de dólares en la economía nacional.

La gente no es estúpida, por más frases hechas o campañas electorales simpáticas del macrismo, se sabe que el peronismo volverá a ganar. Y está bien que así sea porque el gobierno de Macri fue muy malo y defraudó a toda la sociedad.

Ahora el problema lo tendrá Alberto Fernández. Tendrá que hacer malabares para tratar de contener a toda su tropa, a la que lo está poniendo en el sillón de Rivadavia –que le recomendaron “borrarse” de la campaña– a los gremios peronistas y a las organizaciones sociales que mantienen su poder en base a ser los coordinadores de miles de planes y programas de emergencia.

Entiendo que Alberto no tendrá tiempo para disfrutar el triunfo. Lo sabe, porque es un hombre con experiencia, preparado intelectualmente, pero sin votos ni territorio.

El poder del albertismo, hoy son los gobernadores de las provincias justicialistas, circunstancialmente Sergio Massa, un par de intendentes del conurbano y no mucho más. El resto, por interés y olfateando el triunfo peronista, junta los tacos, pero sin muchas convicciones. Bueno, el peronismo es así.

Ante esto, es que el próximo presidente busca desesperadamente un acuerdo social, y en buena hora que lo logre. Allí deben estar sentados los empresarios, gremios y la oposición. Las dudas serán: cómo se bancarán los sindicatos peronistas que hasta ahora se rasgaban las vestiduras con el gobierno de Macri cuando deban analizar las reformas laboral y previsional. Alberto sabe que cualquier acuerdo con el FMI, sea como sea, deben incluir estas palabras incómodas para el ADN justicialista.

La paz social que convocará el nuevo presidente, ¿será acatada por los sectores kirchneristas que reclaman en las calles la ampliación presupuestaria de la ayuda social, como también los ligados con la izquierda?

¿Cómo se enfrentará la reactualización tarifaria de los servicios públicos, de los combustibles, la pesada deuda? La sociedad no se banca más un ajuste.

Seguramente empezará el discurso vinculado con la necesidad de bajar los decibeles, para ayudar al próximo gobierno. Posponer los reclamos, los pedidos de mejoras salariales, de impulsar la producción sin medidas de fuerzas en el Estado o el sector privado. Todo muy lindo y posiblemente necesario.

En ese marco, será interesante ver cómo se transforman (o dan vuelta) los discursos virulentos, temerarios y hasta desestabilizadores de los sectores más extremistas y fundamentalistas del gremialismo, social y dirigencial. La realidad será una continuidad de los graves problemas que deje la herencia del macrismo y el inicio de la gestión de Alberto. ¿El diálogo y el consenso que fue rechazado al gobierno de Cambiemos, será la fórmula del nuevo gobierno peronista?

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